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SEIS
El encuentro con lectores, pese a la presencia de Preston, había sido increíble. Había estado nerviosa, claro. ¿Por qué iba a querer alguien pasar el rato conmigo si yo no era tan interesante? Pero resultó que había todo un grupo de lectores con ganas de conocerme.
Algunos estaban allí porque ya eran seguidores de Bree y la habían conocido el año anterior. Todos parecían ilusionados por conocerme a mí también. Así que, después del ataque de nervios inicial, me relajé.
Nathan se mantuvo cerca. Se sentó en la mesa de al lado e interactuó con sus seguidores. Más de una vez, sin embargo, noté su mirada sobre mí. Parecía tan emocionado con mis lectores como yo. Un par de veces, cuando empecé a atascarme, intervino con suavidad y mantuvo la conversación a flote.
Odiaba que se le diera tan bien la gente.
Vale, eso no era justo. No lo odiaba. Tenía envidia.
A mi madre también se le daba bien la gente.
Me habían criado para saber apañármelas en cualquier situación con desconocidos.
Mi madre siempre decía que era importante.
En algún momento del camino había perdido esa habilidad, y me moría por recuperarla.
Después de tres horas charlando con lectores, algunos de los cuales habían venido expresamente por mí, estaba agotada. Salimos todos juntos y Nathan insistió en acompañarme a casa, aunque mi nuevo apartamento estaba a solo un par de manzanas.
Le dije que no hacía falta, pero no dio su brazo a torcer. No llegó a decir abiertamente que le preocupaba que Preston me siguiera, pero estaba ahí, burbujeando justo bajo la superficie. Preston no le caía bien. A casi nadie le caía bien. La gente lo toleraba.
Así que dejé que Nathan me acompañara a casa. Entramos juntos en el edificio, pero me dejó subir sola al ascensor. Me hizo un pequeño saludo militar y dijo que nos veríamos pronto. No hubo nada romántico en el gesto y, sin embargo, sentí una punzada cuando me lanzó un beso exagerado, aunque falso.
Aquello había sido tres días atrás. No lo había visto ni había sabido nada de él desde entonces. Tampoco es que lo esperara. Cuando llegara el retiro tendríamos que guardar las apariencias —Preston se encargaría de eso—, pero Nathan era bastante simpático. No habría problema.
Me sentía culpabílisima de que se tomara tantas molestias por mí, una mujer a la que apenas conocía. No me conocía y, aun así, ya había hecho más por ayudarme de lo que Preston había hecho jamás. ¿Qué decía eso de mi gusto para los hombres?
Nada de aquello me gustaba. Me sentía culpable porque Nathan se estaba esforzando más de lo necesario, y la presencia de Preston en la ciudad me tenía inquieta.
Tenía que suponer que venía en avión para los eventos, pero una parte de mí temía que hubiera encontrado un sitio donde vivir aquí, en la ciudad, solo para estar cerca.
Ese hombre no me quería. Nunca me había querido. Todo aquello era un juego para él. No iba a alquilar —o peor, comprar— una casa en Savannah solo para fastidiarme. ¿Verdad?
No tenía ningún sentido que llegara a ese extremo. Pero una parte de mí seguía con la duda.
Como estaba decidida a enamorarme de mi nueva ciudad, aparté los pensamientos sobre él y me puse a explorar. Cada día iba a una cafetería distinta para captar el ambiente. En cada visita me sentaba junto a la ventana y observaba el ir y venir de la gente mientras escribía.
Tenía la mente abierta y dispuesta a todo.
No me costaba nada poner palabras en la página.
Cierto, seguía rumiando historias de terror que me moría por escribir, pero la romantasía no me disgustaba.
Era divertida y ligera, y gran parte de mi vida en los años previos a dejar a Preston había sido justo lo contrario.
No iba a dejar que me arruinara las cosas.
No otra vez. Iba a convertir Savannah en mi hogar.
Encontraría la felicidad y, quizá, con el tiempo, a alguien a quien querer.
Por ahora, Nathan me había dado una salida fácil.
No lo olvidaría. Algún día, cuando él necesitara un favor, se lo devolvería sin hacer preguntas.
Eso era lo que me decía a mí misma, al menos, mientras me obligaba a centrarme de nuevo en el libro que estaba escribiendo.
Hoy estaba en Savannah Coffee Roasters, en Liberty Street.
Tenía un aire deliberadamente estrafalario que me encantaba, con un arco de ladrillo que remataba la estética industrial que impregnaba el local.
Iba por mi segundo café con leche de almendra y lavanda, y tenía un sándwich de pavo y arándanos junto al ordenador para picar. Estaba decidida a escribir al menos cinco mil palabras esa tarde, lo que supondría un avance real en el libro.
Tenía todo lo que necesitaba, y entonces una tormenta se tragó el sol de golpe cuando Preston se sentó frente a mí sin que nadie lo invitara.
¿Cómo sabía siquiera dónde estaba?
No le tenía miedo. Lo que les había dicho a Bree y a Hayley lo decía en serio. Jamás me haría daño físico. Aquello, en cambio, era guerra psicológica. Sabía perfectamente lo que hacía. No iba a dejar que ganara.
—¿Qué haces aquí? —le espeté, sin molestarme en saludar. Nadie a nuestro alrededor sabía quiénes éramos. Me daba igual que alguien nos oyera.
