12. TEORÍAS DE LA TRADUCCIÓN
TEORÍAS DE LA TRADUCCIÓN
Había muchas formas de esconderse del mundo, pero, sin duda, la preferida de Víctor ese fin de semana fue ocultarse bajo su edredón de plumas acompañado de Valancy Stirling y su castillo azul.
El joven tenía la esperanza de que, si lo deseaba con la fuerza suficiente, el lunes no lo encontraría allí debajo.
Por desgracia, no solo lo alcanzó el lunes, sino también el martes, el miércoles y un eufórico Dani, mucho más emocionado por enfrentarse a la jornada laboral que el triste y pobre (en más de un sentido) traductor.
—¡Tío, que te vas a asfixiar ahí debajo! —El informático no tuvo piedad cuando arrancó las mantas a su compañero de piso y subió la persiana de la habitación.
Víctor solo acertó a gruñir antes de articular palabra.
—Son las siete. Es de noche.
—Veo que dominas el horario de invierno. Yo prefiero el de verano. Venga, levanta —insistió la versión más cansina de Dani que Víctor recordaba.
—Lo odio —farfulló con la cara pegada a la almohada.
—¿El qué?
—El verano. Lo odio con todas mis fuerzas.
—Ahora pareces Madam Mim, colega. ¿Te acuerdas de esa peli? A mí me flipaba de pequeño.
Pero Víctor no estaba para bromas esa mañana, ni siquiera si incluían a la bruja loca de Merlín el encantador . Aunque no pudo reprimir una carcajada cuando la referencia le recordó la escena de la risa floja del búho Arquímedes.
—¿Ahora pillas la broma? Definitivamente, los de letras estáis locos, tío —se burló Dani mientras le quitaba la última manta, a la que el traductor se aferraba.
—Es que me he acordado del búho.
Mientras aún forcejeaban por el edredón, Dani también se contagió de la risa de su mejor amigo.
—Tú sí que vas a convertirte en un búho como no te levantes —lo regañó antes de salir disparado hacia la cocina para retirar la cafetera del fuego.
—¿Ha puesto la cafetera? Sí que está contento este.
.. —farfulló Víctor, que iba de búho en búho y se vio a sí mismo como el ave cascarrabias que salía en Bambi .
Por alguna razón, su vena Disney le estaba mandando claras señales de que debía tomarse la vida menos en serio—.
Oye, ¿por qué estás tan contento? —gritó poco después de entrar al baño a lavarse la cara y, con algo de suerte, despertarse de una vez.
—Creía que no me lo preguntarías nunca. —El informático ya se había plantado en el umbral con una mirada pícara.
Víctor se echó a reír bajo la toalla con la que se secaba el rostro antes de mirar a su amigo con cara de «tú has hecho arroz».
—Tenía nombre como de musa nórdica... —intentó recordar el traductor.
Dani se sonrojó antes de pronunciarlo en voz alta:
—Sigrid. Se llama Sigrid.
—Es verdad. —Víctor cambió la toalla por una crema hidratante a prueba de vampiros, también conocidos como traductores—. ¿Y qué? ¿Me cuentas algo más? Nos quedamos en que era la futura madre de tus hijos o algo así.
Dani, poseído por el espíritu de su amigo —porque en esta vida se pega todo menos la hermosura—, se mesó el cabello nervioso antes de responder:
—No te rías, joder. Te lo digo en serio. Tiene algo especial, diferente. —Por más que manoseaba sus cabellos castaños, el informático no parecía encontrar las palabras que buscaba.
—Tío, ¿quieres dejar de hacer eso? Me da mal rollo que empieces a imitarme tanto. Dentro de cuatro días pareceremos un matrimonio de octogenarios.
—Qué idiota eres.
Entre risas, regresaron juntos a la cocina, donde Dani le sirvió a su amigo una taza del café que había preparado poco antes y unas tostadas recién hechas.
Con el primer sorbo, el traductor pareció recargar sus venas de cafeína y se interesó por conocer más detalles de la misteriosa musa nórdica que había conquistado a su amigo.
—Y dale —protestó Dani, que seguía colorado—. Que no es nórdica. Bueno, es asturiana. Pero a lo que iba, que tiene algo especial. Te vas a reír, pero... —Y volvió a manosearse el cabello.
Víctor le dio un manotazo en cuanto vio el gesto.
—¡Uf! —protestó—. En serio, tío. Da mal rollo. Matrimonio de octogenarios. No lo olvides.
—Sí, sí, tienes razón. —Dani se irguió en la silla y se puso serio antes de continuar—: Decía que te vas a reír, pero siento como si la conociera de toda la vida. O de otra vida. No sé, es raro y loco, supongo.
—Para raro y loco el editor chiflado que me ha dejado en la estacada.
Esas cosas pasan, Dani. Muy pocas veces, eso sí.
Pero, cuando ocurren, no debemos ignorarlas.
No voy a empezar una charla profunda sobre las vidas pasadas, presentes y futuras ni sobre la reencarnación, porque necesitaría tres cafeteras como esa, pero.
.. —hizo una necesaria pausa para tomar aire y transmitirle serenidad a su amigo—, no la dejes escapar.
Dani asintió repetidas veces.
—Gracias, tío. —El informático suspiró y meditó unos instantes—: La verdad, creo que mi vida está dando un giro de trescientos sesenta grados.
—Querrás decir ciento ochenta.
—¿Qué?
—¿No eras tú el de los números?
Dani arqueó las cejas. Era demasiado pronto para pensar tanto.
—Yo de verdad que me pierdo con tus movidas de traductor tarado.
