El camino correcto (Escribir lo correcto 2) 4 Cuatro
12%

4 Cuatro

cJG

CUATRO

Ver a Preston había sido duro, pero no tanto como esperaba. No sé por qué, la espera previa siempre era lo peor; algo que debería recordar más a menudo.

Las dos semanas siguientes las dediqué a conocer a Bree y a Hayley. Me adoptaron sin que nadie se lo pidiera, me hicieron de guías por Savannah y me llevaron a los mejores restaurantes. Ninguna de las dos me preguntó por Preston, aunque estaba clarísimo que se morían de curiosidad.

Eso cambió el día que salimos a comprar ropa. Ya teníamos una idea más clara de lo que nos esperaba ese verano, y yo no tenía la menor idea de cómo se suponía que debía vestirme para alternar con autores y lectores de forma habitual.

—¿Entonces esto del retiro es nuevo? —pregunté mientras curioseábamos en una tienda bohemia llena de leggings estrambóticos y camisetas temáticas.

—Sip. —Bree asintió—. El año pasado solo hacíamos un evento en un bar cada dos semanas. Salió bien.

—Salvo que Bree se agenció dos acosadores —apuntó Hayley sin darle importancia.

Fruncí el ceño mirando a Bree. No habíamos tenido oportunidad de hablar de eso antes de que Preston nos interrumpiera la noche en que nos conocimos.

—¿Acosadores?

—No es tan grave como ella lo pinta —me aseguró Bree.

—¿Cómo que no fue grave? —Hayley le lanzó una mirada severa—. Un tío se presentaba semana tras semana a acosarte sexualmente, y una mujer se plantó en tu casa porque estaba celosa de tu relación con Brody. Quería matarte.

—No quería matarme de verdad. —Bree negó con la cabeza con vehemencia—. Simplemente estaba pasando por un mal momento.

Parpadeé, varias veces, mientras asimilaba la información. Al final, cuando hablé, mis palabras salieron con una suavidad que no esperaba.

—Pareces bastante optimista para ser alguien a quien han acosado varias veces.

Se rio de mi reacción.

—El tío que no dejaba de aparecer, técnicamente, no me acosó sexualmente.

—Sí lo hizo —rebatió Hayley—. Deja de buscarle excusas. Intentaba bloquearle el paso en los pasillos cuando iba sola e invadía su espacio personal.

—Le han prohibido la entrada a los eventos por ser un pervertido —dijo Bree con calma—. Y en cuanto a la mujer, por lo último que sé, está en un hospital recibiendo la ayuda que necesita.

—¿Y fue a por ti porque estaba enamorada de Brody?

—Creía que podía ayudarlo a escribir mejor. Fue todo un drama. En realidad, solo era una mujer triste que necesitaba ayuda psicológica. Y ahora la está recibiendo. —Bree extendió las manos en un gesto de «qué se le va a hacer»—. Estoy bien. Salí de todo aquello sin un rasguño.

—Y ahora Brody y tú os vais a casar.

—Sip. —Su sonrisa podría haber dejado ciego al sol—. Todo salió como tenía que salir.

—Salvo que seguís viviendo en dos casas distintas —señaló Hayley.

—Eso lo vamos a arreglar —dijo Bree con tono despreocupado.

—No lo van a arreglar —me dijo Hayley—. Van a vivir separados para siempre. Sus hijos van a estar hechos un lío.

Bree la fulminó con la mirada.

—Para. Lo tenemos todo pensado. No hay nada de lo que preocuparse.

Aunque la conversación parecía seria, sonreí de oreja a oreja. La forma en que Bree y Hayley se llevaban me recordaba a mi madre y sus amigas. Nadie andaba con pies de plomo y nadie se venía abajo por unas simples bromas. Yo quería una amistad así. Con suerte, estaba cerca de conseguirla.

—Hablando de acosadores psicópatas —intervino Hayley, lo que me hizo darme cuenta de que había estado intercambiando con Bree una mirada larga y elocuente que no había captado hasta que fue demasiado tarde—, ¿qué historia hay con Preston Micropene Charles III?

Me recorrió un fogonazo de sorpresa antes de que pudiera contenerlo.

—Ah, bueno, supongo que ya habéis deducido que nos conocemos.

—Sí, ciegas no estamos —convino Bree sin inmutarse.

Me reí, pero fue una risa hueca.

—Salíamos juntos. Años, de hecho. Empezó en la universidad y duró hasta hace unos dos años.

—¿Salías con ese tío? —Bree hizo una mueca—. No quiero meterme en tus asuntos, pero…

Esta vez, cuando me reí, hubo emoción de verdad detrás.

—Es un imbécil. Lo sé. Lo que pasa es que entonces no lo veía. —Incluso eso me pareció poco sincero—. En realidad sí lo veía, pero me repetía que la cosa iba a mejorar.

—¿Te hizo daño? —preguntó Hayley—. Porque yo conozco a gente. Crecí en una granja y tengo un montón de hermanos. Puede que no te lo creas, pero entran y salen como ninjas. Son sorprendentemente sigilosos para ser tíos que viven en camisas de franela.

—Nunca me hizo daño en ese sentido. —Levanté unos leggings y sonreí al ver el diseño, que lucía labios rojos con colmillos por todas partes—. Esto parece hecho a medida para mi género. —Los sostuve en alto para que dieran su aprobación.

—Eres diminuta y te van a quedar monísimos —convino Bree, agarrando los leggings—.

Nos los llevamos. Te los puedes poner para el primer evento en el restaurante, que yo daba por hecho que no se iba a celebrar por culpa de esta tontería del retiro, pero me equivocaba. Queremos saber más sobre este Preston.

