El café de las almas perdidas 15. AL LÍMITE #2
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15. AL LÍMITE #2

—No me extraña —respondió Manuela con una sonrisa amarga—.

Durante cinco años, no me he entendido ni yo.

Veréis, él siempre dejó entreabierta la puerta.

Nunca me hizo creer que estuviera enamorado de mí, pero tampoco lo contrario.

Y sabía de sobra lo que yo sentía por él.

.. Mis últimos años se han traducido en invitaciones espontáneas, cancelaciones de última hora, llamadas interminables seguidas de silencios eternos durante semanas.

.. El otro día volvió a invitarme a cenar en uno de los mejores restaurantes de la ciudad.

Llegué antes de la hora y... —Tuvo que inspirar hondo para armarse de valor antes de soltarlo—: Lo vi bajarse de un taxi con otra mujer, a la que besó como si el mundo se fuera a terminar en aquel preciso instante.

Tras la dura pero necesaria confesión, Manuela relajó los hombros, tomó la taza de rooibos y cerró los ojos. ¿Acaso era aquella sensación algo parecido al alivio?

—Así que encadenó dos citas... Qué hijo de puta —bufó Víctor.

—Lo sé. En el fondo, supongo que siempre lo supe...

—Manuela, gracias por compartirlo con nosotros. Si hay algo que podamos hacer, lo que sea, solo tienes que decirlo.

—Gracias, Briana —susurró la profesora con una cálida mirada hacia ambos.

Por último, dirigió esos ojos marrones a su ángel de la guarda.

La sonrisa de Antonio tuvo en Manuela el mismo efecto que los últimos rayos de sol tras una tarde de tormenta.

—Estamos aquí para lo que sea, ¿me oyes? —le recordó el cartero al tiempo que le tendía una porción de tarta.

Manuela le devolvió la sonrisa. Esperaba, algún día, devolverle también todo lo demás, cada uno de los gestos con los que había abrazado su alma rota hasta recomponer todos los pedazos.

Aunque todavía no estaba preparada para darse cuenta, aquellos últimos minutos en ese rincón oculto del barrio más insospechado de Madrid se habían convertido en lo más cercano a la felicidad que la profesora había experimentado en los últimos tiempos.

—¿Qué tal estáis vosotros? No quiero ser el centro de atención —preguntó algo avergonzada.

—Un poco tarde, maja... —Víctor le dio un golpecito en el brazo a modo de broma. Se alegraba de que estuviera más tranquila.

—Lo siento...

—Anda, no digas tonterías. Para eso estamos. Aunque me parece que el resto no hemos tenido una semana mucho más alegre... —Briana, que en gran medida había recuperado la calma, no podía olvidar los problemas de su floristería.

Manuela frunció el ceño mientras masticaba la deliciosa tarta de zanahoria.

—¿Qué ha ocurrido?

Sus tres compañeros se miraron indecisos.

—¿Quién empieza? —Víctor rompió el silencio tras unos segundos.

—Briana, ¿te animas? —la alentó el cartero con una cálida sonrisa.

La florista asintió e inspiró hondo antes de contarles lo inevitable:

—Es muy posible que tenga que cerrar la floristería a finales de año.

—Oh, no... —Manuela dejó la taza de rooibos en la mesa con manos temblorosas.

La compañía de esas tres almas perdidas la estaba ayudando tanto a reencontrarse consigo misma que las penas de Briana le pesaban casi más que las propias—.

¿No hay nada que podamos hacer? ¿Publicidad?

¿Buscar inversores? No sé, no tengo ni idea de negocios, pero. .. Tiene que haber algo.

—Diego me ha sugerido que me abra un perfil en Instagram y que pruebe suerte con la publicidad. Es la última baza para cumplir mi sueño, el que siempre compartí con mi abuela.

—Espero que funcione, de verdad.

—Gracias, Manuela. En fin, sé que no es el primer negocio que sale mal, pero significa mucho para mí. Mudarme a Francia con mi familia mientras encuentro otro trabajo no me apetece. Digamos que no nos llevamos muy bien.

La profesora le dio un abrazo cargado de una complicidad, un cariño y un apoyo que Briana no había vuelto a recibir tras la muerte de Cecilia.

—Todo irá bien. Ya lo verás —susurró Manuela.

—Bueno, ¿siguiente? Esto empieza a parecer la consulta del dentista —apremió la florista a sus amigos al tiempo que se retiraba una lágrima de la mejilla con el dorso de la mano.

—Te toca, muchacho —animó Antonio al traductor.

