El camino correcto (Escribir lo correcto 2) 2 Dos #2
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2 Dos #2

Me encantaba todo de Savannah. Por supuesto que me iba a encantar.

ERA UN MANOJO DE NERVIOS mientras Rose me guiaba por el restaurante. Por suerte, ella reconoció a la gente que buscábamos y me llevó directa a la mesa, donde nos esperaban dos sillas libres.

El grupo al que íbamos a unirnos estaba inmerso en una conversación animada cuando nos acercamos. Se les dibujaron sonrisas corteses en la cara y levantaron la vista cuando Rose se plantó a un lado de la mesa.

—No dejéis que os arruinemos la diversión —dijo ella con sequedad.

El hombre que sabía que era Nathan la miró divertido.

—Tú siempre arruinas la diversión. —Se levantó y le dio un abrazo—. Chicos, esta es Rose McGovern. Es mi agente.

Sus ojos se posaron en mí y sentí que, de repente, pasaba una corriente eléctrica entre los dos. La sensación fue fugaz, pero asombrosamente intensa. Nunca había sentido nada parecido, y mucho menos con Preston, así que lo atribuí a la admiración por mi ídolo.

Era Nathan Cooper. Ahora mismo, el mejor escritor de terror que no se llamaba Stephen King. Estaba emocionada, nada más.

—Esta es Bella Oakley —empezó Rose—. Todavía es nueva y reluciente. No quiero que ninguno de vosotros, gilipollas cínicos…

—Esa boca —ladró la mujer de la mesa a la que no reconocí.

Como ya había visto fotos de Bree y Brody, por eliminación supe que esa mujer tenía que ser Hayley Clifton.

—Perdón. —Rose clavó en Hayley una mirada divertida—. Olvidaba que no te gustan las palabrotas. ¿Crees que hacen que la gente parezca tonta o algo así?

—Tonta, no. —Hayley pareció incómoda al verse en el centro de atención—. Es solo que, bueno, mi madre las odiaba. Ya está muerta. Debería darme igual, pero sigo imaginándome su cara cada vez que alguien dice una palabra que sé que la habría puesto histérica. No puedo evitarlo.

Su franqueza hizo que me cayera bien de inmediato.

—Vaya. —Rose se quedó pensativa—. Eso resulta curiosamente entrañable.

Se sentó en la silla que había junto a Brody Bates y me indicó que ocupara la que quedaba entre ella y Nathan.

Se me aceleró el corazón ante la idea de estar tan cerca de él.

Mi reacción no se debía a que fuera ridículamente guapo ni nada de eso; al menos, eso me decía a mí misma.

No, era por lo bueno que era en su trabajo.

—Hola.

Le dediqué una sonrisa tímida mientras cogía la carta para tener algo que hacer con las manos. Cuando me sentía incómoda, no paraba de moverme.

La sonrisa que me devolvió Nathan fue deslumbrante. No había otra palabra para describirla.

—Hola. —Sus ojos me recorrieron de arriba abajo y el corazón me dio tres vuelcos—. Perdona, Rose me dijo lo que escribes, pero se me ha olvidado.

—Romantasy —respondí.

Me salió la voz más baja de lo normal. Siempre me pasaba lo mismo al conocer gente nueva.

Bueno, en realidad eso no era del todo cierto.

Antes de Preston, había sido una persona segura de mí misma.

Nunca había tenido problemas para relacionarme con desconocidos, fuera cual fuera su posición social.

Él me había arrancado eso de algún modo.

O quizá fuera más justo decir que yo le había permitido arrancármelo.

No podía culpar a Preston de todo. Yo había dejado que ocurriera. Era igual de culpable.

—Ah. —Nathan asintió, sin sorprenderse en absoluto. Luego señaló a Bree con un gesto—. Vosotras escribís cosas muy parecidas.

—Sí —confirmó Bree. Siempre tenía una sonrisa amable a punto—. Aunque ahora mismo estoy centrada en el misterio. —Me lanzó una sonrisa de disculpa—. Pero puedes preguntarme lo que quieras y haré todo lo posible por ayudarte. Rose me ha dicho que estás nerviosa porque eres nueva.

—Sí. —Me rasqué la mejilla. ¿Por qué siempre era tan torpe?—. Tengo dos libros, pero fue más suerte que otra cosa. Los escribí en la universidad y luego los aparqué para dedicarme a otra cosa una temporada.

Fruncí el ceño al recordar mi trabajo para el padre de Preston. Qué pérdida de tiempo había sido aquello.

—Después decidí retomarlos —continué—. Me esforcé muchísimo en editarlos y entonces tuve la suerte de conocer a Rose. Le mandé cinco novelas en pleno ataque de pánico y ella me ayudó a repasarlas y a descartar lo malo.

