El café de las almas perdidas 17. AGALLAS #2
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17. AGALLAS #2

La profesora colgó el teléfono con el corazón algo menos dolorido. En realidad, empezaba a darse cuenta de que esas últimas semanas, aunque cargadas de un desgarro emocional que no había visto venir en cinco años, estaban siendo una auténtica terapia para su alma sin rumbo.

Manuela inspiró hondo, todavía con la espalda apoyada en el radiador.

Cerró los ojos una vez más y se sintió afortunada por las personas buenas de las que había empezado a rodearse.

Cuando los abrió de nuevo, contempló a Bolita, que dormía en su camita hecho un auténtico ovillo de pelo.

Si existía una imagen para definir la felicidad, debía de asemejarse bastante al cariño que desprendía la mirada de Manuela mientras contemplaba a su animalito.

El lunes amaneció algo menos frío en el pequeño apartamento de Manuela.

La joven apagó el despertador a las seis y media y, tras permitirse el pequeño gran placer de remolonear diez minutos bajo el edredón con Bolita en el regazo, se levantó.

No estaba segura de estar lista para afrontar un nuevo día de estrés, transeúntes a todo correr por las calles madrileñas, adolescentes con demasiada energía y un profesor de Matemáticas con el que no tenía ni pizca de ganas de cruzarse. Pero sí que lo estaba. Al fin.

—Vamos, pequeñín, a desayunar —le susurró a Bolita, que todavía se hacía el holgazán bajo el edredón de plumas.

Sin embargo, el animal no tardó en abandonar el calor de las mantas cuando oyó el sonido mágico: la tapa de la lechera que escondía el delicioso pienso de salmón, albahaca y eneldo.

El gato correteó hasta la cocina y se relamió de camino al comedero, donde ya le esperaba el desayuno.

—A comer, chiquitín.

Manuela le acarició las orejas cuando pasó por su lado y preparó su café con leche mientras tostaba unas rebanadas de brioche .

Se tomó el desayuno con calma, aunque no tanta como había podido permitirse la mañana anterior.

Diez minutos después, recogió la cocina, limpió el arenero de Bolita y se lavó la cara para desprenderse de los restos de sueño que se negaban a abandonarla. Tenía un día largo por delante, y esa vez estaba dispuesta a superarlo.

Se sentó a los pies de la cama, frente al armario, y meditó durante unos instantes qué conjunto sería el adecuado en ese nuevo comienzo en su vida. Una vida sin Jairo. Una vida con ella misma, con Bolita, con esa nueva familia tan peculiar que había encontrado en la cafetería.

Al final optó por unos vaqueros negros, ajustados y de tiro alto, acompañados de una blusa romántica en blanco roto.

Completó el atuendo con un cárdigan calentito en color cámel y se recogió parte de la melena dorada con un lazo bordado.

El toque final, unas gotas de su colonia favorita, Light Blue, de Dolce & Gabbana, la que reservaba para ocasiones especiales, como si cada día no lo fuera en sí mismo. Pero eso estaba a punto de cambiar.

Acarició las suaves orejas de Bolita una vez más, se enfundó el abrigo y una bufanda kilométrica, y salió a las calles de Madrid con su maletín de profesora en una mano y las ganas de un cambio radical en la otra.

Caminó hacia la glorieta de Cádiz y cruzó a pie el puente de la Princesa.

Esa vez se había propuesto tomar el autobús en Legazpi para enfrentarse al horror que le suponía cada mañana la lata de sardinas en la que se convertía el vehículo.

Quería cambiar muchas cosas, y soltar poco a poco algunos de sus temores era una de ellas.

No sería fácil. No superaría en dos días la angustia que le producían las masas ni las grandes ciudades, pero, como le había dicho Antonio, el camino más largo comenzaba con un primer paso.

Así que montó con más seguridad de la que esperaba en la línea 19, superó el trayecto con bastante aplomo pese a ser hora punta y se esforzó por mantener esa seguridad cuando cruzó las puertas del colegio, aunque empezaba a tener claro que ese no era su sitio.

Pero, por mucha autoconfianza que hubiera guardado en los bolsillos antes de salir de casa, su plan no era tropezar con Jairo nada más abrir la puerta de la sala de profesores. Y eso fue lo que sucedió.

—Manuela.

El profesor parecía sorprendido. Ella no comprendió cómo semejante personaje, con miles de mentiras bajo el sombrero y un aire de superioridad que marchitaba las flores a su paso, podía mostrar ese gesto.

Con la poca vergüenza que había tenido, ¿de qué se sorprendía?

Quizá solo sufría algún tipo de anomalía cardiorrespiratoria.

Al menos eso explicaría la palidez que reflejaba el rostro del profesor en ese momento.

—Buenos días, Jairo. ¿Me dejas pasar, por favor? —respondió el nuevo aplomo de Manuela.

—Sí, claro.

El profesor se echó a un lado desconcertado, sin apartar la vista de la muchacha, que se dirigió a su mesa para preparar el material de la primera clase.

—Manuela, yo... En fin, me preguntaba si el otro día... ¿Te pasó algo? Intenté localizarte, pero no hubo manera. Ni siquiera aquí, en la escuela, durante los días siguientes.

Manuela cruzó los brazos para explicarse mejor. Por supuesto que no se habían encontrado en el colegio. Ella estuvo huyendo de él, y no pisó la sala de profesores ni un día. Pero ya estaba cansada de escapar, de los cafés que se había perdido, de Jairo y de las malditas matemáticas.

—¿Qué día? ¿Te refieres a ese en el que habíamos quedado para cenar en un maravilloso restaurante de la calle Serrano?

—Sí, justo a ese —musitó Jairo más desconcertado aún.

—Ah, perdona, es que no caía. Te refieres entonces al día que te bajaste de un taxi con una tía despampanante.

Vaya beso, ¿eh? —Si unos minutos antes Jairo estaba pálido, en ese instante su rostro se tornó del color de la nieve.

Tal vez, después de todo, no contaba con que Manuela llegase pronto y los pillase.

Pero ¿cómo se había atrevido a encadenar dos citas la misma tarde?

—. Oye, hacéis una pareja espectacular. ¿Es modelo?

Es guapísima. Espero que disfrutarais de la cena y de lo que viniera después.

—En el fondo, muy en el fondo, Manuela se lo estaba pasando en grande—.

Oye, Jairo, tengo un montón de prisa esta mañana.

Ya me lo cuentas otro día, ¿vale? Hasta luego.

—Hasta... Esto... Sí, adiós —tartamudeó el profesor.

Manuela no llegó a distinguir si su sorpresa se debía a lo poco que parecía importarle a ella lo sucedido o al hecho de que lo hubiera pillado con las manos en la masa. Pero en ese momento, por fin, le dio exactamente igual.

La profesora abandonó la sala de profesores con el pecho despejado, la ansiedad muy lejos de su garganta y una sonrisa tan traviesa como necesaria.

Le había costado, pero al fin entendía eso de las agallas que decía Arthur en la película The Holiday .