El café de las almas perdidas 21. EL MILAGRO #2
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21. EL MILAGRO #2

La pelirroja respondió algo sorprendida:

—Soy yo.

Solo entonces la chica se retiró la bufanda del rostro, que quedó al descubierto frente a la pelirroja.

—Encantada, Briana. Verás, soy...

—¿Graciela Sorní?

Briana tuvo que apoyarse en el mostrador para no caerse del susto. ¿Qué hacía la influencer del momento en su tienda y, sobre todo, cómo sabía quién era ella?

—Así es —respondió Graciela—. He estado echando un vistazo a tu cuenta de Instagram y la verdad es que necesito a alguien que se encargue de las flores en mi boda. Creo que tu estilo y la esencia de Un Ramito de Violetas encajan a la perfección con lo que estoy buscando.

La mente de Briana empezó a trabajar a toda velocidad. Era imposible que la publicidad de Instagram hubiera funcionado tan bien como para despertar semejante interés en Graciela Sorní. Sin que la viera, intentó pellizcarse para comprobar si estaba soñando. Al sentir el escozor, reaccionó.

—Perdona, Graciela —rompió por fin su silencio—. Madre mía, es que... ¿De verdad quieres que me encargue de las flores de tu boda?

—Si es posible, me gustaría mucho.

La sonrisa de la futura novia no solo inundó su rostro, sino el local entero, donde los rayos de sol se habían colado de la forma más inesperada para la florista.

—Será todo un honor —logró tartamudear Briana.

Graciela sonrió ilusionada, sin dejar de mirar cada rincón de la floristería. Diego no había exagerado; aquel lugar era tan mágico como su dueña.

—Dime, Briana, ¿de dónde te viene la pasión por las flores? Se nota que este refugio significa mucho para ti.

La pelirroja suspiró antes de responder:

—De mi abuela Cecilia. Ella me enseñó todo lo que sé sobre plantas y flores. Las familias, las épocas de floración de cada una, los climas ideales para ellas... Sus favoritas eran las violetas.

Bajo el abrigo, la piel de Graciela se erizó al escuchar a la joven y comprender el origen del nombre de la tienda. Tampoco se le escapó que la florista hablaba en pasado de su abuela.

—Qué historia tan bonita, Briana. Estoy segura de que allá donde esté se sentirá muy orgullosa de lo que has creado en este rincón de la ciudad.

Briana sonrió nostálgica y recondujo la conversación para evitar que las lágrimas le inundasen los ojos.

—¿Te parece si me envías tus ideas, preparo material y nos reunimos en un par de días para ir concretando detalles?

—Sería fantástico, Briana.

—Genial. Te apunto mi teléfono entonces.

—No es necesario. Ya me lo ha facilitado Diego.

Briana se quedó petrificada tras el mostrador, que, por suerte, no había soltado del todo.

—¿Cómo?

—Diego, el chico de la cafetería de aquí al lado.

Él se encargará de la tarta, y fue el que me dio tus señas.

Me enseñó fotos de tu trabajo y, la verdad, tus ramos transmiten justo lo que busco.

Si no hubiera sido por él, jamás hubiera dado contigo.

Si todo sale tan bien como imagino, no me cansaré de recomendarte por las redes. Haces verdadera magia con las flores.

—Gra... Gracias —fue cuanto la pelirroja pudo decir mientras procesaba el giro que todo aquello suponía para su negocio.

—Bueno, tengo que irme. Ha sido un placer, Briana. Te enviaré mis ideas y, cuando tengas un hueco, me llamas para reunirnos y empezar a trabajar juntas, ¿vale?

—Por supuesto, Graciela. Lo estoy deseando. Y gracias a ti.

Cuando la influencer salió de la tienda, Briana todavía no se había soltado del mostrador. Tardó casi cinco minutos en reaccionar y empezar a saltar.

Y a gritar.

Y a reír.

Y a bailar.

Los pétalos de las flores parecieron resucitar cuando la música de su risa los alcanzó como un sirimiri inesperado.

La joven rescató su bolso, olvidado al fondo del local bajo otra montaña de papeles que, en ese instante, eran la menor de sus preocupaciones.

Guardó en su interior el teléfono a toda prisa, se enfundó el abrigo y, dispuesta a echar a correr hacia El Refugio de Anabel, abrió la puerta de la floristería con la melena pelirroja recogida en su habitual moño a medio peinar.

Pero al cruzar el umbral se topó de bruces con Diego.

—Diego.

—Briana. —El pastelero parecía sorprendido de encontrarla, pese a que había ido a parar a la puerta de su negocio—. Escucha, tengo algo que decirte.

—Yo también.

—Ah, ¿sí? —Diego había ido hasta allí hecho un manojo de nervios—. Tú primero entonces.

Briana no acertó ni siquiera a invitarlo a pasar, y le dio la noticia en mitad de la calle:

—Ha estado aquí. —El gesto de contradicción de Diego la invitó a explicarse con más detalle—. Graciela Sorní. Ha venido a mi floristería, me ha contado lo de la boda, y lo de la tarta, y lo de las flores, y... Dios mío, Diego. Gracias, gracias, gracias. Te debo una. Una muy grande.

El pastelero pareció respirar aliviado de repente.

—No hay de qué, Briana. Solo quería ayudarte de alguna forma.

—¿De alguna forma? Diego, es posible que hayas salvado mi floristería, mi vida, mi todo.

El muchacho se sonrojó ante los halagos y, poseído por el espíritu de Víctor, se pasó una mano por el cabello ondulado, nervioso.

—Cuánto me alegro por ti, Briana. De verdad.

—Gracias, Diego. —La florista sonrió hasta con la mirada sin apartar sus ojos verdes del pastelero—. Por cierto, ¿qué ibas a decirme? Has venido hasta aquí y no te he dejado ni hablar. Lo siento mucho.

Entonces reparó en un detalle que, como la visita de Graciela, podía cambiarlo todo. En la mano que los nervios le habían dejado libre de revolverse el cabello, Diego sostenía un paquetito atado con un lazo rojo, oculto a la espalda.

Al darse cuenta de que Briana lo había pillado, le tendió el regalo con las mejillas encendidas. El roce de su piel era cálido, como las tardes en la cafetería o una noche de domingo junto a la chimenea y un chocolate caliente en las manos.

Muda por la sorpresa, Briana desenvolvió el regalo allí mismo. De vez en cuando le llegaba un aroma a canela, a bosque, a mantequilla, a café, a madera... a Diego.

Sobre una pequeña tarta de chocolate, leyó con claridad: «¿Te gustaría cenar conmigo?».

La sonrisa que iluminó el rostro de la pelirroja fue suficiente respuesta para el pastelero.

Lo que no sabía Briana era que el joven se había puesto la camisa de franela más bonita de su armario.