—Nada de aquello era malo —replicó Rose, negando con la cabeza—. Hay una diferencia entre que algo sea malo y que sea vendible. Te dije que guardaras esas otras tres novelas porque puede llegar un momento en que sí tengan salida.

Así fue, y le hice caso. Aquellas tres novelas seguían en carpetas de mi disco duro, esperando su turno en el mercado.

—Estoy escribiendo mi tercera novela y es la primera que intento desde cero ahora que sé un poco más del negocio —expliqué—. Da bastante vértigo.

—Lo da. Pero nos tienes aquí si necesitas ayuda —asintió Bree, con sinceridad en la mirada—. Rose dice que acabas de mudarte a la zona. ¿Dónde vivías antes?

—En Salem.

—¿En serio? —Bree sonrió de oreja a oreja—. Me flipa Salem. Sin ofender a Savannah, porque es genial, pero ¿por qué te fuiste de Salem? Yo no me iría nunca si fuera de allí.

—Voy a menudo. Mi madre sigue allí.

—Ah. —La expresión de Bree cambió—. No digas más. Los padres son complicados.

—No, no. —Negué con la cabeza—. Mi madre no es complicada.

No siempre es fácil, pero… simplemente es un espíritu libre.

Ha abrazado por completo el estilo de vida de Salem.

Tiene todo un grupo de amigas con las que hace yoga en la playa en verano y en otoño.

No tengo ningún problema con ella. Es solo que quería alejarme de Salem.

Savannah me pareció mi casa desde el segundo en que llegué.

—Tiene muy buen ambiente —coincidió Bree—. Yo tampoco llevo tanto tiempo aquí.

—¿Dónde vives?

Esperaba que dijera el centro para poder quedar a tomar café, pero no hubo suerte.

—Brody, Nathan y yo vivimos en The Landings —respondió—. Ahora mismo Brody y yo tenemos casas separadas. Tenemos una pequeña batalla abierta sobre cuál de las dos casas será la definitiva, ya que nos vamos a casar. Todavía no ha salido nadie victorioso.

—Solo quieres conservar tu casa porque está acogida a las normas antiguas de la comunidad y no quieres deshacerte de ninguno de esos bebederos para pájaros —protestó Brody—. Déjalo ya. Mi casa se ajusta mejor a nuestras necesidades futuras.

Bree hizo una mueca.

—No estoy lista para renunciar a esa casa, y lo sabes.

—Solo porque te gusta torturar a las señoras de la comunidad. —Brody negó con la cabeza—. Es ridículo. Tenemos que vivir bajo el mismo techo.

—Y ya te he dicho que, en cuanto tenga un plan de acción, lo haremos. —Se reclinó en la silla—. No pasa nada —me aseguró—. Lo estamos resolviendo.

—Claro.

—En realidad es como una obra de teatro —me susurró Nathan—. A mí todo esto me parece divertidísimo. Todavía no se dan cuenta de que van a acabar en la casa de Bree. Estoy impaciente por que llegue ese día.

Bajé la voz para igualar la suya.

—Si la casa de Brody es mejor, ¿por qué iba a pasar eso?

—Porque Bree necesita ganar. Brody lo sabe. Lo que pasa es que todavía no lo ha aceptado. Pero lo hará.

—Vaya. —Intenté asimilarlo—. ¿Me estás diciendo que renunciará a su casa solo para hacerla feliz?

Esbozó una sonrisa ladeada.

—Desde luego que sí. No te preocupes. Ella también renunciará a cosas por él. Así funciona la cosa con ellos.

¿Alguna vez Preston había renunciado a algo por mí? No se me ocurría ni una sola cosa.

Al instante me dieron ganas de darme una bofetada por pensar en Preston. Ya no formaba parte de mi vida. No tenía por qué pensar en él. De hecho⁠—

Alguien —un hombre, sin duda— se aclaró la garganta al otro lado de la mesa y me llamó la atención. Supuse que era el camarero y bajé la vista al menú. Tenía que decidirme por un cóctel para no entretener a los demás. Quedaba fatal ser la última en pedir por andar remoloneando.

Pero no era el camarero. El hombre que años atrás me había soltado todas esas tonterías estaba allí de pie, junto a la mesa.

Se me secó la boca. El corazón se me aceleró por motivos que no tenían nada que ver con la ilusión. Solo con verlo ya era demasiado.

—Preston. —Su nombre apenas logró salirme de la boca.

Como una ciborg humana, Rose clavó la mirada en el mismo punto que yo.

—Preston —gruñó. Dijo su nombre como si fuera una palabrota.

Y así, sin más, el contador de mis ocho meses de libertad volvió a cero.