4 Cuatro #2
—Dejé de escribir cuando estaba con Preston, porque decía que era una pérdida de tiempo.
Ningún autor se gana la vida escribiendo libros a menos que sea James Patterson —expliqué—.
Le enseñé los primeros libros que había escrito.
No sabía qué iba a hacer con ellos. Como sabéis, los primeros libros siempre son un desastre. Se aprende a base de práctica.
—Mi primer libro era una genialidad —replicó Bree—. Y sigue siendo una genialidad, encerrado en algún rincón de mi ordenador. No volveré a mirarlo nunca, así que podrá seguir siendo una obra de arte genial.
Hayley soltó una risita y yo asentí.
—Escribí durante toda la universidad, y luego Preston me consiguió un trabajo con su padre. Un puesto de secretaria.
Bree hizo un ruido de gata furiosa.
Sonreí.
—No estaba tan mal. Simplemente no era lo que yo quería hacer. Pero Preston insistía en que tenía que curtirme desde abajo. Él abrió su propia inmobiliaria bajo el paraguas de su padre.
—¿Y no te llevó con él? —soltó Hayley.
—No. No le parecía adecuado que trabajáramos juntos. Pensaba que podría haber roces si él era mi jefe. —Solté un suspiro tan fuerte que se me alborotó el pelo—. Ahora sé —lo supe después— que tenía aventuras con sus secretarias.
Bree asintió con aire de entendida.
—Y tenerte en el mismo sitio le habría limitado las actividades extracurriculares.
—Sí. Aquello duró mucho tiempo. Odiaba mi trabajo, pero Preston parecía creer que era lo mejor. No dejaba de hablar de casarse, de que quería que la pedida y los preparativos fueran perfectos. Pero nunca me lo pidió, y el único encuentro que hubo entre sus padres y mi madre no salió bien.
Sentí el escozor de las lágrimas detrás de los ojos.
—La menospreciaban. Ella no se daba cuenta. Siempre fue un rayo de sol y, sencillamente, no lo veía. Yo sí lo veía, y eso me amargó. Aun así, seguí diciéndome que, en cuanto Preston triunfara, dejaría de ser tan gilipollas.
—Esa boca —advirtió Hayley, aunque sin demasiada convicción.
—Perdón —dije con pesar—. Se me había olvidado.
—No le hagas caso. —Bree espantó con un gesto el reparo de su amiga—. Yo digo tacos a todas horas. Ya se acostumbrará.
—¿Y no me ladrará un «esa boca» cuando se acostumbre?
—No, eso lo sigue haciendo. —Bree le dio un codazo en el costado a Hayley—. Le sale por reflejo. Lo que pasa es que a ti te dará igual.
—Bueno es saberlo. —Esta vez alargué la mano hacia el agua en lugar del cóctel—.
Estaba desencantada con Preston, pero ni me daba cuenta.
Buscaba una salida y tampoco era consciente de eso.
Y entonces fui a casa de mi madre, que estaba a solo veinte minutos.
Se puso ciega con sus amigas y todas tuvieron que quedarse a dormir en casa.
»Como no había dónde dormir salvo en el suelo, decidí volver a mi casa —continué, con el siguiente recuerdo grabado a fuego en la mente—.
Por aquel entonces ya había empezado a hacer pequeños ejercicios.
Mantenía conversaciones imaginarias en mi cabeza.
Todavía pensaba que, si le expresaba mis sentimientos a Preston, cosa que nunca hacía porque siempre escondía quién era en realidad, él me escucharía.
Respiré hondo.
—Y entonces, al llegar a casa, oí los ruidos que venían de nuestra habitación. No me esperaba a mí.
—Quiero agarrarle los huevos a ese tío y retorcérselos hasta que se le caigan —refunfuñó Bree.
—Y yo quiero ayudarte —coincidió Hayley.
—Conocía a la mujer. También trabajaba de secretaria en la empresa de su padre. Estaban en plena faena y ni siquiera me vieron.
—¿Le prendiste fuego a la casa? —preguntó Hayley.
—Era un piso —respondí—. Y no. Cogí las pocas cosas del salón que quería. No me llevé nada de ropa. Todas mis posesiones más preciadas, incluidos mis libros, estaban en casa de mi madre.
