22. LAS LUCES DE MADRID #2
—¿Así de fácil?
—Así de fácil.
—Está bien. —Anabel quiso elegir la mejor de todas sus preguntas. Era la primera; debía ser especial—. La tengo. ¿Cuál es tu rincón favorito del Retiro?
—Qué fácil me lo has puesto. —Antonio sonrió y se hizo de rogar unos instantes para envolver el momento en un misticismo mágico—.
La Rosaleda. Me gusta sentarme en uno de los bancos de piedra, contemplar la fuente y concentrarme en el sonido del agua mientras me imagino infinidad de historias —confesó con los ojos cerrados mientras bordeaban el Bosque del Recuerdo.
—Eres un romántico. —Anabel le dio un codazo cariñoso que le hizo abrir los ojos y sonreír hasta con la mirada—. Pero te pega. A mí también me encanta ese sitio.
—Me gustaría mucho pasear contigo por allí en primavera.
Que el cartero tuviera tan claro que meses después seguiría anhelando caminar con ella entre la magia de las rosas hizo revolotear un millón de mariposas en su interior.
—A mí también —logró susurrar.
—¿Y el tuyo? ¿Cuál es tu lugar favorito del parque?
—La cascada del estanque del Palacio de Cristal. Me encanta escucharla.
—Qué coincidencia.
Anabel lo miró curiosa y preguntó:
—¿El qué?
—Ambos hemos elegido lugares con el agua como protagonista.
Anabel lució su preciosa sonrisa al tiempo que asentía.
—Hay algo mágico en ella.
—Sí que lo hay.
Pero Antonio, que la miraba embelesado en ese instante, no se refería al agua cuando pronunció esas palabras.
Hicieron el resto del camino en un silencio hipnótico y cargado de emociones que se dejaban entrever cada vez que estrechaban un poco más sus cuerpos mientras caminaban, o en los cruces de miradas, las sonrisas tímidas y la magia de volver a sentirse jóvenes.
Al llegar al Jardín del Parterre, Antonio la guio hacia la puerta de Felipe IV con suavidad.
—Por aquí. Ya casi hemos llegado.
Anabel era incapaz de dejar de sonreír. ¿Acaso podía mejorar la tarde después de ese paseo que le había recordado que esa parte de su interior que creía muerta estaba más viva que nunca?
—¿Adónde me lleva, señor cartero? —bromeó, aunque la sola idea de dirigirse a cualquier parte agarrada de su brazo era lo más cercano al paraíso que podía imaginar.
—Ahora lo verás, pastelera impaciente.
Minutos después, se detuvieron ante la entrada de Sucre, un precioso salón de té que Antonio visitaba de vez en cuando.
—¡Es precioso, Antonio! —exclamó Anabel frente a la enorme cristalera que presidía la fachada del local—. Y, por lo que veo, te representa bastante.
La mujer señaló la pizarra que había en la entrada, en la que se leía: « Procafeinar : posponer una decisión o la ejecución de una tarea hasta no haber tomado café».
—Qué mala eres —la regañó él con la boca pequeña y el corazón a punto de estallar—. Pasa, anda. —La invitó a entrar al local con un gesto de ese brazo que, tras el largo paseo, había quedado libre.
—Gracias.
El local olía a café, a sueños cumplidos, a esperanza y a bizcocho recién hecho.
Anabel se quedó embelesada con el mobiliario vintage que poblaba cada rinconcito de aquel pintoresco salón.
Las mesas y las sillas, todas desiguales, daban un aire único a cada esquina.
Las paredes, vestidas de arte, libros y vajillas antiguas, invitaban a pasar la vida entera en aquel escenario de cuento.
Tomaron asiento en la mesa que Antonio había reservado para la ocasión, y, tras estudiar con detalle la extensa carta de tés, Anabel por fin se decidió.
—Yo tomaré el té negro de crema de caramelo y un poco de tarta de queso.
—Para mí brownie y un descafeinado, por favor. Con leche caliente —añadió Antonio cuando les tomaron nota.
De nuevo a solas, sentados uno frente al otro, se miraron a los ojos sin ningún tipo de pudor por primera vez en toda la tarde.
—Gracias —susurró Anabel con los ojos húmedos.
—¿Por qué? —Antonio, conmovido por esas lágrimas que amenazaban con rodar por las mejillas de la pastelera, le tomó la mano con delicadeza. Sus dedos, cálidos, rugosos y firmes, parecían encajar a la perfección con la suave piel de Anabel.
—Por todo, Antonio.
—Gracias a ti, preciosa.
El cartero, por instinto, apretó un poco más la mano de esa mujer tan especial que había aparecido en su camino para recordarle lo que significaba estar vivo.
El momento se vio interrumpido por la joven camarera, que dejó la bandeja sobre la mesa.
