El café de las almas perdidas 16. LUZ
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16. LUZ

LUZ

El inconfundible aroma del chocolate caliente se convirtió en el despertador particular de Víctor ese sábado.

Todavía enterrado bajo las mantas, estiró un brazo para consultar la hora en el móvil.

A punto estuvo de sufrir un infarto cuando se dio cuenta de que era la primera vez en años que se despertaba a las diez y media.

Tal vez porque esa responsabilidad elevada hasta niveles tóxicos estaba empezando a abandonarlo o porque las cosas habían cambiado mucho en las últimas semana.

Se dijo que le daba igual. Pocas cosas en el mundo valían más que remolonear hasta las tantas con el aroma del chocolate caliente y los silbidos de un informático enamorado de fondo.

Decidió levantarse, no sin antes abrigarse con la bata gigante que reposaba a los pies de la cama, y seguir el rastro del chocolate como si fuera un perrito goloso. Al llegar a la cocina, encontró a Dani removiendo un cazo rebosante de ese preciado manjar espeso.

—Buenos días —saludó Víctor todavía adormilado.

—Anda, si estás vivo —bromeó su amigo, que había decidido dejarlo dormir—. Buenos días, colega. He traído churros. Todavía están templados, si te apetecen.

Víctor no sabía qué había hecho en otra vida para merecer a su informático favorito.

—Buah, qué pinta... —acertó a decir mientras tomaba la bolsa de papel que había en la encimera y disponía los churros en un plato para llevarlos a la mesa—. Te veo contento —añadió con voz tontorrona y un codazo amistoso para que Dani le contase sus últimas aventuras con su musa Sigrid.

El informático se sonrojó sin perder la sonrisa, pero no respondió hasta asegurarse de que, tras rebañar el cazo a conciencia, repartía hasta la última gota de chocolate.

—Lo estoy —contestó después de tomar asiento frente al traductor con una taza enorme en cada mano y ofrecerle una a su amigo.

—Debe de ser especial, esa Sigrid. Nunca te había visto así.

—Sí que lo es.

Ambos dieron el primer sorbo a sus tazas. Allí, en esa pequeña cocina madrileña en la que tantas confesiones habían compartido desde que eran estudiantes, el tiempo se detuvo cuando el chocolate rozó sus paladares.

—Oye, tendrás que presentármela —balbuceó Víctor con la boca llena de churros y un gracioso bigote de chocolate que arrancó una sonrisa a su amigo.

—Sí, pero anda, límpiate, que con esas pintas me la espantarías.

—Le tendió una servilleta que el traductor aceptó con una mirada burlona—.

La verdad es que tengo ganas de que la conozcas, pero no quiero acelerar las cosas.

Todo está fluyendo de un modo tan natural y mágico a la vez que prefiero esperar un poco.

No quiero forzar nada. No quiero estropearlo.

—Por supuesto, Dani. Cuando te sientas preparado. Y oye —apuntó antes de robar el último churro sin que el informático se diera cuenta—, si te sobra algo de esa buena suerte que tienes últimamente, pásame un poco.

—No desesperes, colega. Estoy seguro de que hay algo para ti ahí fuera. Solo tienes que encontrarlo. O dejar que te encuentre —respondió el lado filosófico de su amigo.

—Sí que estás tú romántico... —se burló Víctor, que se apiadó de su compañero y le dio la mitad del último y ansiado churro.

Entre risas, recogieron los restos del desayuno con los primeros villancicos de la temporada sonando de fondo en la radio.

—¿Echamos una partida ahora que has abandonado la Traducueva? —preguntó Dani cuando dejaron la cocina en orden.

—No he abandonado la... —A Víctor no le quedó más remedio que callarse.

Era cierto. Por primera vez en los últimos años, no había tocado el ordenador durante casi veinticuatro horas.

—¿Decías algo? —le pinchó su compañero.

—Anda, tira, gracioso. Ve encendiendo la Play.

Después de comer, Víctor decidió cometer una locura: salir al gélido atardecer de ese primer día de diciembre.

—Tú estás loco, colega —lo halagó Dani desde sus quinientas mantas, dispuesto a alargar la hora de la siesta hasta bien entrada la noche.

—Es muy posible, sí. No sé de qué te extrañas a estas alturas.

Víctor pertenecía a ese curioso grupo de personas en peligro de extinción que adoraban los días cortos, las noches largas, las bufandas y las cifras de un solo dígito en el termómetro.

Mientras se enfundaba un gorro de lana y unos guantes gorditos, Dani le regaló unas últimas palabras desde su cálida trinchera:

—Lo que yo te diga. Loco de remate...

—Yo también te quiero, tío. Nos vemos luego —respondió el hombre de las nieves.

—Eso si vuelves con vida. Oye, si no, ¿puedo quedarme con tu cuarto? Es más soleado que el mío, y no lo necesitarás cuando mueras congelado ahí fuera.

Víctor abrió la puerta entre carcajadas y, por toda respuesta, agitó la mano enguantada antes de salir.

El traductor bajó a pie hasta el portal y caminó hacia el paseo del Prado.

En su época de estudiante, le encantaba aprovechar las últimas horas del día para recorrer la ciudad sin rumbo.

