El café de las almas perdidas 14. LO QUE TÚ QUIERAS
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14. LO QUE TÚ QUIERAS

LO QUE TÚ QUIERAS

«Al fin viernes». Anabel adoraba su trabajo, pero la semana en la cafetería había sido de lo más ajetreada. La llegada del frío, de las primeras heladas y los atardeceres tempranos hacían que la ciudad se resguardase como si sus habitantes fueran animalillos del bosque.

—Un chai latte y un rollito de canela, por favor.

—Marchando.

Entre un pedido y otro, la mujer intentaba encontrar la calma en los pequeños placeres que suponían dirigir su propio negocio: deleitarse con una galleta recién horneada, con el aroma de los tés otoñales que acababa de recibir o con el privilegio de recetar dulces y buena compañía a todas las almas sin rumbo que cruzaban la entrada de ese refugio tan especial en el lugar más insospechado de Madrid.

Tras servir ese chai latte con doble de canela y mucho cariño, pasó a la cocina.

Diego, que caminaba de un lado a otro con una espátula en una mano y el teléfono en la otra, le hizo aspavientos con los brazos.

Por un instante, Anabel no supo si se había desatado el apocalipsis, si su hijo había iniciado alguno de esos deportes modernos que jamás sabría pronunciar o si, sencillamente, quería que guardara silencio.

Se decantó por esto último cuando el chico se llevó el móvil a la oreja.

—Sí, sí, sigo aquí. Perdona.

La madre permaneció en el quicio de la puerta y esperó paciente a que su hijo terminase de hiperventilar y de hablar por teléfono, en ese orden.

—Sí, no hay problema. —Diego volvió a guardar silencio unos instantes—. Claro, podemos hacerlo. ¿Para abril? Sí, es perfecto... No, no, está bien. De acuerdo, gracias a ti. Hasta luego.

Cuando el joven repostero terminó la llamada, miró a su madre muy serio y tomó asiento junto a la encimera donde hacía su magia.

—¿Todo bien, hijo? —Anabel se atrevió a romper el silencio.

Diego asintió un par de veces, sin pestañear siquiera, y ella decidió acercarse.

Tomó un taburete, se sentó junto a su hijo y posó una mano sobre la de él, que aún permanecía temblorosa sobre el teléfono.

El cálido contacto pareció despertar al muchacho, que por fin acertó a mirar a su madre a los ojos y empezar a hablar.

—Mamá —anunció con la misma seriedad con la que se enfrentaba a esas traviesas coberturas de las tartas de zanahoria—. Me han hecho un encargo.

Anabel, que no entendía el motivo de semejante estado de nervios por un cliente más, alzó las cejas desconcertada. Diego suspiró muy profundo, como si se armase de valor para continuar.

—Es un encargo importante.

—De acuerdo. —Al ver que su hijo no añadía nada, como si esas crípticas palabras justificasen su nerviosismo, Anabel no pudo más—. Diego, hijo, me tienes en ascuas. ¿Me vas a contar algo más antes de que te dé un ataque y luego me dé otro a mí?

Al fin logró arrancar una sonrisa a su hijo. Aquel simple gesto, que en el fondo de simple no tenía nada, pareció deshacer el nudo que atenazaba a Diego de la cabeza a los pies.

—La chica con la que hablaba era Graciela Sorní, la influencer de moda. Estuvo aquí hace unas semanas, probó una de nuestras tartas...

—«Tus» tartas —corrigió Anabel.

—Bueno, probó una de mis tartas, le gustó y...

—¿Y...? —lo animó su madre, cada vez más impaciente.

Diego tomó aire una vez más. Con todas las veces que había inhalado y exhalado en los últimos minutos podría haber inflado un globo aerostático.

—Me ha encargado la tarta de su boda —soltó al fin—. Una por todo lo alto, mamá, con tropecientos pisos y esas cosas que solo salen en las películas.

