23. ¿A QUÉ SABEN LAS FLORES? #2
Igual que había hecho al salir de su floristería, el chico posó una mano sobre la espalda de Briana, con la consecuente corriente eléctrica que recorrió la espina dorsal de ella bajo el contacto de su piel.
Diego la condujo hacia las escaleras que llevaban al piso inferior. Briana descendió despacio, pues se detenía en cada peldaño a admirar los ramos de flores preservadas que decoraban la bajada.
—Qué bonito.
—Sigue, anda.
Cuando dobló en el último tramo de la escalera, Briana se quedó sin palabras al contemplar el espacio de trabajo del florista, que la miraba sonriente con un ramo en las manos. Cuando terminó de forrarlo con papel granate y anudar una cuerda de yute alrededor, se dirigió a ella y le dijo:
—Señorita, creo que esto es para usted.
El amable señor le tendió un ramo de flores preservadas repleto de contrastes y compuesto con una armonía que Briana no podía dejar de admirar.
—Espero que te gusten —intervino Diego con timidez—.
Si te soy sincero, no he hecho los deberes tan bien como tú con el chocolate y no tenía ni idea de cuáles eran tus flores favoritas porque soy un idiota y nunca me he atrevido a preguntártelo.
Les pedí consejo cuando hice la reserva y este artista ha hecho el resto.
Solo les dije una cosa: que hubiera violetas.
Cuando Briana pudo al fin alzar el rostro, sus ojos verdes, llenos de lágrimas, se posaron sobre los de él.
—Muchísimas gracias, Diego. No sabes cuánto significa esto para mí.
Cerró los ojos y la imagen de su abuela se pintó con claridad en su mente. Lo había logrado. Había cumplido el sueño que ambas habían compartido y, además, su camino se había cruzado con el de un pastelero increíble con ganas de hacerla feliz.
—Eucalipto, paniculata —enumeró Briana mientras las señalaba una a una para enseñarle a distinguir las plantas—, Limonium y Phalaris . Son preciosas, Diego, muchas gracias. Y a usted también, por supuesto. Hace un trabajo excepcional.
El hombre asintió con una sonrisa y se retiró para dejarles espacio. Había algo tan especial en ese instante que ni siquiera el florista se atrevió a interrumpirlo.
—Vamos. Todavía tengo más sorpresas —susurró Diego sin romper el hechizo que tejían las pupilas de Briana sobre las suyas.
—De acuerdo —respondió ella con la voz temblorosa por la emoción. Le parecía imposible que Diego pudiera superar todo lo que ya había vivido esa tarde junto a él.
Le dieron las gracias al florista y subieron a la planta principal del establecimiento, bastante concurrido a esa hora.
Pagaron a medias la merienda tras la insistencia de Briana y salieron de nuevo a esa fría noche de diciembre que se había convertido en la excusa perfecta para caminar agarrada del brazo de Diego.
—Hay casi una hora de camino. Si lo prefieres, podemos ir en bus o en metro —advirtió el pastelero mientras dirigían sus pasos hacia Cea Bermúdez.
—No, no te preocupes. Además, me encanta pasear de noche por la ciudad. Sobre todo en esta época del año.
Briana contemplaba las luces de Madrid, testigos de esa noche de cuento que estaba protagonizando junto a ese chico casi sacado de otro mundo.
—A mí también. Tiene algo que no es nada fácil de encontrar.
Por un segundo, Diego pensó en aclarar que no hablaba de la ciudad, darse la vuelta, colocar a la chica frente a él, besarla y perderse entre sus cabellos pelirrojos.
Pero no era el momento. Todavía no.
Recorrieron las calles con el paso tranquilo de quien sabe que, después de una larga espera, no hay ninguna prisa por llegar a alguna parte.
La noche, el espíritu navideño que inundaba a los transeúntes y los escaparates de las tiendas y restaurantes eran el telón de fondo perfecto para un paseo tan sencillo como único.
Briana no pudo evitar pensar de nuevo en Cecilia mientras daba vueltas a la aparente sencillez de ese instante.