—Vaya, ¿es esa forma de saludar al amor de tu vida? —Se recostó en la silla, acartonado y fuera de lugar con su traje de tres piezas. Solo a Preston se le ocurriría ponerse traje para un día de turismo en Savannah.
Aunque, ¿era eso lo que estaba haciendo? ¿Por qué estaba allí? ¿Cómo me había encontrado? Tenía un montón de preguntas. Pero me negaba a dejarle creer que me había descolocado. Así que me puse a mirar por toda la cafetería con gran teatralidad.
—¿Qué haces? —quiso saber Preston con el ceño fruncido. Ahora que no tenía a nadie ante quien actuar, parecía un auténtico imbécil.
—Busco al amor de mi vida —respondí sin inmutarme—. Espero que sea alto. Me gustan altos.
Era una pulla mezquina y no me arrepentía. Una de las cosas que más acomplejaban a Preston era su estatura. Medía un metro setenta, algo perfectamente aceptable al lado de alguien como yo. Pero cuando se ponía junto a alguien como Nathan, parecía un niño pequeño.
Esa era otra razón por la que me alegraba de seguirle el juego a Nathan. Solo con su altura bastaba para incomodar a Preston.
—Tu ingenio aún necesita trabajo —replicó Preston—. Podemos ocuparnos de eso juntos, cuando te tengamos de vuelta en casa.
«¿Me está tomando el pelo?» Tenía que ser eso.
—Ya estoy en casa.
—Esto no es más que una aventura que te has convencido de que necesitas. Lo entiendo. —Levantó las manos, como si se rindiera—. Reconozco mi parte en cómo se torcieron las cosas. Ya es hora de que tú hagas lo mismo, para que podamos dejar esto atrás.
Entrecerré los ojos.
—¿Mi parte?
—Eso he dicho. No fue solo culpa mía, ni mucho menos.
—¿Ah, sí?
Quería zarandearlo hasta que se le salieran las canicas de la cabeza. O quizá apalearlo como a una piñata. Aunque dentro de él no había nada dulce como los caramelos.
—Ay, no me mires así. —Preston sonaba como si estuviera reprendiendo a una niña caprichosa—. No podemos avanzar hasta que admitas tu parte. Me lo dijo mi terapeuta.
—¿Tu terapeuta?
Era lo más sorprendente que había dicho en todo el rato.
¿De verdad Preston iba a terapia? No es que eso cambiara nada entre nosotros.
Ni siquiera me había dado cuenta de que no podía respirar hasta que me alejé de él.
De ninguna manera iba a volver a aquello.
Aun así, si de verdad se estaba tomando la terapia en serio, quizá no hiciera que la siguiente mujer de su vida se sintiera como me había sentido yo.
Eso era lo único bueno que podía salir de todo aquello.
—Sí. —A Preston se le extendió la sonrisa por toda la cara y me recordó a un payaso. A Pennywise, para ser exactos—. Llevo seis meses yendo a terapia. Con el Dr. Rosenthal. Hemos hecho un buen trabajo juntos.
—Bueno, me alegro por ti. —Cerré el portátil para que no viera lo que estaba escribiendo. No necesitaba su desprecio en mi vida—. ¿Y qué te ha dicho tu terapeuta?
—Que me importa demasiado lo que la gente piense de mí.
No era la respuesta que esperaba.
—Te refieres a tu padre.
Una sorpresa genuina le recorrió el rostro.
—¿Mi padre? Esto no tiene nada que ver con mi padre. He estado hablando de ti.
—¿De mí? No lo entiendo.
—Siempre me preocupaba tanto por ser el hombre adecuado para ti, por cuidar de ti—
—Yo no te pedí que cuidaras de mí. —Me subió un tono la voz.
La expresión de suficiencia de su cara me dijo que esperaba justo esa reacción.
—Claro que sí. No con palabras ni nada parecido, pero esperabas que te diera la vida que tu madre nunca pudo darte.
—No. —Sacudí la cabeza con vehemencia—. Nunca quise eso de ti. Nunca te pedí nada parecido. Lo único que quería era que fuéramos un equipo.
—¿Seguro? —Inclinó la cabeza—. Porque yo no lo recuerdo así. Siempre estabas encima de mí con lo que yo podía aportar a la relación. No hacía lo suficiente. No expresaba lo suficiente mis sentimientos.
Cogí el café con leche para ganar unos segundos y recomponerme. Intentaba sacarme de mis casillas. Dijera lo que dijera, para eso había venido. Y no iba a caer en la trampa.
—Nunca te pedí que expresaras tus sentimientos —dije cuando estuve segura de que no empezaría a gritarle.
Ese hombre era absolutamente exasperante.
Y lo peor era que era un manipulador. Nada de lo que me estaba diciendo era verdad.
Hasta se mentía a sí mismo. Se había montado su propia versión de la historia y se aferraba a ella porque le convenía.
Hubo una época —mucho tiempo, en realidad— en que se lo había permitido. No tenía ninguna intención de volver a hacerlo. Nunca más.
—Claro que sí —dijo él—. Nada de lo que hacía era nunca suficiente para ti.
—Nunca te presioné para que me dieras más —repliqué—. Me daba miedo hacerlo porque, en el fondo, nunca pensé que fuera lo bastante buena para ti.