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DOS
Por regla general, los pisos de alquiler casi siempre son peores que los que te compras para ti. Mi nuevo alquiler en el centro de Savannah, sin embargo, rompía esa tendencia. El apartamento era impecable y precioso. ¿Y las vistas? Nada en el mundo podía superarlas.
Cuando dejé Salem dos años atrás, sin tener claro que fuera capaz de salir adelante sola pero decidida a intentarlo, nunca imaginé que acabaría en una ciudad tan parecida.
Bella Oakley era una chica de la Costa Este.
Mi breve escapada a la Costa Oeste tras la ruptura no hizo más que confirmarlo, pero, a pesar de todos los parecidos con aquella zona, en Savannah me sentía más en casa de lo que ya me sentía en Salem.
Sí, las dos ciudades basaban su turismo en lo paranormal. Salem tenía brujas; Savannah, fantasmas. Las dos tenían arquitectura clásica y un ambiente muy particular. Las dos tenían buena comida y cócteles temáticos. Pero había algo en Savannah que me decía que estaba en casa.
Eso sí, la ciudad no era barata, así que por el momento vivía de alquiler.
Mi primer libro, un romance paranormal protagonizado por una bruja que me recordaba muchísimo a mí misma —aunque yo no tuviera poderes—, se había vendido bien.
Lo suficiente para poder respirar. El segundo había funcionado incluso mejor.
Lo que jugaba a mi favor con esos libros era que los había escrito en la universidad.
Los retoqué después de dejar atrás a Preston —no es que se marchara sin hacer ruido, ni mucho menos—, pero estaban bastante bien.
Sus pullas veladas me habían quitado las ganas de escribir, así que lo dejé.
Lo que no hice fue tirar a la basura todo aquel trabajo, así que, cuando volví a empezar de cero, tenía varios manuscritos que ofrecer a los agentes.
Para mi sorpresa, a una agente nueva le encantó lo que leyó —dijo que era «algo en bruto a lo que solo le faltaba una pizca de pulido»— y a partir de ahí todo se puso en marcha.
Su «pizca» de pulido se convirtió en reescrituras de calado, pero no me arrepentía.
El proceso me enseñó muchísimo. El manuscrito en el que trabajaba ya era mucho mejor que los dos que había publicado. Iba por buen camino.
Pero eso no significaba que pudiera vivir a cuerpo de rey.
El alquiler, con sus vistas magníficas, solo podía mantenerlo un año.
Después tendría que comprarme una casa —para lo que estaba ahorrando— o mudarme a uno de los barrios de las afueras, donde todo saldría más barato.
La idea no me gustaba, porque la cultura de Savannah era una delicia.
Lo único que quería era pasear sin parar por el centro.
Aun así, tenía un año para resolverlo. Por ahora me limitaba a disfrutar de todo lo que había conseguido hasta el momento.
Unos golpes en la puerta me sobresaltaron y me obligué a respirar hondo para calmarme. Esperaba visita. No había motivo para alterarse. Y, sin embargo, la cara de Preston me cruzó la cabeza un instante. Aparté el pensamiento sin piedad.
No iba a darle a ese hombre la oportunidad de arruinarme la vida desde la distancia. Ya me había quitado bastante.
Con eso en mente, me dibujé una sonrisa luminosa en la cara y le abrí la puerta a Rose McGovern, mi agente. Había cogido un avión desde Nueva York para ayudarme a afrontar lo que sería uno de los acontecimientos más importantes de mi vida.
O puede que lo estuviera magnificando en mi cabeza. Todo era posible.
—Hola. —Solté un suspiro de alivio que esperaba que Rose no interpretara como ansiedad y me lancé a abrazarla—. Me alegro muchísimo de verte.
Hacía meses que no nos sentábamos juntas en Nueva York a trazar el plan de mi vida.
Siempre se entusiasmaba con todas mis ideas.
Cuando le conté que quería mudarme a Savannah porque deseaba empaparme de la romantasy que estaba escribiendo y, al mismo tiempo, buscar ideas para futuros libros de terror, que era lo que de verdad me apetecía escribir, le pareció perfecto.
Conocía mi historia con Preston. Entendía que los meses de acoso que había sufrido tras la ruptura —¿cómo me atrevía a dejarlo en ridículo al marcharme de aquella manera?
— me habían dejado algo asustada. Lo único que podía hacer era alejarme de allí.
Nueva York estaba demasiado cerca de Salem, y eso le facilitaba demasiado a Preston conseguir mi número de teléfono y volver a empezar con el acoso.
Tenía que irme al sur, y en esa dirección solo había unas pocas opciones que me gustaran.
En cuanto aterricé en Savannah, después de seis meses repartidos entre Tampa y Nueva Orleans, supe que esta ciudad era la ganadora.
Me recordaba a casa, pero era lo bastante distinta para permitirme respirar de nuevo.
Cierto, no conocía a nadie en la ciudad y vivía prácticamente como una ermitaña, pero justo por eso Rose estaba ahora aquí.
—El piso está muy bien —dijo ella, y recorrió el apartamento con mirada de tasadora—. Me gustan mucho las vistas.
Se acercó sin prisa a la ventana.
—Parece que encajas con el ambiente de aquí.
Sonreí.
—Yo también lo pensé.
Se obligó a apartar la vista de la ventana y me miró de arriba abajo.