Con la mirada en esas violetas preservadas que protagonizaban su ramo, recordó una vez más la valiosa enseñanza de su abuela sobre el verdadero oro de la vida. Cuánta razón tenía su abuela.
Alcanzaron la bulliciosa Castellana, que nunca dormía. El ir y venir de los coches se antojaba como un baile de luciérnagas coronado por las luces de Navidad.
Entre miradas fugaces, ni la florista ni el pastelero se atrevían a romper el silencio cómplice que compartían y que tanto contrastaba con el caminar apresurado de los que salían de hacer sus primeras compras navideñas, de los comerciantes agotados por la campaña más importante del año o de los jóvenes que acudían a todo correr al encuentro de sus amigos en esa noche de sábado.
Entre Diego y Briana solo existía la calma de quien ha esperado mucho tiempo y ha dejado que el destino, la vida, el universo o lo que sea haga su parte.
—Ya falta poco —susurró Diego a pocos centímetros de su oído mientras cruzaban la plaza de Colón.
Al ver que tomaban la calle Goya, Briana respondió:
—Pero, Diego..., ¿adónde me llevas? Esto es demasiado, de verdad...
—Shhh. —Esa vez fue él el que, tras detenerse frente a ella, le posó los dedos en los labios.
Se moría de ganas de besarla, pero resistió. Otra vez.
Briana guardó silencio, más por necesidad que por voluntad propia, pues apenas podía soportar los desbocados latidos de su corazón cada vez que él la rozaba sin capas de por medio.
Continuaron paseando y tomaron la calle Velázquez. Ninguno de los dos solía frecuentar aquella zona de la ciudad, pero ese día lo merecía todo. Todo.
—Es aquí.
Diego se detuvo en la puerta del restaurante Bel Mondo y la invitó a pasar.
—Gracias.
La fusión del espíritu italiano con una explosión de arte, color y vegetación los dejó sin palabras.
Un camarero los condujo hasta la mesa que les habían asignado, bajo una inmensa librería de obra que los hizo sentir como en casa.
Era como llevar consigo un pedacito de la cafetería que, poco a poco, los había conectado.
Todavía embelesados por los llamativos contrastes del local, se decidieron por compartir una pizza de trufa y todos los tipos de queso que sus sentidos pudieran imaginar, y los acompañaron de un vino espumoso con toques florales.
—Que nos perdonen los entendidos del vino, porque no tengo ni idea de si esto pega, pero tiene una pinta increíble —se sinceró Diego cuando el camarero se retiró.
—Seguro que es perfecto. —En aquel momento, los ojos de Briana brillaban como nunca—. Toda esta noche lo es, Diego. Has pensado en todo —añadió sin apartar la mirada de la librería.
—Lo he intentado, sí —reconoció el pastelero con una tímida sonrisa.
—Gracias.
—No hay de qué, Briana. Te lo mereces.
Minutos después, mientras disfrutaban de una deliciosa pizza y sus manos se cruzaban sin querer para coger la misma porción, ella comprendió lo que debían de sentir Golfo y Reina mientras compartían aquel plato de espaguetis en La dama y el vagabundo .
—¿Sabes que no pareces el mismo chico de cuando nos conocimos?
Diego tragó el vino con cierto temor.
—¿Eso es bueno o malo?
—Hace tiempo que no mido la vida de esa forma. Simplemente no pareces el mismo. —Briana hizo una pausa para dar un trago a su copa—. Todavía me acuerdo de la primera vez que te vi agazapado tras la barra peleándote con esas coberturas tuyas. Tuve que aguantarme la risa.
—Qué mala eres. Un día te dejo que pruebes, a ver si consigues que quede perfecta, chica de las flores.
—¿Chica de las flores? —Briana lo miró divertida y dio un bocado a su porción.
—Llevo llamándote así en mi cabeza desde que entraste por aquella puerta con el pelo tan revuelto como la vida y pétalos de flores desperdigados por el moño.
—Seguro que iba guapísima —ironizó ella.
—Estabas adorable.