No tenía ninguna intención de ocultarles información. De verdad quería crear vínculos con ellas.

—Vale, pero hagámoslo durante la comida. Me muero de hambre.

—Creo que también vamos a necesitar cócteles. —Bree se dirigió al mostrador—. Vamos a hacerlo a lo grande. Conozco el sitio perfecto.

brEE ELIGIÓ EL brOKEN KEEL, QUE TENÍA mesas junto al agua. Yo pedí el Mojito Mariner. Hayley se decidió por el Tybee Island Sunset, y Bree por el Spicy Sailor. Pedimos los Riverside Seafood Nachos, los Southern Style Crab Cakes y las Firecracker Shrimp para compartir entre las tres.

La conversación se puso seria en cuanto nos trajeron los cócteles.

—Bueno, ¿cuál era el problema con Preston? —preguntó Bree. Sonreía, pero era evidente que estaba dispuesta a estrangularlo en mi nombre. Se lo agradecí, aunque me daba vergüenza lo mal que habían llegado a ponerse las cosas entre nosotros.

—Para entenderlo, hay que saber cómo me crie —empecé con un suspiro.

—En Salem, uno de los mejores lugares del mundo —me pinchó Bree.

—Salem no es perfecto —advertí—. Tiene cosas buenas y cosas malas.

—Así es la vida —dijo Hayley—. No hay ningún pueblo absolutamente perfecto.

—A mí me encantó crecer en Salem. —Di un sorbo al cóctel.

Estaba bueno, pero por un momento eché de menos a mi madre y cómo preparaba ella los martinis de calabaza—.

Mi madre y sus amigas formaban una familia por sí solas.

No tenía hermanos, pero crecí con niños a los que trataba como si lo fueran. Y ellos me querían igual.

—¿Y tu padre? —preguntó Bree.

Me encogí de hombros.

—Se largó cuando yo tenía tres años. Lo vi de vez en cuando hasta los ocho, más o menos.

Es decir, aparecía por el pueblo una vez al año para intentar sacarle dinero a mi madre y fingir que yo le importaba.

Luego desapareció del mapa hasta que cumplí los dieciséis.

Lo vi una vez ese año y juró que quería arreglar las cosas. No lo he visto desde entonces.

Bree se puso muy seria.

—Te entiendo. Créeme que te entiendo. —Señaló a Hayley con el pulgar—. Ella se crio en un cuadro de Norman Rockwell, pero yo no. Yo viví algo parecido, solo que tu madre parece maravillosa y la mía era un desastre.

Se me escapó una risa.

—A mi madre se la podría describir como un desastre, pero tiene el mejor corazón que conozco. Toda mi infancia fue muy… de brujas. Le encanta todo el kitsch de Salem.

»Hacíamos visitas guiadas constantemente —es a lo que se dedica, es guía turística— y sus amigas organizaban pícnics en verano y hogueras en otoño —continué—. Daba por hecho que todo el mundo se criaba como yo, porque todos mis amigos tenían la misma clase de infancia.

—A mí esa infancia me suena a sueño. —Bree se quedó con la mirada perdida—. Nosotras nos mudábamos mucho. ¿Tú viviste en la misma casa todo el tiempo?

—Teníamos un piso antes de que mi padre se fuera, y unos años después nos mudamos a una casa. Mi madre todavía vive allí.

—Venga, ve a la parte de Preston —me apremió Hayley.

—Tendrás que perdonarla —dijo Bree con sequedad—. No tiene ni una pizca de paciencia para nada que no gire a su alrededor.

—¡Oye! —Hayley se puso a la defensiva—. Te escucho hablar sin parar de lo perfecto que es Brody cada dos por tres. ¿Y eso cómo es no escuchar?

—Y tú nunca sueltas ningún comentario mordaz mientras lo hago, claro —bromeó Bree.

Di otro sorbo al cóctel. Luego fui al grano.

—En la universidad me di cuenta de que no todo el mundo se había criado como yo. Conocí a Preston en el último año, y sus historias sobre su familia, sobre todo el dinero que tenían y las galas benéficas a las que iban con famosos… bueno, me dejaron deslumbrada. Lo veía todo de color de rosa.

—Creo que a cualquiera le pasaría —dijo Bree—. Sé que a mí también me habrían deslumbrado.

—Era guapo y siempre lo tenía todo bajo control —continué—. Nunca había conocido a nadie tan centrado. Y como era joven, supuse que eso significaba que iba a hacer grandes cosas.

Me detuve para ordenar mis ideas.

—Empezó con pullas sutiles. Le gustaba mi ropa, pero tenía curiosidad por saber qué me pondría cuando consiguiera un trabajo de verdad.

Le parecía que mi pelo —entonces lo llevaba mucho más largo— quedaba bien alborotado, pero ¿no sería más práctico cortarlo un poco para poder recogerlo con más facilidad en un entorno corporativo?

Bree apretó los labios en una línea dura.

—Ojo, que yo fui a la universidad para ser escritora —expliqué—. Mi madre ahorró todo lo que pudo, y yo tenía préstamos y becas. Sabía que no debía estudiar solo escritura, porque eso no paga las facturas. Mi carrera era relaciones públicas, con escritura creativa como especialidad secundaria.

—Eso es inteligente —dijo Hayley—. Yo hice algo parecido, solo que mi carrera fue contabilidad. ¿Qué? —protestó cuando Bree le lanzó una mirada rara—. Me gustan los números. Denúnciame.