El café de las almas perdidas 13. Y ME LLEVO UNA
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13. Y ME LLEVO UNA

Y ME LLEVO UNA

La semana tampoco transcurría más rápida en Un Ramito de Violetas.

Briana llevaba horas intentando cuadrar unas cuentas que, por más que se empeñara, no salían.

La montaña de gastos crecía sin cesar, pero no podía decir lo mismo de los ingresos.

Con los libros de contabilidad desparramados sobre la mesa donde solía preparar los ramos, la florista hundió la cabeza entre los brazos, que cruzó sobre la montaña de papeles, mientras de fondo sonaba la banda sonora de Las chicas Gilmore . Pero ni siquiera eso logró animarla.

—Esto es una pesadilla... —murmuró con un hilo de voz.

De pronto, sonó la campanilla de la puerta, que anunciaba la entrada de esos seres tan difíciles de ver, aquella especie de criaturas que solo una vez cada tres lunas cruzaban el umbral de su negocio: los clientes.

—Buenos días, bonita. ¿Te encuentras bien?

Paloma había sido fiel a su promesa. En solo dos semanas, la había visitado tres veces. Pero la mujer no tenía una varita mágica ni la posibilidad de comprar todos y cada uno de los ramos de la tienda, por más que lo soñase para ayudar a la joven.

—Buenos días, Paloma. Sí, tranquila, muchas gracias —respondió Briana mientras se colocaba en el semblante el disfraz de dependienta amable y sin problemas.

Pero no era fácil engañar a Paloma: con el rabillo del ojo, ya había echado un vistazo a la montaña de papeles y libros salpicados de números que la muchacha tenía sobre el lugar que debería estar lleno de arreglos florales.

Briana, al darse cuenta, se sonrojó y apartó la mirada; lo último que quería era dar lástima a su casi única clienta.

—¿Tan mal va la cosa? —se atrevió a preguntar la mujer—. Si pudiera ayudarte, te aseguro que lo haría, bonita. —Los ojos de Paloma se humedecieron mientras hablaba. Briana comprendió entonces que ambas se habían cogido cariño en esas dos semanas.

La pelirroja se aclaró la garganta y respondió conmovida:

—Te lo agradezco mucho, Paloma. Haces más de lo que crees. El otro día se pasó por aquí tu vecina. Me aseguró que le habías hablado maravillas de mi floristería.

La mujer sonrió al comprobar que al menos una de las tantas personas a las que había recomendado visitar Un Ramito de Violetas le había hecho caso.

Todos los inicios eran difíciles, pero la sociedad padecía una de las peores enfermedades a las que se hubiera enfrentado jamás el ser humano: vivir demasiado deprisa, tanto como para no tener siquiera la opción de pararse un instante, deleitarse con el precioso escaparate en el que siempre era primavera y darse el capricho de regalarse una flor.

Eran aquellas pequeñas cosas, que ni eran pequeñas ni eran cosas, las que para Paloma daban sentido a la vida.

Y Briana empezaba a darse cuenta, aunque la bondad de aquella mujer no fuera suficiente para mantener a flote un negocio.

—¿Qué te apetece esta semana? —le preguntó a su clienta para escapar de sus pensamientos.

—Había pensado en un ramo de flores preservadas. Me gustaría tener siempre un pedacito de campo en casa.

—Acompáñame. —La chica condujo a Paloma hacia esa zona—. Puedes hacer la combinación que más te apetezca. A mí me gusta empezar con una base verde, eucalipto, por ejemplo, y buscar las flores que mejor encajen con lo que quieras evocar.

—Las margaritas siempre me han encantado. Me recuerdan a la magia de lo silvestre.

Paloma contemplaba embelesada la gran variedad de flores que tenía ante sí, clasificadas con sumo cuidado en cestas de fibra que colgaban de la pared.

—Perfecto. Empezamos entonces por eucalipto y margaritas. —Briana tomó algunos tallos y fue componiendo el ramo sobre la marcha—. Yo añadiría unas peonías, que dan ese contrapunto de elegancia sin recargar demasiado. ¿Qué opinas?

—Sí, es buena idea. ¿Podemos añadir unos girasoles o crees que será demasiado?

Briana sonrió al pensar en esas flores, sus favoritas, porque siempre encontraban la forma de resistir y apoyarse entre ellas hasta que volvía a salir el sol. Algo parecido le estaba ocurriendo con Paloma y esas almas perdidas que había conocido.

—Mira, yo pondría solo uno para darle protagonismo y equilibrar el conjunto.

La chica le mostró el ramo a su clienta, que abrió la boca incapaz de articular palabra. El resultado era una composición totalmente proporcionada, sin nada que recargase o restase presencia al resto de los elementos. Incluso las margaritas encajaban a la perfección entre el verde del eucalipto.

—Parece un ramo de novia. Ha quedado... No sé, es que «precioso» se queda tan corto... —logró tartamudear al fin.

Briana le agradeció la calidez de sus palabras y le sonrió hasta con la mirada.

Aquella clienta era un ángel de la guarda en medio del caos.

Ese tipo de personas mágicas, escasas y maravillosas era la razón por la que había querido poner en marcha el sueño que durante años había moldeado junto a su abuela Cecilia.

—Ay, Paloma..., eres un cielo.

Con todo el dolor de su corazón, Briana le cobró la cantidad correspondiente tras la insistencia de la mujer en que no le perdonase ni un triste céntimo.

Unos minutos después, la florista se despedía de ella con una sensación amarga. No podía evitar pensar que una de sus próximas visitas podría ser la última. Si no lograba lanzar el negocio antes de que terminase el año, tendría que echar el cierre.

