El café de las almas perdidas 21. EL MILAGRO
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21. EL MILAGRO

EL MILAGRO

—Bueno, ha llegado la hora.

Briana había acudido temprano esa mañana a la floristería.

Antes de abrir, quería empezar a organizar todo el papeleo para los trámites del cierre del negocio.

La burocracia se le hacía cuesta arriba, aunque no tanto como la llamada que tenía pendiente.

Con pesar, alcanzó el teléfono, enterrado bajo la montaña de carpetas que contenían la contabilidad de la floristería, y marcó el temido número.

—Hola, mamá.

La pelirroja inspiró hondo, como si todo el oxígeno del universo no bastara para sobrellevar una conversación con Eva.

—Hola, Tania, hija, ¿qué tal?

—Mamá, soy Briana.

Pero ¿es que su madre no miraba el nombre del contacto antes de descolgar?

—¡Briana! Qué sorpresa. ¿Cómo estás?

El tono de su voz hizo pensar a la florista que quizá, solo quizá, se alegraba de hablar con ella. No pensaba dejar escapar la oportunidad, así que fue directa al grano:

—No muy bien. Verás... Voy a tener que cerrar la floristería.

Y entonces solo hubo silencio.

Y duró cinco, diez, treinta segundos.

Briana, por un momento, pensó que se había cortado la llamada.

—¿Mamá? ¿Sigues ahí?

Un suspiro precedió a la respuesta de Eva.

—Sí, Briana... Sigo aquí.

—¿Y no dices nada? —susurró su hija al borde de las lágrimas.

—¿Qué quieres que te diga?

Aquellas palabras desgarraron el corazón de la florista, tan marchito como su propio negocio. ¿Qué quería que le dijera? Algo como «Cuánto lo siento, hija, estoy aquí para lo que necesites» habría estado bien. Pero Eva no era así. Eva era simplemente Eva. Fría, distante, impredecible y devastadora.

Antes de que Briana pudiera responder, su madre volvió a la carga:

—Ya te dije que era una locura, que lo que tenías que hacer era venirte con nosotros a París y buscar un trabajo de verdad por aquí.

—Cada palabra se clavaba como un puñal en el pecho de Briana, que lloraba en silencio—.

Tú siempre con tus locuras, tus sueños y todas esas tonterías que te metió tu abuela en la cabeza.

Mira a tu hermana, lo bien que le va, y tú, tú.

.. —Ni siquiera Eva encontraba las palabras para terminar la frase.

Aunque nunca se daría cuenta, el resentimiento se la había comido por dentro con el paso de los años.

Se había alejado demasiado de Cecilia, de las flores, de los sueños, del verdadero oro, no como el que colgaba ahora de su cuello y sus muñecas, el mismo que había acabado por corroerle hasta la última gota de humanidad—.

Ojalá te parecieras un poquito más a Tania.

Y entonces Briana dejó de llorar.

Unas semanas atrás, aquellas mismas palabras la habrían dejado fuera de juego.

Pero algo había cambiado en su interior desde que pasaba los viernes entre libros, dulces especiados, teteras enormes para ella sola y una compañía mágica tan curativa como esperanzadora.

Recordó las palabras de su última tarde juntos: «Pase lo que pase, Briana, puedes contar con nosotros.

Con todos». Recordó también los abrazos, las risas, las miradas. Y a Diego...

Tal vez fuera la inquina de su madre, las recetas curativas de Anabel o el espíritu de su abuela Cecilia lo que llevó a Briana a tomar aire y soltar lo que se guardaba hacía años:

—Mamá, quiero luchar por mis sueños. La abuela me enseñó que valen más que todo el oro del mundo, y estoy de acuerdo con ella, por mucho que a ti te pese.

Ella me sigue guiando en cada paso que doy y me acompaña a diario, aunque no pueda verla.

Ojalá me apoyases. Ojalá dejaras de compararme con Tania.

Ojalá no tuviera que mendigar tu amor. Ojalá no hubieras olvidado a la abuela.

—Hizo una pausa tan necesaria como las palabras que le quedaban por decir—.

Mamá, te quiero, pero llamarte me desgarra el corazón.

Ni siquiera reconoces mi voz. Jamás descuelgas el teléfono para interesarte por mi vida.

Y con papá llevo meses sin hablar porque nunca se pone cuando llamo y, por supuesto, jamás se digna a coger el móvil.

Os quiero, de verdad que os quiero, pero también quiero hacer mi vida, sentir que la respetáis y, en el mejor de los casos, que estáis orgullosos de mí, con fracasos incluidos.

—Briana había meditado mucho su decisión final y, después de tanto dolor, una sola inspiración la separaba de pronunciarla—: No voy a ir a Francia con vosotros, aunque tenga que cerrar la floristería.

He hecho nuevos amigos y, si no puedo pagar el alquiler, cuento con su apoyo mientras busco mi camino.

—¿Vas a quedarte en casa de unos desconocidos ? —A Eva solo le faltó añadir «¿Qué va a pensar la familia?».

—Sí, mamá. Si hace falta, me quedaré en casa de los que llamas desconocidos. Mis desconocidos favoritos. Tengo que colgar. Os quiero.

Cuando Briana pulsó el botón rojo, no había angustia, ni tensión, ni lágrimas.

