El café de las almas perdidas 22. LAS LUCES DE MADRID
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22. LAS LUCES DE MADRID

LAS LUCES DE MADRID

Cinco días después, a Antonio todavía le temblaban las manos al pensar en aquella carta.

¿Que si se había fijado en Anabel, en su mirada dulce y su sonrisa capaz de sembrar paz en mitad del caos más absoluto?

¿Que si alguna vez se había planteado al menos una de las preguntas que ella confesaba en su carta?

¿Que si se había descubierto pensando en ella antes de dormir?

Digamos que sí, que puede que un poquito.

Pero le atormentaba la idea de alejarse de Sofía, de su recuerdo, de las noches compartidas y los momentos vividos, de su olor, de su mirada de mar.

La sola idea de sustituirla de algún modo lo había frenado durante mucho tiempo, cada vez que se descubría pensando en una mujer que no fuera ella.

Tal vez por eso necesitó un par de días para meditar el siguiente paso, para visitar el cementerio, charlar y pedirle consejo al silencio.

Solo cuando un remolino de hojas se movió junto a él en señal de respuesta, se atrevió a dejarla descansar, a amarla desde otro plano y a seguir con la locura más bonita que solo algunos llamaban vida .

«¿Tú qué harías?», fue su pregunta. Y aquel remolino, casualidad o no, la respuesta.

Pero Sofía creía. Y él quiso creer también.

En el viento, en las señales, en el milagro de la existencia, en el amor, en ella.

La mañana del miércoles llegó a la oficina de Correos hecho un flan, media hora antes de que empezara su turno, cargado con una bolsa llena de ropa.

—Buenos días, Carmen.

La mujer levantó la vista del ordenador y lo miró por encima de las gafas antes de consultar la hora.

—¿Antonio? ¿Qué haces aquí tan temprano? ¿Va todo bien?

El cartero respiraba agitado, todavía en la entrada de la oficina, que no había abierto siquiera al público.

—Sí... No... No sé, Carmen, pero necesito tu ayuda.

El hombre plantó la bolsa sobre el escritorio de su compañera, que echó un vistazo al contenido y se echó a reír cuando entendió lo que le sucedía.

—No te rías, Carmen. La última vez que me vestí para una cita no existían ni los teléfonos móviles.

Carmen apenas podía ocultar la sonrisa. Ver a Antonio tan nervioso por su cita con Anabel era la mejor de las noticias. Todavía no conocía a esa mujer, pero, si le había robado el corazón a su cartero favorito, debía de ser mágica.

—A ver, hombre, no te pongas nervioso.

—Ya es un poco tarde para eso...

Se sentó en la silla giratoria de su jefa y se llevó las manos al rostro mientras ella examinaba la ropa de la bolsa.

—Vaya, vaya con el cartero... —Carmen jugó en el aire con una de las camisas que Antonio había incluido entre las prendas.

—¿Es demasiado?

—Es perfecta, Antonio. Irás hecho un pincel. Esa pastelera tuya caerá rendida en cuanto te vea.

Carmen probó la camisa sobre varios pantalones y se decantó por unos grises, que darían a su amigo un toque de elegancia ideal junto con el jersey que escogió para terminar el conjunto.

—¿Qué te parece? —le preguntó a Antonio tras disponer las tres piezas juntas sobre la mesa.

El cartero, que siempre había pedido consejo a Sofía cuando debía vestirse para las ocasiones especiales, sonrió a su amiga con los ojos húmedos.

—Muchas gracias, Carmen. Por todo.

—Yo no he hecho nada, Antonio.

Ambos sabían que no era cierto, que ella había sido su amiga y confidente durante muchos años y que, en gran medida, había dado a Antonio el empujoncito que necesitaba para pasar página y dejar atrás esa soledad autoimpuesta.

Esa misma tarde de miércoles, el cartero se miraba al espejo con los últimos rayos del sol como testigos y un brillo de esperanza en la mirada.

Había quedado en recoger a Anabel a las seis en la cafetería y se sentía como un adolescente.

Temblaba de la cabeza a los pies y no dejaba de preguntarse si le gustaría la colonia que se había puesto, si el abrigo combinaba con el conjunto que le había preparado Carmen y si lograría sorprender a la pastelera con el sitio que había elegido para merendar.

Pero, sobre todo, se preguntaba si ella estaría tan nerviosa como él.

A esa misma hora, Anabel atendía a los últimos clientes de su turno, que ese día terminaba muy pronto para lo que era habitual en ella.

Diego se había ofrecido a hacerse cargo de todo el resto de la tarde.

Era la primera vez en años que su madre tenía una cita, y ese cartero sacado de otra época le caía bien.

Quería verla feliz, y no se le ocurría ningún hombre más acertado que él.

—¿Seguro que puedes con todo? Si no, le digo a Antonio que quedamos más tarde sin problema.

Diego arqueó las cejas ante la pregunta de su madre, que en esos momentos se le antojó tan delicada como las dichosas coberturas de las tartas.

—Mamá, todo irá bien. Relájate y disfruta, que te lo mereces. ¿Lo tienes todo listo? ¿Te ayudo con algo?

—No, creo que está todo. ¿Voy bien así?

Bajo el delantal, Anabel lucía un vestido de punto en color cámel y se había recogido el cabello en una trenza de raíz. Diego la contempló con una sonrisa cargada de amor.