»Cogí todas las cucharas del cajón y las metí en el triturador del fregadero, pero no lo encendí —continué—. Decidí dejar que lo hiciera él solito. Luego me marché sin decir una palabra.
Sobre la mesa se había cernido una sombra, y Hayley y Bree parecían embelesadas con la historia.
—Tardó días en llamarme para ver dónde estaba —añadí—. Yo había vuelto a casa de mi madre, se lo conté todo y luego me pasé dos días borracha, lamentándome de lo idiota que había sido.
—Nada de esto fue culpa tuya —protestó Bree—. Te estaba haciendo luz de gas.
—Ah, lo sé. —Me froté la mejilla y negué con la cabeza—. Me dijo que yo no lo satisfacía en la cama y que el sexo no significaba nada en una relación. Él era un desastre en la cama, que quede claro.
—Siempre lo son —respondió Bree con tono sombrío—. Los que dicen esas cosas siempre son unos vagos y no tienen ni idea de cómo funciona el sexo.
—Después de aquello, durante varias semanas, me llamó a diario para suplicarme que volviera. Nunca se disculpó por lo que había hecho y se refería a ello como un «error de juicio». A esas alturas yo ya había dejado el trabajo, y las otras secretarias me habían contado todas sus aventurillas.
»Encontré mis viejos manuscritos de la universidad mientras revisaba mis cosas —continué—. Fue entonces cuando decidí qué quería hacer. Pero no podía quedarme en Salem para hacerlo. Estaba demasiado cerca de Preston.
—¿Porque le tenías miedo? —Bree parecía a punto de sufrir un subidón de tensión.
—Solo quería que dejara de llamarme. Todavía cree que puede recuperarme. En realidad ni siquiera quiere que vuelva, se dé cuenta o no. Lo único que quiere es tener el control.
—Sé que no quieres oírlo, pero ese tío es una señal de alarma con patas —dijo Hayley—. ¿Estás segura de que no se pondrá violento si no se sale con la suya?
—Jamás. —Negué con la cabeza con solemnidad—. En su familia eso no estaría permitido.
—¿Pero acosarte sí? —replicó Bree.
Me encogí de hombros.
—Mirad, sé que parece que me estoy dejando pisotear. Lo único que quiero es que no forme parte de mi vida.
—Y, sin embargo, se ha plantado en tu vida él solito —dijo Hayley—. O sea, venga ya. No pensarás que esto es una casualidad, ¿no?
—No, para nada. Pero Nathan le dijo que es mi novio. Creo que eso bastará para que Preston se eche atrás. Hará el retiro —sigo sin tener claros los detalles— y luego se irá.
—Ah, eres optimista. —Bree se llevó la mano al corazón con sorna—. No me lo veía venir.
—Crecí siendo optimista y luego lo perdí —reconocí—. Esa es la parte de mí que quiero recuperar. Esta ciudad me hace sentir más ligera. Sí, la llegada de Preston me lo estropea. Pero no se quedará. Captará el mensaje.
—No me puedo creer que Nathan se haya ofrecido voluntario para ser tu novio falso —admitió Bree—. Eso va a reducir bastante el número de autoras a las que puede tirar los tejos en el retiro.
Vacilé.
—Quizá debería liberarlo del compromiso, si eso es lo suyo.
—Es un poco golfo —dijo Bree—. No en el mal sentido. Simplemente no busca una relación. Si se ha ofrecido a ayudarte, es porque quiere ayudarte. Déjalo estar.
—¿Entonces es un ligón, pero de los buenos? —Le di vueltas a la idea—. ¿Acaso eso es posible?
Se rio.
—Es un buen tío. Algún día será una gran pareja para alguien. Es que todavía no ha llegado al punto de querer sentar la cabeza.
—Sí, es un buen tío —coincidió Hayley—. Deja que te haga de escudo. Le vendrá bien ver, por una vez, lo que tenemos que aguantar las mujeres. Puede que así madure.
A mí no me parecía muy probable. Aun así, seguramente su plan fuera lo mejor, así que me encogí de hombros.
—Supongo que tengo curiosidad por ver en qué queda todo esto. Solo quiero que Preston desaparezca.
—Oh, nos vamos a asegurar de que desaparezca después de este retiro —prometió Bree—. De una forma u otra.