El cartero parecía algo más reconfortado con la taza de café, todavía caliente, entre las manos. Sin embargo, el tinte de nostalgia no abandonaba su mirada.

—Está bien —respondió Víctor antes de recolocarse las gafas—. Lo mío es breve. Estoy harto de mi trabajo y no sé qué hacer con mi vida.

Los ojos verdes de Manuela se abrieron impactados por las palabras de su amigo. Parecía que aquella tarde todo fueran malas noticias.

—¿No te gusta traducir? —preguntó la profesora, que había cogido cariño a ese chico de letras que, como ella, había perdido la ilusión por su oficio.

—No lo sé, Manuela. Estoy cansado. No tengo estabilidad económica y ahora apenas me quedan encargos pendientes. Pero sí, creo que también estoy aburrido de traducir. Y nunca pensé que diría esto. La cuestión es: ¿qué hago con mi vida si lo dejo?

—Por lo que cuentas, la diferencia entre seguir trabajando en algo que apenas te da dinero y dejarlo del todo tampoco parece tan grande, ¿no? —reflexionó la profesora en voz alta.

—También es verdad... Pero no sé, por poco que sea, siempre entra algo a fin de mes. Tengo que pensar mucho y siento el cerebro frito. —Víctor se pasó las manos por el cabello. Su gesto, que sus amigos ya empezaban a considerar familiar, despertó en ellos una sonrisa—. Antonio, te toca.

El cartero, que justo había dado el último sorbo a su delicioso vienés, dejó la taza en la mesa.

—Lo mío no es tan grave —respondió cohibido—.

Simplemente me tomo mi trabajo demasiado en serio y me dejé llevar.

—Los jóvenes lo miraron curiosos—. Tenía que entregar un paquete y.

.., bueno, cuando veo un sobre o una caja con el destinatario y el remite escritos a mano, me acuerdo mucho de Sofía, mi mujer.

El caso es que tenía que entregar un paquete que parecía especial y no pude hacerlo.

La destinataria se había mudado. Nadie sabe adónde se fue.

—Bueno, dicen que todo pasa por algo y que, si no, también es por algo. Mírame a mí... —respondió Manuela con una sonrisa triste.

—Antonio... —se aventuró el traductor—. ¿Y si en el fondo ha sido lo mejor?

Ni las chicas ni el cartero sabían a qué se refería su amigo.

—Explícate, joven.

—¿Sabéis esa frase que dice que no vemos las cosas como son, sino como somos?

—Sus amigos asintieron, curiosos, para escuchar la teoría de Víctor sobre aquel paquete que jamás llegaría a su destino—.

¿Y si esa chica es más feliz ahora, en otra parte, con otra persona o incluso sin ella?

Puede que ese paquete hubiese abierto viejas heridas.

Antonio no había pensado en esa posibilidad, pero no tardó en darse cuenta de que el muchacho podía estar en lo cierto.

Nunca conocería el final de aquella historia, pero quizá debía dejar que la vida se rigiera por sus propios planes.

Tal vez se había aferrado a un pasado que, por más que lo intentase, no regresaría.

Antonio sonrió agradecido por esos jóvenes que la vida, el destino o quizá Sofía había puesto en su camino cuando más lo necesitaba. Pocas cosas valen más la pena que tropezar con corazones amables que de verdad estén dispuestos a escuchar.

—¿Qué tal va todo por aquí? —La voz de Anabel se coló entre los amigos como la brisa fresca de una mañana de verano y trajo consigo el hilo musical que inundaba la cafetería en esos instantes, Autumn Leaves , de Nat King Cole.

—Mucho mejor. Gracias por todo, Anabel —respondió Manuela más tranquila.

—No hay de qué, hija mía. A veces necesitamos que nos recuerden que siempre vuelve a salir el sol.

La profesora asintió con los ojos cerrados, como si esos rayos cálidos también empezasen a brillar en su mente.

Por un instante, los disfrutó en silencio, con el olor de los dulces mezclado con el aroma de los libros que había junto a ella y la certeza de que siempre quedarían razones por las que volver a levantarse.

Aunque Anabel no se atrevió a decirle nada a Briana delante de los demás, se marchó de aquella mesa mucho más tranquila al ver su clara mejoría tras ese momento a solas que había compartido con Diego.

Solo esperaba que ese testarudo hijo suyo se despojara de sus temores y la invitase a cenar algún día.

Sin embargo, había algo más que rondaba la mente de la pastelera. Algo que le pesaba desde hacía unas semanas. Quizá ella también debía aplicarse sus propios consejos y deshacerse de los miedos para dar ese paso que llevaba algunas semanas meditando.