3 Tres
cEF
TRES
Era guapa de un modo que no sabría definir.
No era alta y espigada, que era mi tipo habitual, sino menuda y delicada.
Tenía el pelo castaño rojizo y le caía muy por debajo de los hombros.
Tenía la nariz respingona, como una pequeña y encantadora pista de esquí.
Aunque lo que me golpeaba una y otra vez en el esternón era su sonrisa. Tenía la mejor sonrisa del mundo.
Bella Oakley era adorable. Pero a mí no me iban las adorables. No era mi estilo. A mí me gustaban altas y felinas. Qué narices, me gustaban las mujeres con ropa bien ceñida… bueno, en realidad daba igual qué fuera lo ceñido. Me gustaba todo.
Aun así, por un momento ahí había algo, algo que no sabía describir con palabras, y eso siendo escritor.
Y casi igual de rápido se había apagado hasta convertirse en simple interés cortés.
Eso me decía que había sido una casualidad.
Quizá Hayley tenía razón. Debería ampliar el abanico de candidatas.
No con Bella ni nada de eso, pero con alguien.
Toda esa sensatez se fue a la porra cuando un hombre se acercó a nuestra mesa. Bella había levantado la vista, como si esperara al camarero, y entonces se le fue hasta la última gota de color de la cara. Allí pasaba algo muy grave. Aunque no conseguía saber qué.
—Preston Martin Charles III —dijo Rose con voz glacial.
Se había convertido en mi agente el año anterior, cuando me desencanté del que tenía antes. No creía que un escritor de terror que no se llamara Stephen King pudiera llegar al gran público. Rose, en cambio, tenía una fe absoluta en mí.
Con el tiempo que llevábamos juntos, había aprendido a apreciar su actitud de no dar cuartel. Era divertida sin ser grosera —aunque a mí lo grosero no me molestaba— y una fuerza de la naturaleza a la hora de negociar contratos. Feroz, pero cordial.
La expresión que tenía ahora me puso los pelos de punta. Era justo lo contrario de cordial.
—¿Qué…?
Fue todo lo que alcancé a decir antes de que Rose tomara las riendas.
—¿Qué crees que estás haciendo aquí? —exigió saber.
El hombre —Preston Martin Charles III, vaya nombre de gilipollas— puso cara de inocente.
—Eres Rose McGovern, ¿verdad? —preguntó—. Precisamente venía a verte a ti.
Rose no se ablandó lo más mínimo.
—Ya, seguro.
Preston hizo como si no fuera él quien ensombrecía la mesa y le tendió una tarjeta de visita.
—Este año me encargo yo de los retiros para autores. Supongo que se podría decir que soy el anfitrión.
Cuanto más se le ensanchaba la sonrisa, más se hundía Bella en la silla.
—No, nada de eso.
Rose negó con la cabeza con vehemencia.
—Pues sí.
Yo no conocía a Preston Martin Charles III —y a partir de entonces jamás pensaría en él de otra manera—, pero había algo untuoso en la forma en que le sonreía a Rose.
—Que no —le espetó Rose.
—Creo que si repasas los contratos, que ya has firmado, verás que no es así.
Preston el rastrero —no sabía quién era, pero rastrero lo era sin duda— iba al grano. Había algo que no encajaba en su manera de conducirse, y al instante se me tensó la espalda.
—¿Ah, sí?
Rose miró a Bella. No parecía consciente de que hubiera nadie más en la mesa. Despacio, se puso de pie.
—Vamos a hablar un momento.
No esperó a que Preston accediera: se dirigió hecha una furia hacia la barra.
Preston repartió sonrisas amables por toda la mesa, aunque, si no me equivocaba, la suya flaqueó un poco al llegar a mí. Seguía sonriendo, por mustia que fuera esa sonrisa, cuando se dio la vuelta para seguir a Rose.
—¿Qué demonios ha sido eso? —preguntó Bree. Parecía desconcertada.
—Ha sido raro, sí —convine—. ¿Ese es el tío que lleva los eventos de autores este verano?
Me froté la nuca.
—¿Qué ha pasado con el equipo de siempre?
—Este año querían darle un aire más profesional —respondió Brody.
Tenía la mirada clavada en la dirección por la que se había marchado Rose, claramente preocupado. Era más nervioso que yo, así que no dejaría de inquietarse hasta tener respuestas firmes.
—Después de lo que pasó con nuestros dos acosadores el año pasado…
Dejó la frase a medias y lanzó una mirada preocupada a Bree.
—Estoy bien —le aseguró ella—. A mí eso no me preocupa, así que a ti tampoco debería.
—Claro, porque yo nunca me preocupo por lo que más quiero —bromeó Brody.
Se me revolvió el estómago cuando se inclinaron para empezar a morrearse. Vale, fue un beso corto. Pero se parecía lo bastante a un morreo como para que el estómago se me pusiera en pie de guerra.
—¿Tú sabes qué está pasando? —le pregunté a Bella.
No respondió de inmediato. Se quedó allí sentada, callada, con las manos cerradas en puños sobre el regazo. En lugar de contestar, se puso de pie.
—Tengo que ir un momento al baño.
La vi marcharse, confundido, hasta que me di cuenta de que se dirigía a la salida y no al servicio.
—Vuelvo enseguida —les dije a los demás, aunque Bree y Brody no iban a notar siquiera mi ausencia, y fui tras ella.
Yo no conocía a Bella Oakley. Pero allí había pasado algo muy grave y necesitaba saber qué era.
La alcancé justo a la salida del restaurante.
—Oye.
