El café de las almas perdidas 23. ¿A QUÉ SABEN LAS FLORES?
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23. ¿A QUÉ SABEN LAS FLORES?

¿A QUÉ SABEN LAS FLORES?

La tarde del sábado, Diego cruzó el umbral de Un Ramito de Violetas con una caja de bombones en la mano.

—Hola, Briana.

—Diego...

La joven se quedó de piedra al verlo sin una de sus inseparables camisas de franela.

Bajo un abrigo de cuello alto que le daba un aire de lo más cautivador, llevaba un jersey de ochos en color crudo, entallado, y unos pantalones de pana en color cámel que marcaban la silueta de sus piernas atléticas.

Eso sí, nada ni nadie le arrancaría jamás sus botas de leñador. Había que mantener el estatus.

—Estás preciosa.

Mientras Briana admiraba al pastelero, él no había apartado ni un instante los ojos de su conjunto.

Unos pantalones de pinza, holgados por la parte inferior y entallados en la zona alta de la cintura, enmarcaban a la perfección la camiseta negra de encaje que la florista se había puesto bajo el cárdigan.

—Gracias, Diego. Tú, tú... —Tomó aire para articular dos palabras seguidas—. Estás muy guapo, Diego.

—Gracias —respondió él con una sonrisa y los ojos brillantes—. ¿Lista?

—Sí, dame un segundo que apago las luces y cierro.

—Claro, te espero fuera.

Mientras Diego caminaba hacia la calle, Briana tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para apartar la vista de él, de sus hombros firmes y seguros, del pelo ligeramente alborotado por la brisa nocturna y de ese caminar tan suyo.

«Céntrate, Briana, céntrate».

Tras asegurarse veintisiete veces de que todo estaba en orden y de que podía irse tranquila al fin del mundo con el chico más increíble que había conocido, echó el cierre al local.

—Pues ya está. Podemos irnos. Por cierto, no me has dicho adónde vamos tan temprano. No son ni las siete.

Diego sonrió travieso y posó una mano en la espalda de la joven, que se estremeció con el contacto de su piel, pese a las capas que los separaban.

Aún sin responder, el muchacho comenzó a caminar sin dejar de mirar su larga melena pelirroja, recogida en un moño alto y desenfadado por el que asomaban mechones ondulados rebeldes.

—Es una sorpresa —concedió al fin—. Ven por aquí.

La llevó hasta el paso de peatones más próximo, y, al cruzar la calle, le hizo señas a un Uber que había estacionado en doble fila. Lo tenía todo planeado.

—Adelante. —Diego abrió la puerta del típico vehículo negro que en muy pocas ocasiones se daba el placer de reservar.

—Gracias.

Ella, con la voz tan temblorosa como las piernas, entró en el Toyota. El joven cerró la puerta despacio, rodeó el coche y accedió por el otro lado al asiento contiguo al de su ninfa de las flores.

—Buenas tardes —saludó al conductor al entrar.

—Buenas tardes. ¿La dirección es calle...?

—No lo diga en alto, por favor. Es una sorpresa —lo interrumpió Diego—. Tú no mires —le pidió a Briana antes de asomarse a la pantalla del vehículo para comprobar con el conductor que no acabarían en la punta opuesta de la capital por equivocación.

—Cuánto misterio. Espero que no tengas pensado secuestrarme —bromeó ella, bastante más nerviosa en ese momento, al compartir el oxígeno con el pastelero en un espacio tan reducido.

Técnicamente, también lo compartía con el conductor, pero ese pobre hombre, por amable que pareciera, quedaba fuera de la ecuación.

—Vaya, me has pillado —respondió Diego muy tranquilo.

Ella se limitó a sonreír, cerró los ojos un instante e intentó creer que todo aquello estaba sucediendo de verdad.

Que era cierto que iba en la carroza de Cenicienta con el príncipe de camino al fin del mundo y que a las doce no se convertiría en calabaza —la carroza, no ella, aunque esperaba que eso tampoco sucediera—.

También inspiró el aroma de Diego, mezcla de especias, bosque húmedo tras una tormenta, mantequilla y hogar.

¿Es que ese chico siempre olía igual de bien? Desde luego, podría acostumbrarse.

—Por cierto, esto es para ti. Estaba tan ocupado admirándote que se me ha olvidado por completo que lo llevaba en la mano.

Diego le tendió la cajita de bombones. Ella desató con cuidado el lazo, abrió el estuche y escogió uno al azar. En silencio, dejó que el chocolate se fundiera en su boca y la explosión del sabor de la naranja hiciera su magia.

—Delicioso —susurró al terminárselo—. Cierra los ojos.

—¿Qué vas a hacer?

—Es una sorpresa —lo imitó Briana.

—Qué mala eres.

Pero obedeció. ¿Cómo no iba a hacerlo?

Antes de darse cuenta, los dedos de la florista rozaron sus labios. Tras el estremecimiento que contrajo todos y cada uno de los músculos de su cuerpo, abrió despacio la boca en cuanto notó el tacto del chocolate. Briana había escogido uno de trufa, el favorito de Diego.

—¿Cómo lo sabías? —preguntó él cuando terminó su pequeño placer y abrió los ojos de nuevo.

—Te oí comentarlo un día con tu madre. —Briana se ruborizó al admitirlo—. Te prometo que no soy una psicópata, ¿eh? Pero, en fin, yo estaba ahí, en la barra, y vosotros hablabais alto y...