—Diego... ¡Eso es fabuloso! —Anabel se levantó entusiasmada y abrazó a su hijo de pura emoción—. Sabía que tarde o temprano te llegaría una gran oportunidad. Oye, pero ¿qué hacía una chica como esa en un barrio como este?

—Eso mismo me he preguntado yo, la verdad. Por lo visto, una amiga de toda la vida le recomendó que nos visitase. Y menos mal.

—¿Y por qué no me dijiste que habíamos atendido a una famosa en nuestro café?

—Yo no la vi, mamá. La atenderías tú.

—Claro, y la anticuada de tu madre no conoce a los famosos de hoy. Es increíble, Diego, tanto lo vieja que me hago sin darme cuenta como lo que estás a punto de conseguir. Enhorabuena.

—Gracias, mamá. Fingiré que no he oído eso de que te haces vieja. Si esta oportunidad sale bien, nos dará buena publicidad.

Anabel ladeó la cabeza antes de responder:

—«Te» dará buena publicidad —hizo especial énfasis en la primera palabra—. Y por supuesto que saldrá bien. Tienes un don para la repostería, hijo. Ya era hora de que alguien se diera cuenta, además de tu madre.

¿Cuántas veces tenía que decirle a ese chico que no debía hacer nada para que se sintiera orgullosa de él? ¿Cómo le explicaba en ese lenguaje suyo de franela y pasteles que lo estaba desde el día en que nació?

Diego sonrió con los ojos húmedos sin saber si se debía a los nervios, a la terrible idea de tener que abandonar sus camisas de franela para causar buena impresión a la influencer o al orgullo que su madre sentía por él.

—Te quiero, Diego. Te lo mereces.

—Yo también te quiero, mamá. Y todo te lo debo a ti.

Anabel sujetó a su hijo por los hombros. Había algo en aquel gesto que siempre lograba que las palabras calasen más y que quien las recibía se las creyese.

—Escúchame —le pidió con un leve zarandeo—. Te lo debes a ti. A nadie más que a ti, ¿me oyes? Con la cabeza bien alta, Diego. Vales muchísimo y te lo mereces todo. Todo.

Diego asintió varias veces, en parte atemorizado por la seriedad de su madre.

En el fondo sabía que cada una de aquellas palabras era cierta, pero era tan en el fondo y estaba tan oscuro allí abajo que ni sus botas de leñador lograban pisar con firmeza ese terreno sombrío y desconocido.

Por un instante, se descubrió preguntándose si eso significaba que tenía que cambiar de calzado, pero terminó por decidir que era mejor subir a la superficie y volver a disfrutar de la luz, como hacían las flores cada primavera.

Las flores... Aquello le recordó a Briana una vez más. Estaba casi convencido de que no había sido el único en sentir ese algo la última tarde que se miraron a los ojos sin querer. Pero para un joven pastelero con alma de leñador y espíritu de bosque no era tan sencillo averiguarlo.

—Venga, arriba ese ánimo y a seguir, que tenemos clientes esperando. —Su madre lo sacó de sus pensamientos al tiempo que le tendía la libreta donde apuntaban las comandas.

Diego asintió y se dirigió hacia la barra mientras su madre lo observaba con una gran sonrisa.

Todavía agitado por la montaña rusa emocional que acababa de vivir, se detuvo en seco al llegar.

Frente a él, sentada, distraída, despeinada y más guapa de lo que le gustaría admitir, estaba la chica de las flores.

Cuando ella reparó en el pastelero, debió de verlo tan blanco que se levantó enseguida y le preguntó:

—Diego, ¿te encuentras bien?

«Ya sé cómo ayudarla».

—Sí, sí —tartamudeó el joven—. Hola, Briana, perdona. Es que llevo una semana muy ajetreada. ¿Qué tal todo? ¿Qué quieres tomar? —Al menos había recuperado el habla.