Igual que tantas otras cosas, había abandonado esa costumbre cuando el mundo laboral empezó a comérselo por los pies.

Pero aquel día había decidido retomar algunas de esas rutinas que nunca debió perder.

Así que allí estaba, sonriendo como un crío al observar las luces de Navidad de la capital.

Llegó a Cibeles antes de darse cuenta y decidió seguir hasta Gran Vía, donde algunos valientes —quizá también locos amantes del invierno— habían salido a hacer sus primeras compras navideñas.

Víctor hizo una parada técnica en La Casa del Libro hasta perder la noción del tiempo entre las estanterías.

Aunque aún le quedaban unas páginas de Valancy Stirling o el castillo azul , salió de la librería con un buen botín.

Para las noches navideñas que se avecinaban, escogió una edición preciosa de los Cuentos de Navidad , de Charles Dickens.

Hacía años que no se sumergía en el viaje del señor Scrooge y sus curiosos visitantes navideños.

Para alternar con el clásico victoriano, como no guardaba la esperanza de ver en Madrid un solo copo de nieve, se llevó también El día que dejó de nevar en Alaska , de Alice Kellen.

Como Dani tenía la cabeza en unas nubes con nombre femenino, quizá evitase las burlas por haberse comprado una novela romántica.

Manuela le había hablado maravillas de su última lectura de la autora, La teoría de los archipiélagos , y le había picado la curiosidad.

Por último, tal vez por deformación profesional o simplemente para ver si podía existir un editor chiflado en el buen sentido, se decantó por La editorial del señor Bennet , de Mónica Gutiérrez.

¿Qué podía salir mal con un perro gigante como fiel compañero de la protagonista y cuervos como inquilinos del roble que se había colado en la biblioteca de la editorial de Bruno Bennet?

Cargado de felicidad y libros —que a menudo eran sinónimos—, Víctor salió de nuevo a la calle, esa vez, sin culpa por el despilfarro que se había permitido.

Caminó de regreso a casa abrazado a su tesoro literario como si su vida dependiera de ello y disfrutó de los tonos rosáceos y anaranjados que le regalaron los últimos rayos del sol madrileño.

Al llegar a casa, encontró a Dani debatiéndose entre varios jerséis exageradamente gruesos para salir. Había quedado para cenar con su musa y no se decidía. De fondo, el traductor pudo ver las prendas del armario revueltas de tanto buscar.

—¿Vas a ponértelos todos? —bromeó Víctor desde el umbral al tiempo que señalaba los jerséis de la cama—. Tantas capas pueden suponerte un problema si la cena sale bien...

Dani puso los ojos en blanco ante la obscenidad de su amigo.

—Ayúdame a elegir y deja de decir tonterías, anda. —Tomó una de las prendas y se la mostró a Víctor, que negó con la cabeza—. ¿Y este?

—Depende.

—¿De lo bien que vaya la cena? —se adelantó Dani a la posible repetición de la broma anterior.

—No, de si quieres que tu musa nórdica salga corriendo.

El informático bufó frustrado. La moda no era su fuerte.

—Déjame ver. —El traductor se acercó a la cama, donde su amigo había extendido sus mejores galas, y no tardó en dar con el conjunto adecuado.

—¿Cómo lo haces? Si siempre trabajas en casa... No es justo que tengas esa habilidad.

Víctor encogió los hombros, divertido, pero la tensión que notaba en Dani le hizo ponerse serio de nuevo. Su amigo estaba nervioso. Mucho.

—Eh, escúchame, colega. —Le apoyó las manos en los hombros y el informático alzó la mirada hasta encontrar la suya—. Todo irá genial.

—¿Cómo lo sabes? Me da miedo que todo esto haya sido un sueño y que despierte en cualquier momento.

—Porque te conozco desde hace mucho. Te he visto con muchas chicas...

—No tantas. No te pases —interrumpió Dani.

—Bueno, ya me entiendes. Decía que te he visto con «no tantas» chicas y nunca, jamás, te habías puesto tan atacado.

Víctor se dio cuenta de que Dani iba muy en serio.

Por un momento, la tristeza lo invadió al pensar que eso podría significar el final de esa etapa juntos, en ese piso que llevaban compartiendo tantos años.

Pero decidió aparcar la nostalgia para otro momento.

Dani estaba a punto de dar un paso importante y él quería estar a su lado cuando lo hiciese.

—Joder, colega, qué poético. Luego me dices a mí que soy el romántico.

Víctor dejó escapar una carcajada antes de tenderle a su amigo las prendas seleccionadas.

—Anda, venga, vístete y sal a vivir tu historia de cuento.

—Gracias, tío. Lo haré. La verdad es que sí, lo que estoy viviendo con Sigrid parece sacado de una novela. Solo me falta un narrador —añadió medio en broma el informático.

Víctor, que había empezado a caminar hacia la puerta del dormitorio, se detuvo en seco.

—¿Qué pasa? —preguntó Dani algo preocupado.

Víctor se dio la vuelta con una sonrisa pintada en los labios y se acercó de nuevo a él para darle un abrazo de lo más efusivo.

—Tío, eres la hostia.

Sin más, salió de la habitación y dejó a Dani tan descolocado como las prendas de su armario.