La risa de Diego interrumpió su verborrea.

—Anda, calla. —Y le dio un beso en la mejilla que, por supuesto, la silenció durante el resto del trayecto, que hizo con unos pómulos casi tan rojos como su pelo.

—Hemos llegado —anunció el conductor del Uber tras veinte minutos.

Le dieron las gracias, se enfundaron los abrigos antes de salir a las frías calles de la ciudad y Diego se apresuró a bajar primero para abrirle la puerta a su ninfa.

—No hacía falta que... —protestó ella sonriente.

—Anda, calla —volvió a responder él.

Al bajar del coche, Briana intentó ubicarse. El taxi los había dejado en el cruce del paseo de San Francisco de Sales con Guzmán el Bueno, pero nunca había recorrido a fondo aquella zona de Madrid, así que no se le ocurría cuál podía ser la sorpresa.

—Vamos. —Diego le ofreció el brazo, que ella no dudó en tomar, aunque no sabía muy bien si por las ganas que tenía de estar en contacto con su cuerpo o porque sus piernas volvían a temblar más de lo conveniente—. Pues hemos llegado.

Apenas habían cruzado la calle cuando el pastelero se detuvo frente a un local decorado con flores, un enorme ventanal de madera con cuarterones y una iluminación que le daba un aspecto de otra época, de otro mundo.

—Salon des Fleurs —leyó Briana mientras admiraba la fachada—. Es precioso, Diego. Pero no entiendo lo de las flores. ¿No es un salón de té?

—Ahora lo verás.

El joven abrió la puerta del local y le dio sus datos a la camarera, que los condujo a la mesa que Diego había reservado con antelación, bajo la escalera de caracol que conducía al piso superior.

De camino a la mesa, Briana se quedó embelesada con el alma de aquel lugar. No tardó en darse cuenta de que, además de una tetería de cuento, era una floristería.

—Diego, esto es... Es que no tengo palabras. Es precioso.

Él la miró sin dejar de sonreír y se tranquilizó al comprobar que había dado en el clavo. Quería, sin palabras, decirle a Briana que las flores y los dulces podían ser una combinación excepcional.

—Me alegro de que te guste.

—¿Gustarme? Me encanta. Necesito mudarme aquí.

—Anda, antes de hacer las maletas, mírate la carta, que tienen unos tés espectaculares.

Briana le hizo caso, aunque era difícil concentrarse en los ingredientes de las infusiones cuando las vistas eran sencillamente maravillosas, y no solo por las jaulas llenas de flores que colgaban desde el altísimo techo o el mobiliario vintage que poblaba cada rincón, sino por el chico que ocupaba el asiento de delante.

—Creo que pediré té negro de flores de girasol —anunció unos minutos después.

—¿Y dormirás si te tomas un té a estas horas?

—No creo que duerma de todas formas —susurró sin pensar, aunque se le encendieron las mejillas cuando se dio cuenta de que lo había dicho en voz alta.

Diego se echó a reír en silencio sin dejar de mirarla ni de pensar en la suerte que tenía en ese instante.

—¿Qué os traigo, chicos? —preguntó la camarera al acercarse a su mesa.

—Yo tomaré el té negro de flores de girasol y tarta de zanahoria.

Diego lo pensó unos instantes antes de decidirse.

—Yo un capuchino descafeinado y la mousse de chocolate.

—Perfecto. Enseguida os lo traigo.

Minutos después se encontraban ante unas tazas humeantes y un par de platos irresistibles.

—Menuda pinta. —Briana tomó el primer bocado de tarta y cerró los ojos—. Esto está brutal, Diego.

Él la miró fingiendo estar enfadado.

—¿Estás desterrando mi tarta de zanahoria?

—No, la tuya es la mejor, pastelero —concedió ella con una mirada fugaz.

Estuvieron un rato conversando sobre los dulces, las deliciosas bebidas que habían escogido y cruzando tenedores de un lado a otro de la mesa con la excusa de darle a probar al otro un trocito de tarta y, de paso, acercarse un poco más.

—Oye, Diego. —Briana se puso seria de repente—. No sé cómo darte las gracias por lo que hiciste. Recomendarle mi negocio a Graciela Sorní puede cambiarlo todo.

Diego, que había pasado tantas tardes triste por no encontrar la forma de ayudar a su amiga, intentó quitarse mérito.

—Yo no he hecho nada, Briana. Si tu negocio no fuera increíble, ella habría buscado otra alternativa. La magia es toda tuya, florista.

—Sabes que no es cierto —insistió ella.

—¿El qué? ¿Que seas mágica? Créeme. Lo eres.

Briana se sintió el rostro tan caliente que apenas podía sostener la mirada ante aquellos ojos color caramelo que prometían bondad, esperanza y nuevos comienzos.

—Gracias, Diego, por todo —susurró al fin.

—De nada —respondió él con un hilo de voz—. Espérame un segundo, ¿vale?

—¿Adónde vas?

—Tú espera, impaciente.

Briana lo miró mientras este se dirigía a la barra, hablaba con la camarera y bajaba al piso inferior del local, que la joven todavía no había visto. Poco después, subió de nuevo y se acercó a ella.

—Ven conmigo.

—¿Adónde me llevas?

—¿Confías en mí?

—Por supuesto, Diego.

—Entonces vamos.