—Bien, bueno, ya sabes. —En realidad, no. Diego no lo sabía, pero se moría por averiguarlo—. Estoy esperando a los demás. ¿Te acuerdas del extraño grupo de terapia que acabamos formando la semana pasada?

Diego asintió sonriente. Por aquella cafetería pasaban todo tipo de personajes, pero nunca dejaba de sorprenderse con lo surrealista de algunas situaciones.

—Por cierto, Briana. Estaba dándole vueltas a algo.

—El joven sonrió travieso, emocionado con el as que la vida le había metido en la manga—.

¿Qué te parecería promocionar tus flores en Instagram?

No tienen por qué ser imágenes profesionales, pero tu local es precioso.

Bastaría con colocar los ramos en cualquier rincón bonito y anunciarte en las redes.

No entiendo cómo no te abriste una cuenta en Instagram el día que inauguraste Un Ramito de Violetas.

—Briana se quedó pensativa—. ¿Qué? ¿Acabo de descubrirte ese invento moderno llamado internet?

—El chico sonrió con los codos apoyados al otro lado de la barra, intentando no pensar en esas ondas pelirrojas que lo distraían constantemente.

—No es eso, tonto. Pero sí, reconozco que soy un desastre con esas modernidades. ¿Sabes que todavía saco fotos con la cámara analógica? Mi teléfono es una patata.

Diego se echó a reír sin alejarse ni un centímetro de la chica de las flores.

—Bueno, puedes hacerlas con la cámara analógica y digitalizarlas luego. Serán aún más especiales.

—Sinceramente, Diego, no se me había ocurrido. Pero sí, puede que tengas razón —respondió ella tras unos instantes de silencio—. Intentaré sacar algunas fotos bonitas y probar suerte.

—Si necesitas ayuda, cuenta conmigo.

—Gracias, de verdad. Por cierto, ¿me pones...?

La chica se quedó pensando unos instantes, los necesarios para que los nervios le jugaran una mala pasada a Diego.

—Lo que tú quieras.

«Mierda».

Rojo como un tomate —o más bien como una tarta red velvet , porque, aunque el pastelero se vista de seda, pastelero se queda—, apartó la mirada de Briana, a la que, sin saberlo, le había arrancado la primera sonrisa del día, casi de la semana.

—Creo que necesito una buena porción de esa tarta de zanahoria mágica que preparas y una taza gigante de rooibos de canela. Esta vez pago yo, por favor, que no quiero abusar —pidió la pelirroja todavía con la sonrisa pintada en los labios.

—Claro. Enseguida. —Diego se apresuró a darse la vuelta, temeroso de meter la pata otra vez.

—Diego. —La voz de Briana le produjo un vuelco en el corazón.

—¿Sí?

Pero antes de que ella pudiera pronunciar palabra, un cliente se acercó a la barra, justo a su lado, para reclamar el café que había pedido cinco minutos antes.

Diego sonrió a Briana en señal de disculpa y se apresuró a atender al señor.

Sin embargo, ni el ruido de la cafetera silenció su curiosidad por lo que fuera a decirle la chica de las flores.

Tenía la intención de ser valiente por primera vez y preguntárselo, pero, cuando regresó de servir al inoportuno cliente, Víctor ya se quitaba el abrigo y la bufanda para tomar asiento junto a su amiga.

Y la valentía abandonó por completo a Diego.

¿Y si las flores conjuntaban mejor con unas palabras bonitas que con su tarta de zanahoria?

—Diego —lo llamó Briana—. ¿Te acuerdas de Víctor?

—Claro, ¿qué tal? —El repostero se armó de valor y se acercó a ellos con el pedido de la florista—. ¿Qué quieres tomar?

—Un capuchino descafeinado y un cruasán, por favor —pidió el traductor.

—Marchando. —Diego se retiró a preparar la comanda, aunque dejó tras de sí un rastro de tristeza repentina que a Briana no se le escapó.

—Qué raro está... —comentó en voz alta.

