El café de las almas perdidas 20. LA CARTA
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20. LA CARTA

LA CARTA

Horas después, una melancólica versión de Antonio caminaba de vuelta a casa.

La posición del cartero era firme, pero no por ello sencilla.

Le quedaban muchos años por delante y no podía pasarlos aferrado a los fantasmas del pasado.

Sofía no volvería, y él era consciente de que, si de verdad lo observaba desde ahí arriba, no se sentiría feliz al ver que se estaba perdiendo su propia vida.

Esa tarde no había tenido muchas ganas de hablar. Había preferido escuchar atento las buenas noticias de Víctor y Manuela, aunque la alegría estuviese teñida de nostalgia ante la inminente despedida.

El cartero anduvo a paso lento por el paseo de las Delicias con la certeza de que era hora de pasar página.

Le asustaba la incertidumbre, sí, pero sabía que estaba listo para cerrar ese capítulo y dejar atrás un duelo que se había extendido durante dos décadas.

Quizá debería seguir rodeándose de personas que le hacían bien para salir de esa soledad que lo acompañaba desde hacía tantos años.

Ese grupo de jóvenes le había demostrado que podía recuperar de nuevo la confianza en sí mismo y en la magia de la vida.

Después de todo, si ellos empezaban a encontrar sus caminos, ¿por qué no iba a ser él el siguiente?

Sin embargo, no sabía por dónde empezar. ¿Qué camino podía tomar un cartero nostálgico cuando decidía dejar atrás el dolor y la soledad? Tendría que preguntarle a Carmen. Al fin y al cabo, ella había pasado por un divorcio. Era una mujer valiente y con iniciativa. Quizá pudiera darle alguna idea.

Todavía pensativo, llegó hasta el portal, desierto a esas horas, y revisó el buzón con desgana y en piloto automático antes de subir a casa. Pero, entre la dichosa publicidad y la factura de la luz, apareció un sobre con el destinatario escrito a mano.

—No puede ser —susurró el hombre con las manos temblorosas.

Al dar la vuelta al sobre, se quedó petrificado.

No podía leer aquella carta en el portal, así que, apresurado, subió a casa, cerró con llave y se dejó caer en el sillón en el que solía leer. Rasgó el papel bajo la luz de la lamparita auxiliar y desdobló la carta con cuidado.

Querido Antonio:

Ni siquiera sé cómo empezar esta carta. Ojalá te pille sentado cuando la recibas, aunque mucho me temo que el asiento más cercano estará bastante lejos del buzón.

Sé que, después de tanto tiempo, esto puede parecerte una locura, pero debo correr el riesgo.

Llevo mucho preguntándome si es lo que tú querrías, si me arrepentiré.

.. Pero, después de tanto pensar, solo he llegado a una conclusión: la vida es corta, inesperada y, en ocasiones, desgarradora. Así que allá voy.

Solo quiero que sepas que me encanta observarte e imaginar en qué estarás pensando.

Me gusta ver cómo te tomas el café a sorbitos, como si intentaras alargar ese instante mágico de encontrarte frente a una taza caliente.

Tampoco puedo evitar admirar tu curiosidad, tu bondad, tus ganas de alegrarle a alguien el día y la vida entera.

Me he descubierto más veces de las que me conviene haciéndome un millón de preguntas sin respuesta.

Me gustaría saber qué te llevarías a una isla desierta, en qué piensas antes de dormir o si prefieres ventanilla o pasillo en el viaje de la vida.

He llegado a preguntarme cuál será tu lado favorito de la cama y con qué sueñas al despertar cada mañana.

Si bailas mientras cocinas, cuáles son tus mayores miedos, en qué piensas cuando te quedas a solas, cuál será tu libro favorito, si eres de perro, de gato o de alargar los domingos entre las sábanas.

En fin, me pregunto tantas cosas y he escrito tantas versiones de esta carta que, si la extiendo una línea más, temo volver a romperla antes de guardarla en el sobre.

Supongo que estarás desconcertado y que no esperabas recibir estas líneas. Solo quería que supieras que me encantaría dar respuesta a todas estas preguntas y que cada día suspiro como una niña pequeña deseando que cruces la puerta de la cafetería.

Con cariño,

A NABEL