3 Tres #2
Yo no era el héroe de nadie. Pero ese tipo no me gustaba y, lo admitiera ella o no, una parte de Bella vivía con miedo de él. Puede que no fuera miedo físico, pero él la incomodaba. Y lo peor era que él lo sabía.
Reaccioné sin pensar, en lo que podría considerarse una invasión flagrante de su espacio. Le pasé el brazo por los hombros y la atraje contra mi costado.
—¿Os conocéis?
Mi sonrisa era brutalmente amable, pero dejé ver los dientes de un modo que podía interpretarse más como salvaje que como amistoso.
Preston detuvo la mano a medio camino del hombro de Bella y me lanzó una mirada calculadora. Cuando bajó el brazo, había hielo en su mirada.
—¿Y tú eres?
—Nathan Cooper —respondí sin titubear, y le tendí la mano derecha como si fuera la presentación más normal del mundo—. El novio de Bella.
Era pasarme de la raya hasta el último extremo. Si Bella me paraba los pies, le pediría disculpas. Aun así, me parecía lo correcto. Aquel tipo tenía que echarse atrás.
Preston parpadeó. Luego parpadeó otra vez.
—Ya veo.
Sonrió de nuevo, pero sin un ápice de calidez. Estaba claro que no era porque tuviera el corazón roto ni nada parecido, sino porque le había ganado la partida.
—¿Y cómo os conocisteis?
Hacía todo lo posible por fingir que no le había asestado un golpe bajo, pero su actuación no resultaba convincente.
—Los dos somos escritores —respondí, sin apartar el brazo de los hombros de Bella—. Si eres tú quien organiza los eventos de autores este verano, supongo que nos veremos allí.
—Ah, ¿vas a ir?
—Ajá.
Le dediqué una de mis sonrisas patentadas. No pretendía ser amistosa.
Lo captó tal cual yo pretendía, sin duda, pero mantuvo la fachada.
—Bueno, suena genial.
Me sostuvo la mirada un instante más y luego la desvió hacia Bella.
—Ha pasado mucho tiempo. Espero que podamos ponernos al día en el retiro.
Y con eso, se marchó.
Mantuve el brazo alrededor de Bella hasta que dobló la esquina, y entonces lo bajé.
—Lo siento —dije justo cuando ella empezaba a hablar.
—Gracias —dijo con una voz muy pequeña.
Arqueé una ceja y esperé.
—No tenías que hacer eso —se apresuró a decir—. No iba a hacer nada.
No estaba del todo convencido, pero asentí.
—De todos modos, no venía mal bajarle un poco los humos.
—Sí.
Se frotó la frente y luego se contuvo.
—¿Y qué vamos a hacer con el retiro? Ni siquiera estoy segura de entender cómo funciona. Sé que hay un mes en ese cámping donde podemos trabajar entre semana, como un retiro con otros escritores, y luego hay eventos con lectores los fines de semana.
Sabía más que yo de lo que nos esperaba.
—Yo ni siquiera he mirado todavía el itinerario. Pero todo irá bien. Fingiremos que seguimos juntos siempre que él ande cerca. Si vive en Boston, dudo que sea muy a menudo.
Me lanzó una mirada triste.
—Aparecerá.
—¿Porque quiere recuperarte?
—No quiere.
Negó con la cabeza.
—En realidad, yo no le importo lo más mínimo. Lo único que le importa es que fui yo quien lo dejó. Si fuera lo bastante idiota para volver con él, no me sorprendería que me mantuviera a su lado justo el tiempo necesario para poder dejarme él.
—Parece un imbécil.
Su carcajada seca me pilló por sorpresa. ¿Cómo podía una cosa tan pequeña hacer tanto ruido?
—Tardé mucho tiempo en darme cuenta de lo idiota que era en realidad —reconoció—. Lo conocí en la universidad, en el último año. Entonces me parecía alguien grande e imponente, sobre todo porque él mismo me decía que lo era gracias a la fortuna de su padre. Yo no sabía verlo.
»Luego, más adelante, sí que lo veía, pero no dejaba de decirme que mejoraría —continuó—. Le buscaba excusas.
Yo nunca había hecho nada parecido, pero entendía lo que quería decir.
—No te preocupes por el retiro. Cuando salgamos por ahí, podemos ir juntos a algunos sitios. Debería bastar para mantenerlo alejado. Quiero decir, si eso es lo que quieres.
—Ya lo creo que es lo que quiero.
Soltó un suspiro profundo.
—Ojalá pasara página, porque es lo único que yo quiero hacer. Con él nunca fui yo misma. Ni siquiera le gusta cómo soy en realidad.
—¿Y has pensado que este retiro es una oportunidad para que vea cómo eres en realidad? Entre eso y que yo finja estar locamente enamorado de ti, debería bastar para mantenerlo a distancia, ¿no?
—Puede. Supongo que ya estoy preparada para que salga mal. Se ha portado como un auténtico cabrón desde que lo dejé. No para de llamar y llamar. Luego cambio de número y, unos meses después, alguien se lo da. Es insoportable por teléfono, pero no hace nada que pueda meterlo en problemas.
—Eso es acoso, ¿te das cuenta?
Me indigné por ella.
—No según los policías con los que habló Rose.
—¿Rose habló con ellos?
Esta vez titubeó.
—Yo no quería montar un número. Rose no tuvo ese problema.
Conseguí esbozar una sonrisa.
—No, en eso es buenísima.
Señalé hacia delante.
—Vamos. Ya se ha ido. Deberías conocernos un poco si vamos a pasar el retiro juntos. Además, no somos tan malos. Yo soy el mejor de todos, así que en eso has tenido suerte, pero los demás también merecen la pena.
Se le escapó una risita y pareció cinco veces más ligera que apenas unos instantes antes.
—Supongo que podría comer algo. He visto un filete en la carta que tenía buena pinta.
—Ah, otra amante de la carne.
Asentí con aire de sabio.
—Una mujer de mi misma cuerda. Vamos a llevarnos de maravilla.
Se detuvo con la mano a medio camino de la puerta.
—Me hiciste un favor enorme al intervenir así. Me había quedado un poco paralizada. Te lo agradezco.
—No tiene importancia. Sinceramente, fue puro instinto. No me cayó bien desde el momento en que lo vi.
—Entonces tienes buen instinto. A la mayoría de la gente le cuesta mucho más darse cuenta de cómo es en realidad.
Quería preguntarle cómo era en realidad, pero ella acababa de empezar a calmarse y volver a alterarla me pareció un error.
—Bueno, todo irá bien. Puedes decirles a todos los de la mesa que ya soy tu favorito, y a partir de ahí, ya veremos.
Torció los labios de un lado a otro.
—Te lo tienes un poco creído —dijo al fin.
—¿Ahora te das cuenta? Me lo tengo creidísimo.
—Me gustan los hombres que reconocen sus defectos.
—Entonces me vas a adorar. No tengo más que defectos.