—Estás preciosa, mamá.

Anabel se ruborizó y apartó la mirada. Se sentía igual que cuando era joven y se arreglaba para sus primeras citas con Alejandro. Había pasado toda una vida desde entonces.

—Ay, hijo, si tu padre viera todo lo que has conseguido... —susurró melancólica.

—Estoy seguro de que de algún modo lo hace. Igual que ahora mismo se quedaría embobado con lo guapa que estás. Y también estoy seguro de que querría que continuaras con tu vida e hicieras un hueco en tu corazón para otro hombre bueno, como ese de ahí fuera.

El rostro de Anabel pasó del rojo al blanco en cuestión de segundos.

—¿Qué? ¿Ya ha llegado?

—Tranquila, aún no ha cruzado ni la puerta y te va a dar algo. Todo irá bien. Con esa carta, lo tienes en el bote. —Travieso, le guiñó un ojo a su madre.

—Calla, que cada vez que lo pienso...

En ese momento, se abrió la puerta de la cafetería y un elegante Antonio caminó hacia la barra, tembloroso pero decidido.

—Buenas tardes, Anabel. —La contempló embelesado un instante antes de dirigirse al joven—. ¿Qué hay, Diego?

Como su madre había enmudecido, el chico se hizo cargo de la respuesta:

—Todo bien, Antonio. ¿Y tú? ¿Listo para cometer locuras con mi madre?

—¡Diego! —le reprochó Anabel, cada vez más colorada.

Antonio no pudo reprimir la risa ante el comentario del joven. Atraída por esa melodía, lo miró a los ojos por primera vez desde que había entrado.

—Hola —le dijo al fin.

—Hola —respondió él—. ¿Estás lista? Preciosa, ya veo que sí.

Cuando Anabel se volvió muerta de vergüenza para quitarse el delantal, Diego le mostró al cartero el pulgar en señal de aprobación.

—Bueno, hijo, pues me marcho. Si necesitas algo, llámame.

—Que sí, mamá. —Diego arrastró las vocales de cada palabra, a medio camino entre la risa y las ganas de darle un empujoncito a su madre para que se fuera con ese hombre bueno que se moría por hacerla feliz—. Pasadlo bien, haced alguna locura y no volváis temprano. Eso sí, cuídamela bien, Antonio.

—Descuida, muchacho —respondió con firmeza el cartero al tiempo que le ofrecía su brazo a Anabel.

Ella, con una sonrisa, se despidió de su hijo y tomó el brazo de Antonio, temerosa pero dispuesta a perderse junto a él por las calles de Madrid.

Salieron de la cafetería con la complicidad de dos viejos amigos y las mariposas de dos adolescentes enamorados.

—¿Adónde me llevas?

—Es una sorpresa.

Anabel se apartó unos centímetros de él, los necesarios para mirarlo a la cara y sonreír. Y aquel gesto se coló en el corazón adormecido del cartero como los rayos de sol en una mañana de primavera, cálidos e inesperados.

Cuando llegaron a la estación de Atocha, ya había oscurecido por completo y la noche vistió de gala la ciudad, iluminada por el espíritu navideño que empezaba a colarse por cada rincón y el baile de estrellas que conformaban los faros de los coches.

—¿Te apetece dar un paseo por El Retiro antes de ir a merendar? —La voz de Antonio sonaba serena, cálida y dulce.

—Claro, me encantaría. —Anabel se aferró con más fuerza al brazo de su cartero favorito y se sorprendió de lo bien que encajaba en él.

Diego tenía razón: Antonio se moría por hacerla feliz. Pero no se daba cuenta de que ya lo hacía. Desde el instante en que entró por primera vez en la cafetería y pidió consejo a Anabel. Ella le recomendó un café vienés y un sándwich mixto, y él se había mantenido fiel desde entonces.

—¿Te he dicho ya que estás preciosa? Esa trenza te queda espectacular.

Anabel miró al suelo sonrojada, pero hizo un esfuerzo por levantar el rostro y fijar sus ojos en los del cartero.

—Gracias. Tú también estás muy guapo.

Y olía de maravilla, pero le pareció todo un atrevimiento confesarlo en voz alta, así que se guardó para ella misma las sensaciones que le evocaba ese perfume amaderado con notas cítricas.

Con la ilusión centelleando en las pupilas, caminaron por la cuesta de Moyano, donde los libreros todavía mantenían las casetas abiertas a la espera de que algún lector despistado hiciera compras de última hora.

Pero ellos, en aquel instante, estaban protagonizando su propia historia, esa que habían creído adormecida antes de tiempo, que habían dejado a un lado por temor a un pasado que no volvería y a un futuro que nadie podía adivinar.

Al fin habían roto el cascarón de los miedos y allí estaban, disfrutando de un presente perfecto bajo las luces de Madrid.

Accedieron al parque por la puerta del Ángel Caído y, sin prisa, caminaron bajo las sombras danzarinas que las farolas producían sobre los árboles.

Corría una brisa suave pese a estar en diciembre, aunque lo suficientemente fresca como para que Anabel pudiera excusarse en el frío para arrimarse un poquito más al cuerpo cálido de Antonio mientras caminaba a su lado.

—Bueno, ahora que puedes hacerme todas esas preguntas, ¿por cuál quieres empezar? —se aventuró él.