18. OJALÁ
OJALÁ
La semana de Diego transcurría caótica y alborotada en la cafetería.
Desde que había recibido la llamada de Graciela Sorní, que arrastraba a miles de seguidores en las redes, apenas había podido dormir.
La joven había anunciado en su perfil de Instagram un par de semanas atrás su compromiso con su pareja de toda la vida.
Quizá la sencillez de los orígenes de Adriel, que no pertenecía al mundo de la fama, había propiciado que se decantasen por un negocio tradicional para la elaboración de la tarta de su gran día.
Ojalá el plan de Diego funcionase y también pudiera salvar la floristería de Briana.
Durante esos días, su amiga se había abierto una cuenta en Instagram, y las primeras publicaciones estaban teniendo muy buena acogida.
Solo tenía que conseguir que la magia de esas composiciones florales cautivase a Graciela.
Sin embargo, al pastelero no dejaba de parecerle surrealista que la gran influencer hubiera ido a buscarlo. Él, fiel a sus camisas de franela y sus botas de leñador, no estaba precisamente al día en materia de moda, pero había oído hablar de Graciela Sorní a las chicas que pasaban por la cafetería.
—Quién iba a decir que supieras de moda más que tu madre —se mofaba Anabel en sus idas y venidas a la cocina, donde Diego había desparramado toda clase de bocetos, recortes de revistas y fotografías para encontrar el concepto ideal que inspirase su tarta.
—Guárdame el secreto, por favor. Mi fama de Luke Danes corre peligro.
Anabel sonrió al recordar al personaje de Las chicas Gilmore , que tantas noches habían visto juntos al cerrar la cafetería.
—Bueno, hijo, me voy, que hay bastante faena ahí fuera.
—¿Necesitas ayuda? Puedo seguir más tarde.
—No, tranquilo. Está todo controlado. Tú sigue, a ver si aparecen las musas.
Anabel se despidió sin perder la sonrisa, y Diego se quedó a solas con el caos que ocupaba la mesa y su mente.
Resopló un par de veces sobre ese intento de moodboard y dejó caer la cabeza entre los brazos, cruzados sobre la superficie de madera.
Sin embargo, fue peor el remedio que la enfermedad, pues en sus pensamientos se coló cierta pelirroja con un moño despeinado, salpicado de pétalos de flores y ramitas, y la mirada verde más profunda que Diego había visto jamás.
—Así es imposible concentrarse —protestó en voz alta.
Necesitaba un descanso. Y un café. Y a Briana.
Mientras removía con la vista fija en ninguna parte un café recién hecho, Diego cogió el teléfono y entró en Instagram para consultar el perfil de Graciela Sorní.
Quizá encontrase allí algo de inspiración.
Después de todo, la chica no le había aclarado gran cosa sobre sus gustos durante la llamada, pero habían quedado en tener una primera reunión esos días y Diego quería presentar al menos una propuesta inicial.
La mayor parte de las imágenes de la cuenta eran planos de Graciela paseando por las calles de Madrid con los outfits —como los llamaba la gente moderna— que las marcas le regalaban para hacer publicidad.
Sin embargo, en medio del entorno urbano que constituía el telón de fondo de la mayoría de sus posts , encontró una que le llamó la atención.
En ella se veía a Graciela caminando hacia la cámara entre los famosos campos de lavanda de Brihuega, un pueblecito de Guadalajara.
La joven, en esa instantánea, vestía un conjunto bastante diferente al del resto de las publicaciones: un top de croché blanco, corto y holgado, con una falda larga de lino que ondeaba entre las flores bajo la luz dorada del atardecer.
Diego cerró la aplicación de Instagram a toda prisa, dejó la taza de café aún sin terminar a un lado de la mesa y empezó a dibujar apresurado en su cuaderno. Unos minutos después, tomó de nuevo el teléfono y marcó el número de la influencer .
—¿Graciela? Sí, hola, soy Diego, de El Refugio de Anabel. ¿Podríamos tener la reunión esta tarde? Tengo una idea que quizá te guste.
A las seis de la tarde, Graciela Sorní cruzó la puerta de El Refugio de Anabel y caminó directa a la barra, oculta tras una enorme bufanda y un gorro de lana, igual que durante su primera visita.
Quería evitar que alguien la reconociese y se armase un alboroto en la cafetería justo antes de su primera reunión con el pastelero.
Dosificaba a conciencia la información personal que dejaba en las redes, y no quería desatar antes de tiempo posibles rumores sobre sus planes de boda.
—Hola, buenas tardes. Soy Graciela. Tengo una reunión con Diego —saludó a Anabel, que espolvoreaba canela sobre un chai latte recién hecho.
—Hola, bonita. Un placer, yo soy Anabel. Ven, pasa conmigo —le susurró a la misma joven que no reconoció en su día.
La atendió tan deprisa por la cantidad de clientes que había en aquel momento que ni siquiera le pareció extraño que se cubriese parte del rostro con la bufanda y el gorro.
De camino a la cocina, Anabel explotaba de orgullo ante el prometedor futuro de su hijo. Se merecía todo lo bueno que la vida le regalase.
—Diego, ha llegado Graciela.