Me eché atrás al ver cómo se sobresaltaba, como si le hubiera gritado su nombre directamente al oído.
—Perdona.
Levanté las manos en señal de paz.
—No pretendía asustarte.
—¿Qué haces? —exigió saber ella, y se le encendió un fuego en la mirada—. ¿Me estás siguiendo?
Curiosa la conclusión a la que había saltado.
—Técnicamente, sí —respondí, y le lancé una de mis sonrisas marca de la casa—. Pero solo para asegurarme de que estás bien.
—¿Por qué no iba a estar bien?
Sonó a la defensiva.
Levanté una ceja.
—Eh…
—Vale. Obviamente no estoy bien.
Hizo un gesto con la mano.
De pie a su lado, me di cuenta de que le sacaba treinta centímetros bien cumplidos. Debíamos de parecer una pareja extraña a ojos de cualquiera que pasara por allí.
—¿Te apetece contarle a la clase qué está pasando?
No respondió de inmediato.
—Quizá pueda ayudarte —insistí.
No tenía ni idea de cómo iba a ayudarla —«servicial» no era una palabra que la mayoría de la gente usara para describirme—, pero por alguna razón quería ayudar a esa mujer. En ese momento parecía ridículamente vulnerable, y eso no me gustaba.
—Ese hombre… —empezó.
—¿Preston Martin Capullo III? Sí, me imaginaba que tenía algo que ver con él.
Se le tensó un músculo de la mandíbula.
—Salí con él.
Imaginarlos juntos resultaba un ejercicio de frustración.
—Vale.
No había nada más que decir.
—Lo nuestro acabó mal —continuó, como si buscara las palabras para explicarlo.
Solo entonces se me ocurrió una idea horrible.
Era pequeña, vamos, de tamaño bolsillo, y había reaccionado de forma visceral al verlo aparecer.
Yo no era precisamente un peleón —vale, nunca me había metido en nada más serio que una pelea de patio de colegio—, pero estaba dispuesto a soltar un puñetazo si mi peor sospecha estaba a punto de confirmarse.
—¿Te… hizo daño? —pregunté con la voz de repente ronca.
Fue como hablar con la boca llena de piedras.
Abrió los ojos como platos.
—No —respondió rápidamente—. No, no, no.
Parte de la furia que se me había inflado por dentro se desinfló. Seguía sin estar convencido.
—Si lo hizo, solo tienes que decirlo.
—No fue así.
Se pasó una mano por el pelo sedoso y, por un instante, me pregunté cómo sería tocar ese pelo. Entonces me contuve —¿se podía ser más rarito?— y me obligué a dejar de comportarme como un idiota.
—Cuéntame qué está pasando y te ayudaré —dije con firmeza.
—No quiero parecer una víctima, porque no lo soy.
Me sostuvo la mirada y pareció sacar algún tipo de fuerza de ese simple gesto.
—Salimos juntos. Era un imbécil y yo me desviví por ser lo que creía que él quería.
Asentí para que continuara.
—Y resultó ser un error, porque nunca iba a ser lo que él quería —prosiguió—. Fui a ver a mi madre, volví a casa antes de lo previsto y lo encontré en la cama con una de las secretarias de su padre.
Fruncí el ceño.
—Te puso los cuernos.
No era una pregunta.
Se encogió de hombros.
—Mira, puede que eso hundiera a otras personas. A mí no. Ese no es el problema. Fue lo mejor que me ha pasado en la vida.
—¿Que te pusiera los cuernos fue lo mejor que te ha pasado en la vida?
Mi escepticismo era comprensible.
—Sip.
Asintió con gesto grave.
—Me hizo darme cuenta de que todo lo demás que estaba aguantando, las críticas constantes y las mentiras, el desprecio hacia mi madre, no merecía la pena. Para empezar, nunca debí tolerarlo.
Un fogonazo de rabia me recorrió, pero lo contuve.
—Te hizo luz de gas.
—Sí, pero fue culpa mía.
—¿Cómo va a ser culpa tuya?
—Porque lo permití.
Lo dijo sin dramatismo.
—Él era un cretino, pero yo dejé que lo fuera. Debería haberme ido mucho antes de lo que lo hice. La culpa es mía.
Yo creía en la responsabilidad personal. En este caso concreto, sin embargo, ella se culpaba a sí misma cuando era evidente que la habían ido desgastando con el tiempo. Pero ¿quería oírlo?
—¿Por qué está aquí ahora? —pregunté en cambio—. ¿Sabías que iba a organizar los eventos de autores de este verano?
—No.
No había el menor rastro de sonrisa en su cara, ni forzada ni de ningún otro tipo.
—En absoluto. Su padre es empresario. Es dueño de un montón de edificios en Boston. Preston dirige su propio negocio bajo el paraguas de su padre. Nada de eso tiene que ver con los autores.
—Entonces ¿por qué está aquí?
Parecía estar sinceramente desconcertada.
—No lo sé.
Yo tenía una idea de por qué estaba allí.
—¿Podría estar aquí por ti?
Mi tono fue ligero y sereno.
—No lo he visto en casi dos años. No he sabido nada de él en más de ocho meses.
¿Ocho meses? Si lo había dejado dos años antes, ¿por qué seguía poniéndose en contacto con ella? Estaba a punto de hacerle esa pregunta cuando el pequeño hurón apareció en la puerta.
Preston Martin Charles III le sonrió a Bella como si fueran viejos amigos separados por circunstancias ajenas a su voluntad.
—Belladonna.
Alargó la mano hacia la de ella.
—Qué alegría verte.
Bella dio un paso atrás involuntario y no respondió.