—Tienes buen aspecto. Has cogido algo de peso.
Bajé la vista hacia mis mallas monísimas y la camiseta ancha.
—¿Parezco gorda?
—No —se apresuró a decir, y negó con la cabeza—. La última vez que te vi estabas demasiado delgada.
Ah, cuando estaba en plena avalancha de llamadas de Preston. Me había quitado el apetito.
—Sí. Han pasado ocho meses. —Levanté la mano con los dedos cruzados—. Espero que haya pillado el mensaje de que no va a conseguir a base de presión que vuelva con él.
—Sigo pensando que deberías dejarme presentar una denuncia. —Parecía furiosa—. Seguro que así se echaría atrás.
—No era un maltratador.
Endureció la mirada.
—Te acosó. Que nunca te pusiera la mano encima ni te amenazara abiertamente no significa que lo que hizo no fuera maltrato.
En el fondo sabía que tenía razón. Pero no quería lidiar con eso.
—Preston no se ha puesto en contacto conmigo en ocho meses.
—Que tú sepas.
—Creo que ha pillado el mensaje —insistí—. Lo más seguro es que ya esté saliendo con otra.
—Podríamos averiguarlo.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo?
—Podría contratar a un investigador privado. Nada invasivo —añadió rápidamente—. Solo para tener un informe de lo que está haciendo. Por si acaso.
—No.
No quería eso.
—No removamos el avispero. Él ha pasado página. Yo, desde luego, también. Quiero dejarlo atrás.
Dudó un instante, como si lo estuviera sopesando, y luego asintió.
—¿Eso significa que estás lista para empezar a salir con otra persona?
La pregunta me descolocó.
—Eh… eso no estaba en mi lista. —Dejé escapar una risa hueca—. Estoy trabajando en mi próximo libro, no buscando con quién salir a cenar.
—¿Y quién dice que solo puedas hacer una de las dos cosas?
—Eh… yo. Quiero centrarme en este libro. Creo que va a quedar muy bien.
«Y quiero dedicarle tiempo al proyecto de terror en el que estoy trabajando», añadí para mis adentros. Rose no tenía por qué saberlo todavía. Pensaba presentarlo con seudónimo, por razones obvias.
—Vale. —Levantó las manos en señal de rendición—. Céntrate en el libro. Pero en cuanto lo termines, te buscamos una cita.
Me reí entre dientes.
—¿Cómo que «buscamos»?
—Es lo que he dicho. —Señaló la puerta—. ¿Vamos? Vives lo bastante cerca del sitio al que vamos para ir andando, lo cual es una ventaja, porque así podremos beber.
Los nervios que creía haber dominado volvieron con más fuerza que nunca.
—¿Y cómo se supone que va esto? Repítemelo.
—Tranquilízate, reina de la ansiedad —bromeó—. Es una cena, nada más. Vas a conocer a cuatro autores que viven en la zona. Todos tienen una carrera muy consolidada. Además son amigos y quedan fuera del trabajo. Eso es algo que necesitas desesperadamente.
Ignoré la pulla.
—¿Quiénes son?
—Eh… Hayley Clifton, Nathan Cooper, Bree James y Brody Bates. ¿Te suena alguno de esos nombres?
—Dos —confirmé—. Ah, bueno, en realidad tres. Bree James escribe romance paranormal. Es bastante conocida.
—Lo es —confirmó Rose—. Te caerá bien. Es muy divertida. Hace poco obligó a la asociación de vecinos de The Landings a cambiar ciertas normas. Les declaró la guerra por el número de bebederos para pájaros que permiten en una misma propiedad.
Tuve que darle unas cuantas vueltas en la cabeza.
—No estoy segura de entenderlo.
Lo despachó con un gesto de la mano.
—A Bree le gusta ganar. Así acabó con Brody. Competían el uno con el otro y, sin darse cuenta, se mudaron al mismo sitio.
—Sí, su nombre me sonaba, pero solo porque su compromiso se hizo público hace poco. Fue muy sonado porque supuestamente se odiaban y luego decidieron que, en realidad, se querían.
—Sí, son un libro de enemigos a amantes en la vida real, y te garantizo que alguien va a hacer una película de su romance. —Rose asintió—. Pero has dicho que te sonaban tres nombres. ¿Hayley es el tercero?
Negué con la cabeza.
—En realidad, su nombre no me suena. Me suena el de Nathan. He leído muchos de sus libros.
—¿Ah, sí? —Rose abrió los ojos de par en par, sorprendida—. No sabía que leías terror.
—Me encanta el terror.
Era la verdad. Siempre me había encantado el terror… hasta que Preston me dijo que era una pérdida de tiempo. Entonces me obligué a empezar a leer literatura clásica y a ver series de prestigio como Succession, aunque en realidad no me interesaban.
—Bueno, pues esta noche estará allí.
Habría mentido si hubiera dicho que esa perspectiva no me emocionaba.
Poder sonsacarle ideas a Nathan, uno de los mejores escritores de terror del mundo, sería increíble.
Vale, no me gustaba todo lo que escribía —tenía una obsesión con meter bichos en sus libros, y eso me ponía los pelos de punta—, pero había hecho en el género del terror todo lo que yo quería hacer algún día. Era una gran oportunidad.
—¿Adónde vamos? —pregunté.
—Se llama Collins Quarter. Te va a encantar.