El café de las almas perdidas 17. AGALLAS
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17. AGALLAS

AGALLAS

Manuela se despertó tarde el domingo. Al menos, eso debió de pensar Bolita cuando subió a la cama de un salto y empezó a olfatear la cara de su dueña. Al sentir el roce de los bigotitos del animal, la chica frunció la nariz con una sonrisa.

—Ay, qué cosquillas, Bolita —le reprochó con dulzura.

El aludido ronroneó por respuesta antes de tumbarse junto a ella tras disponer de toda su atención. Cuando se dio cuenta de que Manuela volvía a caer en los brazos de Morfeo, se apresuró a lamerle el rostro para mantenerla despierta y, con algo de suerte, levantarla de la cama.

—Está bien... —gruñó ella al tiempo que se tapaba la cara con el nórdico de plumas para esquivar los lametones—. Ya voy, ya voy.

Como si no terminara de creerla, Bolita maulló un par de veces, así que Manuela acabó por ceder a sus encantos —o a su tortura psicológica, según se mire— y se retiró el edredón de la cara.

La joven tomó aire, como si necesitara armarse de valor para enfrentarse a un nuevo día de esa vida sin Jairo que aún estaba aprendiendo a surfear.

Al fin, reunió las fuerzas necesarias para abandonar el calorcito de su cama en esa fría mañana de diciembre y se cubrió con una manta gigante antes de ir directa a encender la calefacción.

Sin soltar el edredón, preparó el cuenco de pienso para Bolita, que se relamió los bigotes en cuanto su dueña abrió la antigua lechera donde guardaba su comida.

—¿Tú crees que la gente compra antigüedades para sus mascotas?

—Bolita se limitó a exigir su desayuno con la mirada—.

Claro, tampoco creo que hablen con ellas.

Con las mascotas, digo, no con las antigüedades.

—Mientras la profesora continuaba su monólogo, Bolita engulló el delicioso pienso de ingredientes naturales—.

Y eso que esta mañana estás muy callado.

Si nos vieran cuando hablas... En fin, necesito un chocolate.

Manuela no estaba segura de que una taza de chocolate caliente fuese a resolver su extraña costumbre de mantener conversaciones sobre la vida y sus misterios con un gato —en el fondo, ni siquiera quería hacerlo—, pero al menos aliviaría el frío que sentía fuera de la cama y dentro de su corazón.

Antes de que le diera tiempo a sacar la leche para calentarla, Bolita se paseó entre sus piernas agradecido por el manjar que había devorado en un santiamén.

—Qué glotón. Y qué pelota.

El animal maulló en señal de protesta y se tumbó en su camita.

El aroma del chocolate envolvió la cocina en minutos.

A falta de churros, Manuela se preparó unos cruasanes tostados con mantequilla de cabra y mermelada de albaricoque, su favorita.

Ni ella se explicaba de dónde había sacado ánimo para elaborar semejante desayuno.

Quizá tuviera algo que ver con aquella frase que había leído tiempo atrás en alguna parte: «No hay que tener fuerzas para hacer las cosas, sino hacer las cosas para tener fuerzas».

—Uf, demasiadas filosofadas de buena mañana —concluyó en voz alta ante la atónita mirada del gato, que debía de estar pensando que la locura de su humana iba de mal en peor—. No me mires así, anda.

Pero el reproche de Manuela estuvo muy lejos de serlo, pues no pudo resistir la tentación de sentarse junto a esa nube blanquita de pelo que le arrancaba más sonrisas al día de las que podía imaginar.

Con la taza de chocolate en una mano y el tacto de las suaves orejas gatunas en la otra, la joven inspiró hondo y, por primera vez en mucho tiempo, no la atenazó la presión en el pecho.

Cuando su chocolate alcanzó la temperatura perfecta para beberlo, se levantó a por los cruasanes y desayunó allí, en un rincón de esa pequeña cocina, sentada en el suelo, con la espalda apoyada en el radiador y Bolita ronroneando entre sueños a su lado.

Se permitió el lujo de desayunar sin prisas, entre sorbitos de chocolate, ronquidos felinos y el sabor de la mantequilla fundida inundando todo su ser.

Aunque no se dio cuenta de un importante detalle: desde que había salido de la cama, no había pensado en Jairo ni una sola vez.

Quizá fuera el efecto reconfortante de una manta enorme sobre los hombros, las propiedades curativas del chocolate caliente o el efecto sanador del animal que estaba tumbado a su lado.

Por supuesto, no había tenido la suerte de que un hada madrina la tocase con su varita mágica para llevarse la apatía que la acompañaba desde hacía tanto tiempo.

Manuela sabía que Jairo era solo la punta del iceberg, y que, bajo esas frías aguas en las que estaba aprendiendo a nadar, se escondía lo mucho que extrañaba disfrutar de su trabajo, de compartir la pasión por la lectura con sus alumnos.

El sonido del teléfono interrumpió los pensamientos de la profesora. Por un momento se le heló la sangre, pese a que bajo la manta la temperatura era considerable. ¿Y si era...? No, no se atrevería. Porque no se atrevería, ¿verdad?

«Venga, Manuela, al menos, mira quién es».