—¿Diego? Es que le gustas —aseguró el traductor como si fuera lo más evidente del mundo, aunque, en el fondo, lo era.

—¿Qué dices? No lo creo... —El color de las mejillas de Briana subió un par de tonos mientras pronunciaba estas palabras.

Víctor alzó las cejas antes de responder:

—Y él a ti, ¿no?

La florista estuvo a punto de atragantarse con un sorbo de rooibos.

—Yo, esto...

—Eso es que sí —interrumpió Víctor—. Bueno, no quiero sacarte más los colores, que bastante juego hacen ya con tu pelo.

Briana intentó serenarse y concentrarse de nuevo, pero, por alguna razón, no dejaba de imaginar a Diego preparando esas coberturas perfectas, amasando galletas, espolvoreando canela en esos chai latte .

.. De pronto, ya no le parecía ese chico tan serio de las semanas anteriores.

Pero complicarse la vida era lo último que necesitaba. Al menos, eso creía.

—Bueno, ¿qué tal tu semana? —preguntó al traductor para cambiar de tema.

—Regular... ¿Y la tuya?

—Pues igual, la verdad. Ya os cuento luego, cuando estemos todos.

Justo en ese momento, la florista distinguió a Antonio, que cruzaba el umbral de la cafetería acompañado de ese aire tan de antes como encantador que siempre desprendía.

—Buenas tardes, chicos —los saludó antes de dejarse caer sobre uno de los taburetes libres.

—Antonio, ¿estás bien? —A Briana le sorprendió el decaimiento del cartero. Lo había encontrado mucho más animado cuando lo conoció en compañía de Manuela.

El hombre pensó bien la respuesta.

—No, Briana. La verdad es que no.

Víctor y la florista intercambiaron una mirada de tristeza al observar al cartero.

—¿Quieres hablar de ello? —se aventuró el traductor.

—Sí, pero antes necesito ese café vienés tan especial que solo Anabel prepara con tanto gusto. Os pongo al día cuando llegue Manuela.

Briana sonrió al comprobar lo que en el fondo ya sabía: al cruzar la puerta de aquel refugio en medio del caos de Madrid, las penas, de algún modo, se hacían un poco más pequeñitas.

Anabel acudió enseguida cuando el cartero la llamó con un gesto a pocos metros de los jóvenes. El hombre agradecía sentirse el cliente favorito de la repostera, que tanto cariño y cuidado ponía a su trabajo.

—¿Qué hay, Antonio? ¿Lo de siempre? —le preguntó ella con su casi imborrable sonrisa.

—Hola, Anabel. ¿Qué tal? Sí, por favor. —Empezaba a salivar solo de pensar en el inigualable toque de ese café y en el queso fundido del mejor sándwich mixto de la ciudad.

—Ya veo que tienes compañía. —Anabel señaló con la mirada a Víctor y Briana, que charlaban mientras ella atendía al cartero.

—Sí. Hoy arranca nuestro particular club de los viernes. —Antonio pronunció esas palabras con la sonrisa de quien ha pasado mucho tiempo en las tinieblas y por fin vislumbra un rayo de sol.

—Me alegro muchísimo, Antonio —respondió Anabel con una sonrisa en la mirada antes de encaminarse hacia la cafetera.

Mientras esperaba su manjar, el cartero se interesó por los jóvenes.

—¡Qué ganas tenía de que llegase el viernes!

Ha sido una semana un tanto complicada. ¿Qué tal vosotros?

—Ambos parecieron sincronizarse para soltar un profundo suspiro al mismo tiempo—.

¿Tan mal? —preguntó Antonio. Apenas conocía a aquellos chicos, pero le dolía que vivieran tiempos sombríos en lugar de los felices días que él había pasado a su edad junto a Sofía.

Pero los pensamientos del cartero quedaron interrumpidos cuando vio que se abría la puerta de El Refugio de Anabel.

—Dios mío —balbuceó antes de levantarse y salir disparado hacia la entrada.