El café de las almas perdidas 15. AL LÍMITE
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15. AL LÍMITE

AL LÍMITE

Víctor y Briana tardaron unos instantes en comprender la repentina angustia del cartero.

—Víctor, corre. —La florista le dio golpecitos en el brazo al traductor, que apenas tuvo tiempo de evitar que se derramase su capuchino antes de seguir a la chica en la misma dirección que Antonio había tomado segundos antes.

—Manuela... —susurró Briana al llegar al umbral de la cafetería.

La profesora lloraba desconsolada en los brazos de Antonio, que había llegado justo a tiempo para sostenerla antes de que cayera al suelo desfallecida por derramar tantas lágrimas.

—No lo entiendo —sollozó Manuela, con la cara pegada al pecho de su ángel de la guarda—. Es que no lo entiendo...

—Tranquila, Manuela. Estamos aquí. Todo irá bien.

—Antonio intentó calmarla, aunque la preocupación ante la incertidumbre de qué podía tener a la joven tan alterada se apoderaba de él a pasos agigantados.

Pero no dudó ni un instante de lo que había que hacer en ese momento—.

Chicos, id a buscar a Anabel, por favor.

—Ya voy yo.

Briana entró de nuevo a la cafetería para buscarla. Sin embargo, tropezó con Diego y, al instante, el tropel de emociones acumuladas le cayó como una losa: Manuela, el inminente cierre de su negocio y lo que fuera que sentía por el chico que tenía delante la paralizaron.

«Pero ¿en qué estás pensando? Manuela necesita ayuda», se reprochó.

—Briana, ¿todo bien? —se alarmó el pastelero al observar su semblante.

—Sí, no, bueno... ¿Dónde está tu madre?

Diego no entendía lo que ocurría, pero, precisamente por eso, supo de inmediato que, si había alguien en el mundo capaz de resolver conflictos mundiales con su sola presencia, esa era Anabel.

—Voy a buscarla. Siéntate y no te muevas. Estás muy pálida.

El joven acarició la mejilla de la florista en un acto reflejo.

Quizá, solo en instantes de pura supervivencia, su coraza de franela sacaba el instinto más puro y salvaje que escondía aquel pastelero con espíritu de bosque.

Briana sintió un remolino similar a lo que debían de experimentar las flores cuando las mecía la brisa una mañana de primavera.

—Vale, gracias —acertó a responder.

Diego se perdió entre los clientes que lo separaban de la barra hasta desaparecer de su campo de visión.

Mientras veía cómo se alejaba, Briana se sintió egoísta.

La que necesitaba ayuda era Manuela y, sin embargo, el chico más amable que había conocido estaba preocupado por su palidez, que, por cierto, le venía de serie.

—Briana, ¿qué ha pasado? ¿Te encuentras bien? —Anabel la sacó de sus pensamientos de golpe.

La mujer había salido de la cocina a toda prisa, con el delantal y el cabello salpicados de harina y el semblante teñido de preocupación.

—Sí, sí... Yo no... Es Manuela. Está fuera, con Antonio y Víctor. No sé qué ha ocurrido.

—Voy a ver. Diego, quédate con ella, por favor.

—Claro, mamá.

Anabel salió corriendo hacia la entrada del local. El cartero y el traductor habían apartado a Manuela unos metros de la entrada; estaban sentados en un banco cercano, en una zona más tranquila y menos transitada.

Desde el interior, Diego observaba atento por si necesitaban refuerzos, pero sin perder ni un instante la atención en la florista, que apenas se atrevía a mirarlo a los ojos.

—Briana, todo irá bien. Ven aquí.

Y así, sin pensarlo demasiado, tal y como ocurre con las mejores decisiones en la vida, el joven la rodeó y, sin saberlo, aquellos brazos fuertes y cálidos le proporcionaron la calma que necesitaba.

Al momento, la olla dejó de coger presión en la mente de Briana, que solo podía pensar en el abrazo de ese hombre bueno que lo había dejado todo, incluso las rebeldes coberturas de las tartas de zanahoria, para estar junto a ella.

—Gracias —musitó la joven mientras hundía el rostro en el pecho de Diego.

Su camisa de franela olía a mantequilla, a especias, a bosque, a él... A hogar.

—No hay de qué. —La voz de Diego era firme, segura, tranquilizadora.

Quizá era cierto que todo lo bueno era libre y salvaje. Quizá, después de tanto tiempo acorazado tras los miedos, Diego había decidido hacer caso a su corazón y a su madre.

Cuando Briana temió que aquel momento se hubiera tornado demasiado íntimo, levantó el rostro. El repostero comprobó que las mejillas de la chica de las flores habían recuperado su color, quizá con un toque sonrosado más notable de lo habitual.

—¿Estás mejor? —le preguntó con una sonrisa.

—Sí, gracias —murmuró ella al tiempo que apartaba la mirada.

—¿Quieres contarme qué ha pasado?

Briana inspiró profundamente para tratar de ordenar sus pensamientos antes de darle una respuesta. En realidad, ni ella misma lo tenía claro.

—Estábamos charlando cuando Antonio ha echado a correr hacia la entrada. Al darme la vuelta, he visto a Manuela llorando entre sus brazos. No sé qué le ha ocurrido —resumió con la voz entrecortada.

