19. PÁGINAS EN BLANCO
PÁGINAS EN BLANCO
La semana de Víctor fue tan emocionante como eterna.
Había pasado todas las mañanas planeando su nueva vida, su nuevo capítulo.
Por las tardes, disfrutaba con Dani de esas partidas que se debían desde hacía años, de las cervezas prometidas y de la envidia sana que le producía la felicidad que en esos días invadía al informático.
Esa tarde de viernes, por fin, iba a contarle a esa extraña y adorable familia que habían formado en la cafetería que ya sabía qué hacer con su futuro.
Había tardado mucho tiempo en darse cuenta de que en la vida no había imposibles, que solo había que encontrar la manera. Y al fin había dado con la suya.
Tan emocionado estaba que llegó antes de la hora acordada a El Refugio de Anabel.
Diego lo recibió con una gran sonrisa. En las últimas semanas habían cambiado muchas cosas entre aquellas paredes, cubiertas de libros e impregnadas del embriagador aroma que conformaba el otoño cuando se colaba por la puerta para fundirse con las especias y la mantequilla de los dulces.
—Hola, Víctor. ¿Qué tal? —saludó el joven pastelero.
—¿Qué pasa, Diego? Pues, para mi sorpresa, bien, la verdad. ¿Y tú?
Diego suspiró antes de responder con una sonrisa:
—Una semana ajetreada, por decirlo de manera suave. Pero con final feliz, espero.
Aunque ninguno sabía de lo que hablaba el otro, sus miradas tenían en común la chispa de quien guarda un secreto que puede cambiarlo todo, absolutamente todo.
—Mientras espero, ¿me pones un vienés de esos que vuelven loco a Antonio?
—Marchando.
Cuando Víctor se quedó a solas en la barra, cerró los ojos y dejó volar la imaginación. Y pensar que su rutina consistiría precisamente en eso...
—Hola, Víctor. —La dulce voz de Manuela lo sacó de golpe de sus pensamientos.
—Manuela, ¿qué tal?
—Genial, la verdad.
Y era cierto. Víctor lo supo antes de que ella respondiese.
Había algo diferente en su mirada, en su rostro, en sus gestos.
Tal vez fuese la recién adquirida seguridad al caminar, la postura erguida de la espalda, la sonrisa pintada en los labios o el aroma a nuevas ilusiones que parecía emanar de la profesora.
—No sabes cuánto me alegro.
—Gracias. ¿Qué tal tú? Pareces contento —se interesó ella mientras tomaba asiento al lado del traductor.
—Bastante bien, aunque creo que no tanto como tú —bromeó él dándole un suave codazo de complicidad—, pero a este paso te alcanzaré pronto. Luego os cuento, cuando estemos todos. Por la alegría que traes, estoy deseando conocer tus novedades.
—No seas impaciente, traductor.
—No por mucho tiempo.
Manuela iba a preguntarle a qué se refería, pero en ese momento Diego regresó a la barra con el vienés de Víctor.
—Hola, Manuela, ¿qué tal? ¿Quieres tomar algo? —Al pastelero tampoco le pasó inadvertido el buen aspecto de la profesora, a la que había visto hecha pedazos solo una semana atrás.
—Hola, Diego. Sí, ponme un rooibos de pistacho, por favor.
—Perfecto, enseguida.
Minutos más tarde, ambos amigos disfrutaban de sus tazas humeantes, el ambiente acogedor de ese refugio y la certeza de que en ese instante eran felices. Por supuesto, aprovecharon para comentar sus últimas lecturas y compartir recomendaciones literarias.
Briana y Antonio no se hicieron esperar. Cruzaron juntos el umbral de la cafetería tras encontrarse de camino.
—Hola, chicos, ¿qué tal? —La florista intentó disimular su tristeza en vano.
—Briana, ¿estás bien? —Manuela rebotó la pregunta preocupada.
—Bueno, solo intento hacerme a la idea de que tengo que empezar los trámites para el cierre de la floristería. A estas alturas, solo un milagro la salvaría. La cuenta de Instagram no va mal, pero por ahora no me está dando tantos clientes como necesitaría para salir a flote.
Diego, desde el fondo de la barra, sonrió al oír las palabras de la chica de las flores.
Había algo mágico en guardar el secreto de ese milagro que ella creía imposible.
Ya lo decía el mejor filósofo de todos los tiempos, Winnie the Pooh: «La gente dice que nada es imposible, pero yo hago nada todos los días».
El grupo, ajeno al as en la manga del pastelero, apenas encontraba palabras de consuelo para la chica.
—Vamos, Briana, no te vengas abajo. Todo se arreglará, de un modo u otro —trató de ayudar Antonio.
—Bueno, ¿buscamos mesa? —Briana no quería ser el centro de atención ni contagiarles esa tristeza capaz de marchitar su floristería entera.
—Sí, vamos.
Manuela le rodeó los hombros y caminó junto a ella hasta ese sillón que, solo siete días antes, la había salvado de los fantasmas de las matemáticas.
Anabel, que salía en ese momento de la cocina, se acercó a la mesa para tomar nota al resto.
—Buenas tardes, chicos. ¿Qué tal? ¿Qué os pongo? —La mujer sonrió a Manuela al comprobar la alegría que desprendía esa tarde.