El muchacho, de espaldas a la entrada, dio un respingo cuando oyó a su madre. Apresurado, comprobó que su camisa de franela lucía impecable, tomó los papeles que tenía desperdigados por la encimera y caminó hacia ellas.
—Hola, Graciela, encantado. —Le tendió la mano como el repostero profesional que intentaba ser.
—Hola, Diego, un placer. Este sitio es mágico. Anabel, has hecho un trabajo espectacular aquí.
—Gracias, guapa. Bueno, os dejo para que podáis charlar con calma. ¿Quieres tomar algo? Invita la casa.
—Un capuchino estaría bien. Muchas gracias.
—Estupendo. Enseguida lo traigo.
Anabel dejó a solas a los dos jóvenes y sus respectivos manojos de nervios. Ella, porque al fin iba a preparar la boda de sus sueños; él, porque jamás imaginó que la vida le brindase una oportunidad semejante.
—Puedes sentarte por aquí.
Diego señaló un par de sillas antiguas, restauradas por las habilidosas manos de su madre, que había colocado estratégicamente en el rincón más acogedor de la cocina, bajo las estanterías presididas por los tarros transparentes de especias, harinas y toda clase de ingredientes, que daban a la estancia un aire rústico y hogareño.
—Gracias, Diego. Todo esto es precioso. Y la tarta que probé... Espectacular. —Graciela cerró los ojos al recordar los maravillosos contrastes de aquella delicia mientras dejaba el gorro y la enorme bufanda a un lado.
—Gracias a ti, Graciela. Espero estar a la altura. No te mentiré: nunca he hecho un proyecto similar. —Ante todo, Diego prefería ser sincero.
—Si queda tan brutal como aquella tarta de queso, lo estarás.
Además, quería que mi pastel de boda lo hiciera un negocio de toda la vida.
A veces mi día a día puede ser tan..., ¿cómo explicarlo?
, pomposo, recargado y extravagante que resulta abrumador.
Lógicamente, necesito que el resultado sea digno de la publicación de Instagram que todo el mundo espera, pero quería algo. .. real. Sí, quizá sea esa la palabra.
—Sí, puedo imaginarlo.
En realidad, no podía. La vida de Diego era tan sencilla y tranquila que no era capaz de ponerse en la piel de aquella chica.
Al fin y al cabo, eso era lo que empezaba a parecerle a Graciela: le habían asignado un papel con el que debía cumplir en cada post. Pero, detrás de la cámara, era una joven tan natural y sencilla como cualquier otra.
Sus ondas castañas caían desenfadadas sobre el jersey de punto, y su mirada azul desprendía la misma ilusión que cualquier otra chica que estuviera a punto de caminar hacia el altar.
En aquel rostro emocionado no había filtros ni retoques, sino la más pura sencillez.
Anabel llegó en ese momento con el capuchino para la muchacha, que decidió acompañar con un par de cookies de chocolate.
—Aquí tienes, Graciela.
—Muchas gracias, Anabel. Menuda pinta.
Una vez que se quedaron de nuevo a solas, Diego se armó de valor y extendió sobre la mesa los bocetos e imágenes que había preparado.
Con solo un vistazo, la mirada de la chica se iluminó por la emoción.
Parecía visualizar sin necesidad de palabras lo que Diego había querido transmitir.
Aun así, él decidió explicárselo con detalle:
—Me tomé la libertad de inspirarme en una de tus fotos de Instagram. Y, por lo que acabas de contarme sobre escapar de esa vida ajetreada, creo que puede encajar con tus gustos.
—Te aseguro que sí.
—Bien, la idea es hacer un pastel de solo dos pisos, en contra de lo que todo el mundo espera de la boda de una influencer .
Una vez envuelto en la clásica cobertura blanca, que le aportaría una base sencilla pero elegante, daría los toques finales con flores.
He preparado algunas ideas que me inspiran, desde la lavanda de tu foto en Brihuega hasta girasoles y algo de verde, como el eucalipto.
Me he inspirado en las composiciones de las fotos de Instagram de mi amiga Briana.
—Tras tirar el anzuelo con toda la intención, hizo una pausa mientras acercaba una de las imágenes que había imprimido esa misma tarde a modo de ejemplo—.
Mira, algo así. Por supuesto, podemos adaptarlo a tus gustos.
Por aquí tengo también algunos bocetos con otras opciones. ¿Qué me dices?
Los ojos de Graciela, empañados tras una cortina de lágrimas de alegría que amenazaban con resbalar por sus mejillas, parecían sonreír al joven pastelero.
—Diego, me encanta. No tocaría nada. Me gusta exactamente así —respondió con uno de los bocetos del chico entre las manos.
En él, había combinado los girasoles con pampas y eucalipto.
Diego respiró aliviado. La primera parte del plan había sido todo un éxito, pero faltaba la segunda, tal vez más importante que la anterior—.
La verdad es que había contactado ya con una floristería especializada en bodas, pero ahora que veo los bocetos de tu tarta, no termina de encajar con el estilo que me ofrecen. Esa amiga tuya, ¿es florista?
Entonces Diego sonrió triunfante.
—La mejor que conozco.