La campanilla de la puerta volvió a sonar cuando Paloma se marchó con su ramo y una tristeza profunda por no poder hacer nada más para ayudar a Briana.

El resto de la mañana transcurrió lenta entre sumas convertidas en restas y multiplicaciones sin factores que alterasen o no el producto.

Cada vez que Briana apartaba la vista de la calculadora y las interminables cuentas en sucio que anotaba en un cuaderno, en su mente se iniciaba una danza cruel de números rojos, todos precedidos por un terrorífico signo negativo.

La jornada hizo un intento de mejora poco antes de la hora de comer, pues en poco rato Briana atendió a tres clientes.

Sin embargo, las pequeñas ventas que había realizado estaban lejos de solucionar sus problemas económicos.

A esas alturas, solo un milagro podía salvarla. Y no parecía haber ninguno a la vista.

Regresó a casa un par de horas en el descanso del mediodía y, mientras jugueteaba sin ganas con el tenedor en la ensalada, pues apenas le entraba nada en el cuerpo, decidió llamar a sus padres.

Desde que se habían marchado a Francia con su hermana Tania, su relación no era que se hubiera enfriado, sino que prácticamente se había convertido en un bloque de hielo.

La abuela Cecilia siempre había sido el pegamento que mantenía unida a la familia, pero, desde que falleció, Briana había tenido que hacer malabares para recibir al menos unas migajas de cariño por parte de sus padres y de Tania.

En los pocos meses que llevaban separados por los kilómetros —porque en lo emocional no habían estado cerca ni cuando vivían en la misma casa—, la florista había llamado cada semana para no perder el contacto.

Empezaba a pesarle ser ella la que siempre descolgase el teléfono, pero intentaba justificar la falta de iniciativa de los suyos por el recién nacido de Tania, que, con toda seguridad, les ocuparía la mayor parte del tiempo.

—Hola, mamá —saludó cuando Eva descolgó al otro lado de la línea.

—¿Quién es?

—Soy Briana. ¿Alguien más te llama así, aparte de Tania y yo?

—Ah, Briana. —La voz de Eva parecía desprender casi decepción—. ¿Qué pasa?

La joven suspiró resignada antes de responder:

—No pasa nada. Solo llamaba para hablar un poco con vosotros. ¿Cómo estáis todos por allí?

—De maravilla, querida. París es como estar en el paraíso. Y la casa es genial.

Pero Briana no preguntaba por la casa ni por el glamur de la capital francesa, sino por algo que nunca aparecía por los pensamientos de su madre: cómo se encontraban los demás.

—Me alegro —terminó por responder la joven—. ¿Y Tania y el pequeño?

—Ya sabes, todo el día de acá para allá.

En realidad, su hija no tenía ni la más remota idea de a qué se refería Eva, dado que Tania vivía en el mismo edificio que sus padres, que se encargaban de atender la casa, y no tenía necesidad de trabajar por la elevada nómina que cobraba su marido.

—Ya... Mamá, yo... —Intentaba encontrar la forma de expresar en el complicado lenguaje de su madre que se sentía sola y desamparada ante la incertidumbre que estaba viviendo—. Digamos que las cosas no van demasiado...

—Cariño, te tengo que dejar. Me alegro de que todo vaya bien. Hablamos otro día, ¿vale? —la interrumpió Eva.

Briana tragó como pudo el nudo que se le había formado en la garganta.

—Claro. Vale —musitó, aunque su madre ya había colgado antes de que le respondiera.

La pelirroja lanzó el teléfono al otro lado de la mesa, apartó la ensalada, que ya no pensaba comerse, y se hizo un ovillo en el sofá hasta la hora de volver al trabajo.

Así era su vida familiar desde que tenía memoria, salvo por su querida abuela, que en nada se parecía a Eva.

A veces, la joven se preguntaba cómo esas dos mujeres, tan diametralmente opuestas, podían ser madre e hija.

¿Cómo había soportado Cecilia esa conducta tan frívola y desentendida por parte de la mujer a la que dio a luz, que nunca se preocupó por nadie más que por ella misma?

¿Le importaba Tania de verdad, como le hacía creer desde que se había mudado a París, o lo único que la había motivado a cruzar la frontera había sido el lujo que prometía la capital francesa?

Bajo una borrasca de preguntas sin respuesta y la manta de ganchillo que aún conservaba de su abuela, Briana dio rienda suelta a las lágrimas hasta perder la noción del tiempo.

En aquellos instantes se sentía absolutamente sola, por irónico que pareciera, pese a estar rodeada de millones de habitantes en Madrid.

Un par de horas después regresó a la floristería sin energía para afrontar la tarde. La llamada familiar había acabado con las escasas fuerzas que le quedaban. Mientras contemplaba el cristal del escaparate, empañado de tanto suspirar sobre él, solo podía pensar en Cecilia.

—Abuela, cuánto te echo de menos.

Pese a que Cecilia se había despedido de su nieta cinco años atrás, jamás dejaría que abandonase sus recuerdos o su corazón. La tenía presente cada minuto del día. Tanto que a veces dolía en lo más profundo del alma.

Quizá por eso había puesto tanto empeño en sacar adelante la floristería.

En el fondo, era el sueño de las dos. Y su abuela solía decirle que quien poseía el don de soñar en todos los colores y tamaños podía considerarse la persona más rica del universo.

No existía billete ni moneda capaz de comprar la ilusión.

Pero aquella tarde la caja registradora de la floristería permaneció tan silenciosa y vacía como el resto de los días.

Lo último que pensó Briana ese miércoles antes de echar el cierre a última hora, sin haber atendido a un solo cliente, fue que el viernes parecía tan lejano como el amor de su madre o el despegue de su negocio.