La florista puso los ojos en blanco e intentó imaginar el aspecto que debía de tener aquellas primeras semanas, en las que todo se le hacía un mundo: la contabilidad, los proveedores, el control de las flores que había en la tienda, la falta de clientes, de dinero, de confianza...
—¿Y ahora? Has dicho que he cambiado mucho. —Diego volvió a reconducir la conversación.
—Ahora ya no pareces un leñador huraño arrancado de su bosque. —Se echó a reír cuando él la miró con los ojos como platos.
—¿Me estás insultando, chica de las flores? ¿Leñador huraño arrancado del bosque? —Le lanzó la servilleta para picarla—. A ver, continúa, que esto mejora por minutos.
—Ahora eres..., eres calma en medio del caos, apoyo en momentos complicados, abrazos cuando más los he necesitado, amigo, familia y... hogar. —Al pronunciar la última palabra, Briana hizo un esfuerzo hercúleo por mantenerle la mirada.
—Vaya, pues sí que he cambiado, sí... —Diego, muerto de vergüenza, se concentró en los distintos tonos de verde de los iris de la florista.
—¿Qué estás mirando? —lo regañó ella.
—Estás preciosa, Briana. Perdona que te lo diga tantas veces, pero ya me he escondido demasiado tiempo en ese bosque mío del que hablas.
Ella se limitó a sostenerle la mirada y sonreír divertida antes de echar un vistazo a la carta de postres.
—Oh, «Te queso mucho» —leyó—. Está decidido, ¿no? Nunca es demasiado queso.
—Nunca es demasiado queso —confirmó el pastelero.
Compartieron una porción. La pelea de cucharas para llevarse el pedazo de tarta más grande no era más que una excusa para rozarse los dedos y sentir el calor de la piel del otro.
En el restaurante, sonaba en ese momento Destino o casualidad , de Melendi.
Quizá el universo también estuviera conspirando para abrazarlos a ellos. ..
Al salir de nuevo a la calle Velázquez, los recibió un frío con olor a Navidad, fin de semana y sueños cumplidos.
Sin embargo, Briana seguía prefiriendo mil veces el perfume de ese pastelero con pinta de leñador y alma de bosque que acababa de regalarle una de las mejores veladas de su vida.
Y él, por encima de cualquier tarta de zanahoria con cobertura perfecta incluida, siempre preferiría, con diferencia, el aroma de las flores, de sus flores.
Y allí, mientras esperaban a que el semáforo cambiase a verde para cruzar la calle, en medio del trasiego de esa ciudad que jamás habían visto dormir, Diego decidió que había llegado el momento.
—¿Sabes una cosa? —le preguntó a Briana.
—Dime.
—Desde que te conocí, no he dejado de preguntarme algo.
Ella lo miró con los ojos brillantes y la sonrisa cargada de algo para lo que no encontraba palabras.
—¿El qué? —se atrevió a preguntar sin apenas contener los latidos de su corazón.
—A qué saben las flores.
En ese momento, Diego se atrevió a posar una mano en la parte baja de la espalda de su ninfa y a apartarle con la otra un mechón pelirrojo del rostro.
—¿Y has encontrado la respuesta? —tartamudeó Briana.
—Estoy a punto de hacerlo.
Sin aguardar una réplica ni pedir un innecesario permiso, se acercó poco a poco al rostro de la florista con la mirada fija en sus labios.
Por un instante, le pareció oír los latidos apresurados del corazón de Briana, que temía desmayarse si él retiraba las manos de su cintura.
Por suerte, no tenía ninguna intención de hacerlo.
El semáforo ya había cambiado a verde, pero daba igual. Ya todo daba igual.
Solo importaba que esa noche de diciembre, pasadas ya las doce, la carroza no se había convertido en calabaza, Briana no había perdido un zapato y el príncipe azul acababa de unir los labios a los suyos en un beso que sabía a bosque, a flores, a tarta de zanahoria, a violetas, a ilusión y al final feliz que nunca creyó posible para ella.
Y lo mejor de todo era que no había hecho más que empezar.