—Déjalo. Ibas por el giro ese tuyo de no importa cuántos grados.
—Pues eso, colega, que, aunque suene a comedia romántica, empiezo a verle un sentido nuevo a mi vida, ¿sabes? Y sí, en gran parte, es gracias a Sigrid.
Víctor sonrió al identificar el brillo en los ojos de su amigo. Hacía tiempo que no lo veía tan ilusionado y feliz. De hecho, no recordaba cuándo había sido la última vez.
—Eso suena genial, Dani.
En el fondo, Víctor no pudo evitar preguntarse si a él le volverían a brillar alguna vez los ojos de ese modo.
El traductor, que había engullido la tostada a toda prisa, se levantó, dejó la taza ya vacía en el fregadero y le dio una palmada de complicidad a su amigo en el hombro. Cuando salía de la cocina, se dio la vuelta y añadió:
—Dani. —El aludido levantó la cabeza de la tostada—. Me alegro mucho por ti. De verdad.
—Lo sé, Víctor. Te lo agradezco mucho. Tú serás el siguiente. No en la vida de Sigrid, espero. Me refiero a encontrar tu sitio, signifique lo que signifique eso.
Víctor sonrió no muy convencido, y se encaminó al lugar donde menos le apetecía estar en ese momento: su mesa de trabajo.
Como el editor chiflado había tirado por tierra su agenda de las próximas semanas, apenas tenía pendientes un par de informes de lectura para una editorial que se planteaba traducir unos libros en francés.
Víctor debía encargarse de leerlos en versión original y analizar el potencial de cada obra y sus posibilidades de comercialización en España.
A pesar de lo que pudiera parecer fuera del sector, las tarifas de ese tipo de encargos eran más propias del becario del becario del becario que de un traductor cualificado como él.
«Pero es lo que hay», pensó mientras se dejaba caer en la silla frente al temido portátil.
—Bueno, colega, me voy a trabajar —se despidió Dani desde el pasillo—. ¡No te comas mucho el coco!
—Hasta la tarde, Dani. Lo intentaré.
Minutos después, Víctor, sus preocupaciones y su creciente miedo al futuro se quedaron a solas en el pequeño piso de Atocha. Tan solo contaba con la poco alentadora compañía de esos manuscritos en francés.
El joven pasó gran parte de la jornada sumergido en los relatos que debía analizar. Mientras tomaba notas en los márgenes del documento para elaborar el posterior informe, se preguntó si así sería el resto de su vida.
Recordó a la musa nórdica de Dani, la sonrisa y el brillo en los ojos de su amigo... Esas señales de cambio que habían dado un nuevo rumbo a la vida del informático. Dani lo había pasado mal después de lo de Berta, pero no se había quedado estancado en el pasado. ¿Por qué tenía que hacerlo él?
«¿Y si lo dejo?».
La pregunta que jamás pensó hacerse lo asaltó quizá más alto de lo que acostumbraba a escuchar sus pensamientos.
Había intentado por todos los medios cumplir su sueño: ser traductor literario.
Pero no solo había fracasado estrepitosamente en ese duro camino que solo unos pocos logran convertir en su fuente principal de ingresos, sino que encima le había sucedido lo que nunca imaginó cuando fantaseaba con aquella profesión: estaba agotado.
Aunque su cansancio existencial era una clara advertencia, no tenía ni idea de qué podía hacer con su vida si decidía desviarse del camino. ¿Y si no volvía a pasar el tren? ¿Y si había romantizado en exceso una vida laboral que tal vez nadie tenía?
«¿Y si lo dejo?», se repitió. Sabía que no era tarde para empezar de cero, que era joven, que tenía toda la vida por delante y todas esas cosas que siempre oía decir a la gente.
Pero no era tan sencillo. Debía afrontar el pago del alquiler, de las facturas y continuar con su mala costumbre de comer a diario, que, por desgracia, también costaba dinero.
Al mirar hacia el futuro, el traductor se sintió al borde del colapso. ¿De qué comería si después de tanto esfuerzo lo tiraba todo por la borda? Pero, si no lo intentaba, ¿sería así de gris y estresante el resto de su vida?
Víctor se pasó las manos por el cabello por millonésima vez y se quitó las gafas. Por alguna razón, cada vez lo veía todo más nítido sin ellas. Estaba claro que no podía continuar en ese limbo.
Pero la vocecilla seguía ahí: «Víctor, ¿tú estás loco? ¿De qué se supone que vas a vivir si lo dejas todo, absolutamente todo? ¿Qué harás con tu vida?».
El joven soltó un bufido para silenciar sus pensamientos, cerró el portátil de un manotazo y dio por concluido su frustrante miércoles.
Dani aún no había vuelto de la oficina y la Traducueva empezaba a aplastar a Víctor por momentos, así que tomó la edición antigua de Montgomery, su toalla de confianza, un paquete de galletas de mantequilla y se dispuso a aprovechar los últimos rayos de sol en El Retiro, sumergido en la lectura y compartiendo su merienda con los gorriones.
Aunque olvidó el sándwich de mermelada que siempre recomendaba Paddington —y que habría agradecido cuando las palomas reclamaron su ración de galletas—, aquellos instantes empezaban a proporcionarle algo parecido a la tranquilidad.
Lo único que rompió su momentánea felicidad sobre el césped fue pensar que todavía era miércoles, que le quedaba una larga, aburrida y poco atractiva semana por delante, y que el viernes y ese alocado grupo con el que había tropezado en la cafetería más extraña que había pisado en su vida parecían estar a años luz.