Lo que inundó su cara fue una risa floja, inesperada y liberadora.

Y allí, en mitad de una floristería solitaria al borde del cierre, supo que, pasara lo que pasara, todo iría bien.

Que, después de todo, sus amigos tenían razón.

Que ya encontraría la manera de empezar de cero tantas veces como fuera necesario.

Al cerrar los ojos, casi le pareció ver a Cecilia asentir con una sonrisa.

Tras unos minutos, la joven decidió emplear la serenidad que, contra todo pronóstico, le había proporcionado esa llamada para continuar con el papeleo. Tan concentrada estaba en comprender al menos una mínima parte de todo lo que le había enviado la gestoría que no oyó la campanilla de la puerta.

—Hola, Briana. ¿Se puede? —Su fiel Paloma permaneció unos instantes en el umbral, temerosa de interrumpir algo importante.

Lo que no sabía era que precisamente lo que la florista necesitaba en esos momentos era una interrupción.

—Paloma, claro que sí. ¿Cómo estás?

—Todo bien, pero ¿y tú? ¿Qué es esta montaña de papeles? —preguntó sin pestañear con el evidente deseo de que la respuesta no fuera la que imaginaba.

Pero lo fue.

—Verás, Paloma... Lo he intentado todo, pero no ha sido suficiente. Voy a cerrar Un Ramito de Violetas.

Después, silencio. Como los bosques en invierno mientras cae la nieve. Solo que no había bosque, solo unas flores que parecieron marchitarse ligeramente cuando Briana dijo esas palabras en voz alta. Y tampoco había nieve, aunque en el corazón de la florista empezaba a acumularse un frío gélido.

Paloma tardó en responder:

—Cielo, no te rindas —anunció como si la decisión de Briana no fuera firme—. Estoy segura de que saldrás adelante, ya lo verás.

—Paloma, la decisión está tomada. Lo siento. —La chica no quería que su clienta se crease falsas esperanzas.

—Bueno, pues yo no me puedo quedar sin mi floristería favorita en este momento.

Aquel lugar y aquella chica de pelo enmarañado y salpicado de pétalos habían llegado a significar mucho para ella. Quizá había encontrado en aquel rincón repleto de flores y sueños el mismo refugio que había hallado Briana en la cafetería de Anabel.

—Gracias, Paloma. Por todo. —La muchacha pestañeó un par de veces para ahuyentar las lágrimas que amenazaban con rodar por sus mejillas—. Bueno, ¿qué te apetece esta semana?

Paloma la miró con una sonrisa.

—Algo con muérdago estaría bien.

Briana asintió y la guio hasta la zona que con tanto cariño había preparado para la temporada navideña. Esa misma semana habían llegado los primeros pedidos invernales, que a partir de ese día estarían a mitad de precio.

—¿Qué te parece este?

La joven le mostró un precioso ramo con el muérdago como elegante protagonista, perlado de sus características bayas nacaradas y acompañado por el mágico acebo, que se encargaba de poner la alfombra roja para la ocasión navideña.

El broche final lo daban unas ramitas de abeto y un toque sutil de eucalipto.

—Me parece perfecto. ¿Cuánto te debo?

Briana negó con la cabeza. No pensaba cobrar a su mejor clienta el que probablemente sería uno de los últimos ramos que pudiera llevarse.

—Me llevo cinco —insistió. Se aferraba a un clavo ardiendo para salvar la floristería.

—No es necesario, Paloma.

—Entonces que sean seis. Acabo de recordar que hace tiempo que no visito a mi prima.

—Está bien.

Briana no tuvo más remedio que rendirse y dejar que Paloma los pagase todos por su precio completo.

La muchacha envolvió con mimo cada uno de los ramos en los plásticos especiales que había comprado semanas atrás para la temporada más mágica del año.

Sujetó el envoltorio traslúcido, espolvoreado con motitas blancas y doradas, con un lazo de tela de arpillera.

—Ya están listos —anunció al terminar con el último.

Paloma, que había pasado todos esos minutos despidiéndose con la mirada de ese mágico lugar, contempló las obras de arte natural con una gran sonrisa.

—Han quedado preciosos, Briana. Muchas gracias.

—A ti, Paloma. No estés triste. Aún tardaré un par de semanas en liquidarlo todo. Volveremos a vernos.

—Eso no lo dudes.

La entrada de una clienta envuelta en una enorme bufanda que le cubría la mitad del rostro las obligó a despedirse deprisa, aunque, tal vez, era lo mejor, como arrancar una tirita del tirón. Quizá, solo quizá, así doliera menos la posibilidad de que una de esas visitas fuera la última.

—Buenos días —saludó Briana a la curiosa chica que acababa de cruzar el umbral de la floristería—. Si necesita algo, estaré encantada de ayudarla.

—Buenos días. Gracias, muy amable.

La clienta caminó despacio por la tienda.

Cada pocos segundos, cerraba los ojos tras detenerse frente a alguno de los ramos de flores frescas para deleitarse con la combinación de aromas.

Paseó la mirada por las paredes, vestidas con pequeños recipientes de fibras naturales con diferentes plantas en su interior.

Cuando estuvo segura de que no se había equivocado al entrar en la tienda, se dirigió a la joven.

—Verás, estoy buscando a Briana.