—Yo necesito té. Mucho té. El azul de naranja estaría bien. —Briana se hundió en el sillón con la esperanza de que se la tragase y la escupiera en una realidad paralela en la que su negocio saliera a flote—. Y tarta de zanahoria. También mucha.
—Está hecho, Briana. Traeré para todos. —Anabel, que conocía el plan maestro de su hijo, estaba impaciente por el momento en que todo saliera a la luz. Pero aún tendrían que esperar—. Antonio, ¿lo de siempre?
Las miradas del cartero y Anabel se cruzaron unos segundos, los suficientes para que ella se diera cuenta de que los naufragios que se acumulaban en el interior de Antonio empezaban a disminuir gracias a la compañía de esos jóvenes.
—Lo de siempre está bien, Anabel. Gracias —respondió él con una sonrisa triste.
Esa semana, Antonio se había propuesto pasar página de forma definitiva y renunciar a la esperanza de recibir una carta como las de antes.
Su mujer se había marchado hacía mucho tiempo y él debía dejarla ir, permitirle descansar y empezar a vivir de nuevo.
Así lo habría querido Sofía, con carta o sin ella.
Por mucho que anhelara recibir unas últimas líneas del amor de su vida, no necesitaba ninguna misiva para saber con certeza que ella deseaba su felicidad por encima de todo.
La verdadera pregunta era qué deseaba él.
Anabel volvió poco después con una enorme fuente rebosante de porciones de tarta de zanahoria para todos, una tetera de litro para la florista y el indispensable café vienés de su cartero favorito.
—Aquí tenéis. —Depositó con cuidado la bandeja sobre la mesita del grupo y se despidió silenciosa.
Era hora de dejar que las delicias culinarias, la magia del lugar y la buena compañía hicieran el resto.
—Bueno, ¿quién empieza? —murmuró una abatida Briana mientras se servía la primera taza de té—. Yo no tengo mucho más que contar.
—Algo se nos ocurrirá, Briana. Y, si no, no pasa nada. —La mirada de Víctor era sincera. Él había decidido dinamitar su vida, y estaba seguro de que su amiga también encontraría su camino. Y, si no, la ayudarían a construirlo.
—Ya... Oye, ¿cómo es que estás tan positivo? ¿Novedades en el frente?
El traductor sonrió como un niño al que acabasen de pillar haciendo una travesura antes de responder:
—Sí. Ya sé lo que quiero hacer con mi vida.
Los tres lo miraron expectantes. Después de aquellas semanas oscuras en las que el joven no veía salida a su futuro laboral, ninguno esperaba aquel cambio repentino.
—¿De verdad? ¡Es fantástico! —Antonio abandonó sus fantasmas por un instante. Si algo le hacía feliz en aquellos días era ver cómo esos jóvenes sorteaban las tinieblas y volvían poco a poco a ver la luz—. ¿De qué se trata?
—Voy a escribir un libro. —Víctor hizo una pausa para conectar esas ideas que, al fin y al cabo, siempre habían estado ahí.
Solo había necesitado algo de tiempo para unirlas—.
Evidentemente, no espero vivir de ello ni mucho menos, pero, por primera vez, no me preocupa.
Por ahora, voy a disfrutar del proceso y probaré suerte con los contactos editoriales que he conseguido en estos años.
Tan ilusionados como el joven, sus amigos alzaron sus tazas para brindar por él.
—Así se habla, muchacho —celebró el cartero con su vienés en alto.
—Enhorabuena, Víctor. Te lo mereces. —Manuela secundó el brindis.
—Oye, Víctor, pero... —Briana intentó aterrizar, quizá, por su propia situación económica—, ¿de qué piensas vivir mientras tanto?
—Sabía que dirías eso —reconoció el joven—.
Mis abuelos tenían una casa en un pueblo de la sierra.
Lleva años cerrada y no tiene calefacción, pero la chimenea es espectacular.
La mala noticia es que me alejaré de la ciudad, al menos por un tiempo.
Me da pena irme del piso que comparto con Dani desde la universidad.
Pero ahora sé que dejo a mi amigo en buenas manos.
—De mala noticia nada, jovencito —interrumpió el cartero con emoción.
—¿Tantas ganas tienes de perderme de vista, Antonio?
—No, hombre, no. Pero haber encontrado algo que te ilusione y estar dispuesto a luchar por ello de ningún modo es una mala noticia. Además, esa casa tuya tendrá habitaciones para invitados, ¿no?
—Por supuesto, Antonio, siempre que queráis.
—Pues prepárate, muchacho, porque este club tiene que seguir en pie. No te librarás de nuestras visitas ni de un viaje a la capital como mínimo una vez al mes para seguir con nuestras reuniones en este café.
—Secundo la moción —respondió Manuela mientras Briana asentía—. Oye, ¿de qué irá el libro?
—Tendréis que esperar para saberlo. —Víctor no pensaba desvelar tan pronto lo que las musas le habían contado en aquellos días—. Por cierto, te toca, Manuela.
La profesora se irguió en el sillón y se preparó para relatar a sus amigos su jugada maestra de la semana. Jairo al fin formaba parte del pasado.
—Habría pagado por ver la cara de ese imbécil. Si no estuviera en números rojos, claro. —Briana, que se alegraba de veras por el final que había tenido la tortuosa historia de su amiga, intentó bromear sobre su propio drama.