—Qué bien huele. Gracias. —Anabel sabía apreciar un buen servicio, tal y como a ella le gustaba ofrecer.
—A vosotros. Que aproveche.
Mientras daban buena cuenta de aquellos manjares y Anabel inspiraba con los ojos cerrados el toque de caramelo de su taza de té, Antonio retomó la conversación:
—Bueno, habíamos quedado en que ibas a hacerme ese millón de preguntas.
Ella sonrió, tragó el sorbo de té y se limpió los labios con la servilleta con tal delicadeza involuntaria que Antonio se sintió enloquecer. Aquella ignorancia de Anabel por su propia belleza la hacía especial.
—No sabría por dónde empezar. Cada vez que pienso en aquella carta me muero de vergüenza. —Sus mejillas se encargaron de dar fe de ese sentimiento.
—Vale, te lo pondré fácil. —Antonio se irguió en el asiento y sonrió travieso—.
A una isla desierta me llevaría papel y boli, un buen libro y a una pastelera que me vuelve loco.
Antes de dormir pienso en las personas, en las vidas, en Sofía y en lo bien que le habrías caído.
Prefiero ventanilla, siempre, para no perder detalle e imaginar cientos de historias.
Me da igual el lado de la cama si tengo a mi lado a la persona que me hace feliz, y al despertar sueño con vivir todas las historias que tengo ahora mismo en la cabeza.
Se me da fatal bailar y cocinar, en ese orden.
Mi mayor miedo es morir solo. Todavía no he leído mi libro favorito, pero, si tengo que elegir, me quedo con Los buscadores de conchas .
Soy de perro y, por supuesto, de alargar los domingos entre las sábanas.
Anabel ya no pudo resistir más las lágrimas, que resbalaron libres por su delicado rostro.
—¿Te la aprendiste de memoria?
—Un buen cartero tiene sus recursos.
Le guiñó un ojo, y por un instante volvió a tener veinte años. Quizá, en el fondo, nunca había dejado de tenerlos, solo que necesitaba que se lo recordasen.
Anabel no sabía si reír, seguir llorando o lanzarse a sus brazos. Pero pensó que cada cosa a su debido tiempo.
—Me dejas sin palabras, Antonio.
—Pues ahora me toca a mí. —Se cruzó de brazos sobre la mesa y clavó sus ojos grises sobre los de Anabel—. Quiero saber cuál es tu película favorita, si hay alguna receta que se te resista y cómo puedes ser tan increíblemente guapa y no darte ni cuenta.
La mujer tuvo que hacer un gran esfuerzo para no atragantarse con el último bocado de tarta cuando escuchó el halago de su atrevido cartero.
—Pues... —tartamudeó colorada—. Mi película favorita es Notting Hill , jamás he sabido coger el tranquillo a las rosquillas y... Para lo último no tengo respuesta, y me da muchísima vergüenza.
Antonio, que no había despegado la mirada de ella ni un instante, le sonrió con los latidos desbocados. Guardó silencio unos minutos, tal vez, por temor a romper la magia invisible que latía entre ellos.
—¿Pedimos la cuenta? —susurró al fin.
—Claro.
Minutos después, abandonaron el establecimiento con las manos tan temblorosas como las mariposas que recorrían las entrañas de ambos.
Caminaron hasta el paseo del Prado y regresaron en dirección a Atocha bajo las luces de Navidad.
A medida que avanzaban, sus dedos fueron acercándose cada vez más, hasta que se atrevieron a enredarse, y el contraste cálido de la piel con el frío que había caído en la noche de Madrid los envolvió en un deseo que llevaba demasiado tiempo reprimido.
Mientras un artista callejero versionaba Imaginando , de Sergio Dalma, Anabel y Antonio se detuvieron en mitad del paseo, sin importarles absolutamente nada ni nadie, y se volvieron despacio hasta quedar frente a frente.
El cartero sonrió y buscó con la mirada los ojos de la repostera mientras le retiraba de la cara un mechón de pelo que había escapado de su trenza.
Ella, presa de una sensación que hacía más de veinticinco años que yacía aletargada en el fondo de su ser, dejó escapar un pequeño suspiro cuando los dedos del cartero acariciaron su rostro y viajaron hasta su barbilla.
—Antonio... —susurró.
—Shhh. —El cartero posó un dedo sobre los labios de Anabel y no pudo resistirlo más.
Se fundieron en un beso lento, adulto y joven al mismo tiempo, si es que aquello tenía sentido, y, por supuesto, digno de todas las historias que Antonio imaginaba y que Anabel curaba con sus recetas.
Él jadeó cuando las manos de la pastelera viajaron hasta su nuca y le acariciaron el pelo grisáceo. Antonio posó las suyas sobre las caderas cálidas de Anabel y deseó que aquel instante fuera eterno.
Y, en el fondo, de algún modo, así sería.