El café de las almas perdidas 19. PÁGINAS EN BLANCO #2
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19. PÁGINAS EN BLANCO #2

Quizá era la magia de aquellas paredes, la tarta curativa o esas almas ya no tan perdidas.

—Me alegro tanto, Manuela... —El cartero la miró con los ojos llenos de lágrimas.

Aquella joven, a la que había encontrado tan rota semanas atrás, parecía otra. El vínculo entre ellos se había vuelto tan especial que casi olvidó su propia nostalgia al escuchar su relato.

—Gracias, chicos. Pero eso no es todo.

—¿Aún hay más? Cuenta, cuenta —la animó Víctor.

—Voy a presentar mi renuncia y salir de la ciudad. No estoy hecha para vivir en una jungla de cemento.

—¿Tú también te vas? —Las lágrimas acudieron de nuevo a los ojos del cartero, aunque esa vez por la tristeza.

—Me temo que sí, Antonio. Pero también tendré habitaciones de invitados. Voy a instalarme en un pueblo pequeño y tiraré unos meses con mis ahorros mientras doy forma a mi próximo proyecto.

—¿Tu próximo proyecto? —Víctor, como futuro buen escritor, se moría de curiosidad.

—Quiero abrir mi propia escuela en la Sierra Norte de Guadalajara. Es una zona muy despoblada, con municipios aislados y pocas opciones educativas.

—¿Y por qué justo allí? —se interesó Briana.

—Bueno, no está lejos de aquí. Podremos seguir viéndonos. Pero, sobre todo, es porque visité aquella zona hace unos años y me enamoré por completo. Hay tanta belleza en los lugares más insospechados...

—Pero un proyecto como ese será muy caro, ¿no? —Briana no podía pensar más que en números, justo lo que Manuela se esforzaba por olvidar después de su mala experiencia con las matemáticas.

—Sí, lo sé. Pero al estar en una zona tan poco poblada, hay subvenciones para fomentar este tipo de proyectos.

Quiero ofrecer una educación real, vinculada a la naturaleza, de la que tan desconectados estamos, aunque, por supuesto, no dejaría de lado las enseñanzas habituales.

También me gustaría buscar el modo en que los jóvenes amen la literatura tanto como yo sin que les suponga una obligación.

—Parece muy interesante. Enhorabuena, Manuela.

—Víctor alzó la palma de la mano para chocar los cinco con la profesora, que, sin darse cuenta, no solo había superado ese aprobado justo que sentía que rozaba su vida, sino que cada vez más se acercaba al sobresaliente—.

Se me ocurren varios títulos que podrían encajar en tu nuevo programa.

Los ha traducido un tal Víctor, y dicen que son bastante buenos.

—Pero ¿tú qué te has creído, chaval? —Manuela le dio un codazo entre risas.

—Felicidades, Manuela. Aunque te echaremos mucho de menos. —El cartero no podía librarse de la espinita que la joven le dejaría clavada con su marcha.

—No estaré lejos, Antonio. Y tu idea de seguir reuniéndonos una vez al mes me parece estupenda.

Puedo acercarme sin problema a Madrid, y estáis invitados en cuanto encuentre un lugar donde vivir.

Además, espero recibir cartas tuyas, por supuesto.

Yo ya me he comprado una estilográfica. —Le guiñó un ojo en señal de complicidad.

El hombre sonrió conmovido por el gesto de Manuela, que no olvidaría jamás a su ángel de la guarda, un cartero sacado de otra época que acudió a su rescate un día gris de otoño para demostrarle que la vida era bella y que había todo un mundo por explorar más allá de su ansiedad, de las matemáticas y de las paredes de la escuela.

—No sabéis cuánto me alegro por vosotros, chicos. Ya me diréis cuál es la receta mágica para empezar de cero cuando eche el cierre. —Por el momento, Briana esperaba encontrar respuestas en el fondo de su taza de té azul, donde había fijado la mirada, todavía tan perdida como la propia florista.

—Pase lo que pase, cuenta con nosotros, Briana. Con todos. —Manuela la rodeó con los brazos.

Aquellos tres corazones buenos la habían levantado del oscuro pozo en el que se hallaba sumida la semana anterior. Quería, por encima de todo, hacer lo mismo por ellos cuando fuese necesario.

—Gracias, chicos.

Ninguno conocía los planes de Diego, que esa tarde evitó a toda costa acercarse a la mesa de sus clientes favoritos.

—¿Cuándo piensas decírselo? —le preguntó Anabel a su hijo cuando lo pilló mirando de reojo a la florista.

—No pienso decírselo —repuso él con una sonrisa traviesa—. Quiero que sea una sorpresa.

—Qué malo eres. —Anabel salpicó en broma al joven con la harina que le quedaba en las manos mientras ambos trabajaban en un encargo.

—Mira quién fue a hablar. —Diego hundió los dedos en el chocolate que había sobrado de una de las tartas y manchó la nariz de su madre como venganza.

La cocina de la cafetería pronto se convirtió en el único escenario de pelea que debería existir, como las batallas que desataban las bolas de nieve o los almohadones de plumas.

—¡Ahora verás! —Anabel alzó el arma letal frente al enemigo: cacao en polvo sobre la atesorada camisa de franela de Diego.

—¡No, no, no, no! —rogó el chico con los ojos como platos al tiempo que corría a la otra punta de la cocina.

Cuando Anabel lo alcanzó, él forcejeó con la cuchara rebosante de cacao para evitar el desastre, pero fue inútil: ambos acabaron envueltos en una nube de color chocolate antes de que Diego pudiera poner a salvo su preciada camisa.

—Con Briana habría sido más divertido, ¿verdad?

—¡Mamá! —Diego se escandalizó ante la escena que, sin remedio, dibujó en su mente el comentario de su madre.

—¿Qué? Tu padre y yo...

—No sigas —interrumpió él, temeroso de desatar el lado erótico de Anabel, que prefería que siguiera oculto.

Pero a los dos les dio la risa floja, aunque no tenían muy claro si era por el pudor repentino de Diego, por el trabajo de limpieza extra que se habían buscado o porque todo cobraba sentido en aquellos instantes fugaces en los que nada importaba más que disfrutar de la vida mientras sonaba November Twilight , de Julie London.