Respiró aliviada cuando leyó el nombre de su ángel de la guarda en la pantalla del móvil.

—Antonio, buenos días. ¿Cómo estás?

La voz del cartero al otro lado de la línea fue como un bálsamo para el alma agrietada de la profesora.

—Buenos días, Manuela. Bien, bien... ¿Y tú? ¿Cómo te encuentras? ¿No te habré despertado?

—No, no, tranquilo. Estoy de pie desde hace rato —lo tranquilizó ella—. Gracias por llamar, Antonio. Y por lo del otro día. Y por... todo, por absolutamente todo.

Si las sonrisas pudieran viajar como lo hacían sus voces de un lado a otro de la línea, la de Manuela habría aterrizado en forma de abrazo sobre ese cartero bondadoso que tanto la había ayudado.

—No hay de qué, muchacha. Menuda cuadrilla hemos montado en esa cafetería. Pero hacemos un buen equipo.

—Sí, ya lo creo.

—No me has respondido... ¿Cómo te encuentras?

Manuela meditó la respuesta unos instantes.

—He tenido días mejores, Antonio —se sinceró al fin—.

Pero ¿sabes qué? Que también los he tenido peores.

El otro día, cuando encontré a Jairo en los brazos de esa chica, creí que me moriría allí mismo.

Bueno, en realidad, llevo creyéndome morir cada día desde hace cinco años, aunque eso ya lo sabes.

—Tras un silencio que el cartero respetó, la profesora volvió a hablar—: El viernes, cuando ya estaba al borde de.

.. —Le daba miedo reconocer, y, sobre todo, reconocerse, el oscuro abismo al que se había asomado aquella tarde antes de llegar a la cafetería—.

En fin, que cuando acudisteis a salvarme de mis propios fantasmas, me sentí arropada y querida, querida de verdad.

De algún modo, esa especie de calma en mitad de la tormenta me ha acompañado el fin de semana.

Incluso me he preparado un chocolate caliente para desayunar.

—No sabes cuánto me alegra oír eso, Manuela.

Me refiero a lo del chocolate, porque lo de sentirte querida y arropada debería ser una constante en tu vida.

No lo olvides. No mereces menos. —Manuela sabía que el cartero quería hacerle ver con cariño, pero también con la firmeza necesaria, que ese tal Jairo debía formar parte del pasado cuanto antes.

—Lo sé, Antonio. Al menos, creo que estoy en el camino de creerlo de verdad.

—El camino más largo empieza con el primer paso, Manuela.

La profesora asintió en silencio, aunque el cartero no pudiese verla.

—¿Y tú, Antonio? ¿Estás bien?

El hombre se tomó un tiempo antes de contestar:

—Sí, Manuela —respondió al fin con un hondo suspiro—.

Aunque no he podido olvidar el asunto del paquete.

Sentí ese envío sin entregar como la carta que todavía espero.

Aunque, sinceramente, estoy a punto de tirar la toalla.

Han pasado demasiados años, y empiezo a darme cuenta de que tengo que dejar marchar a Sofía.

No te negaré que me siento algo apenado porque me gustan los finales felices, como esas películas en blanco y negro en las que. ..

—Esas películas como las de antes, ¿verdad? —se adelantó la joven.

Manuela casi pudo ver su sonrisa triste al otro lado del auricular.

—Eso es. Como las de antes —susurró él con los ojos inundados de lágrimas.

—Antonio, no te lo tomes a mal, pero eres un romántico —bromeó la joven para hacerlo sonreír.

—Lo sé. Siempre ha sido mi problema, aunque también me hizo vivir momentos inolvidables con Sofía, como los que espero que vivas tú algún día con alguien que te valore de verdad.

—Te agradezco tu deseo, Antonio, pero creo que he tenido bastante romance para una buena temporada. —Las palabras de Manuela no sonaron tan amargas como lo habían hecho solo un par de días atrás.

—Nunca digas nunca, Manuela —insistió con dulzura el hombre—.

En cualquier caso, ahora descansa. Si necesitas algo, no dudes en llamarme.

No olvides que, aunque no estés ahora para amores, sí lo estás para mantener a tu lado a las personas que te quieren bien, sea de la forma que sea.

Y si no, a las pruebas me remito. ¿Cuántos libros os habéis recomendado ya Víctor y tú?

Manuela sonrió al darse cuenta de que el hombre tenía razón.

Había encontrado en ese traductor agotado a un amigo sincero con el que siempre le apetecía compartir rutina y lecturas.

También pensó en ese cartero romántico que tenía al otro lado del teléfono, que la había rescatado de sus propias lágrimas un día cualquiera y que, pese a las pocas semanas que habían transcurrido, parecía pertenecer a otra vida.

Antes de contestar, por la mente de la chica cruzaron también Briana, con su pelo salpicado de flores, y los dueños de ese refugio al que siempre podía acudir.

—Muchas gracias, Antonio.

—¿Qué te he dicho antes de tantas gracias?

—Es verdad, señor cartero.

Ambos guardaron silencio unos segundos para saborear la complicidad que se había creado entre los dos en menos de un mes.

—Cuídate, Manuela. Un abrazo.

—Otro para ti, Antonio. Vamos hablando.