Pero algo no terminaba de encajarle a Diego.

—¿Y a ti? ¿Qué te ha ocurrido?

—Pues... —Su mente volvía a estar calmada, así que Briana intentó ordenar las piezas del puzle de sus emociones—. Verla así me ha tocado mucho, la verdad. Supongo que empatizo demasiado con el dolor ajeno, sea del tipo que sea. Pero...

Diego no apartó la mirada de los ojos verdes de la florista.

—¿Pero? —la animó a continuar.

—Pero no ha sido solo eso, y me siento egoísta.

—¿Por qué? —Diego encontró tan sinceras y tiernas sus palabras que no pudo reprimir el instinto de tomarle una mano para acariciarla. Al final le iba a coger el gusto a eso de romper la coraza...

Un escalofrío sacudió a Briana con el roce de su piel. La encontró tan cálida y tranquilizadora como la mirada firme de su dueño.

—Porque es ella la que necesita ayuda.

—Todos necesitamos ayuda.

—Entonces tú también.

Diego no supo qué contestar. No porque tuviera dudas, sino porque sabía que era cierto. Briana temió haberse excedido y decidió responder a la pregunta del chico:

—Temo que la idea de abrir un perfil en Instagram e invertir en publicidad no sea suficiente. Si a finales de año no he logrado salir a flote, tendré que cerrar la floristería.

«Y encima me gustas, y no quiero que nos hagamos daño si todo sale mal y me veo obligada a marcharme a Francia», añadió para sus adentros.

Antes de que Diego pudiera contestar, la voz de su madre los interrumpió:

—¡Diego! Ve preparando un rooibos para Manuela, por favor.

El pastelero y Briana volvieron de golpe a la realidad. Mientras el chico obedecía la petición de su madre, la florista se acercó al grupo para interesarse por su amiga.

—Manuela, ¿cómo te encuentras? Siento mucho haberme ido así. Vine a buscar a Anabel y...

—Gracias, Briana, no pasa nada. Os habré dado un susto de muerte... —respondió la profesora con una sonrisa húmeda en el rostro.

La curva de sus labios fue suficiente para apaciguar el sentimiento de culpabilidad de la florista.

—Vamos, siéntate aquí. —Anabel, que no había soltado el brazo de la profesora en ningún momento, la ayudó a acomodarse en uno de los sillones bajo la enorme librería del establecimiento, el favorito de Manuela—.

Enseguida te traemos el rooibos, bonita.

Y escúchame —levantó el mentón de su clienta con cuidado pero con firmeza—: Eres preciosa y maravillosa. No lo olvides.

—Gracias por todo, Anabel —dijo Antonio, que se había mantenido en un inteligente silencio desde que ella había empezado a hablar con Manuela para calmarla.

—Para eso estamos, Antonio. No me las des —repuso con una mirada sincera y cálida.

Víctor sonrió agradecido por la ayuda de Anabel.

El traductor también empezaba a sentir que aquella mujer y aquel lugar tenían poderes curativos.

Incluso cruzó una mirada con Diego cuando este regresaba a la mesa con el rooibos para Manuela.

En ese momento, el pastelero enterró por completo el hacha de guerra al darse cuenta de que ese pobre traductor era una buena persona y se había desvivido junto al cartero por calmar a la profesora.

El repostero acercó también las bebidas que habían dejado olvidadas en la barra y unas generosas porciones de tarta de zanahoria para todos.

—Aquí tenéis. Invita la casa. —Tras posar con cuidado la bandeja sobre la mesa, cuando nadie más miraba, le guiñó un ojo a Briana.

Esta se sonrojó y no pudo reprimir el gesto más especial que podía haberle dedicado. Por fin, lo había conseguido: Diego había sido el causante de una de las preciosas sonrisas de Briana.

—¿Quieres hablar de ello? —le preguntó la florista a Manuela, para evitar que se notase demasiado lo que acababa de suceder.

La profesora se colocó la media melena rubia tras las orejas para despejarse el rostro y, con algo de suerte, la mente.

Los brazos de Antonio y el cariño de Anabel habían aliviado gran parte del nudo que le atenazaba la garganta, pero la tristeza seguía ahí, como una enorme piedra que le impedía caminar por la vida con la cabeza bien alta.

—A ver por dónde empiezo... —Tragó saliva y se concentró para hacerles a sus nuevos amigos un breve resumen de su desastre amoroso.

Solo Antonio estaba al corriente—. He pasado cinco años detrás de un chico, un compañero de trabajo.

Se llama Jairo y es profesor de Matemáticas.

—Guardó silencio. No era fácil sincerarse consigo misma en voz alta.

Víctor, que permanecía callado desde hacía un rato, posó una mano sobre su hombro para darle confianza.

—Tranquila, Manuela. Comparte hasta donde te sientas cómoda —susurró.

La profesora asintió e hizo un gesto con la mano para restarle importancia. Quería hacerlo. Quería soltarlo de una vez y dejar atrás a ese hombre y sus dichosas matemáticas.

—Ojalá me hubiera rechazado desde el principio. Habría tenido una respuesta clara, y pasar página habría sido más sencillo.

—No te sigo —se atrevió a interrumpir Briana.