El café de las almas perdidas 11. UN CLAVO ARDIENDO #2
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11. UN CLAVO ARDIENDO #2

Algo más tranquila, encendió una vela artesana de su marca favorita, Raíces & Trazos.

Después, se dio una ducha relajante, se aplicó su aceite corporal preferido y se colocó una mascarilla facial antes de enfrentarse al siguiente reto: el maquillaje y el peinado.

No estaba acostumbrada a tener que deslumbrar a su paso y, como hacía tiempo que veía su luz apagarse poco a poco, no era algo que le preocupase.

Hasta esa tarde. Al final, decidió llevar la media melena dorada suelta, con algunas ondas a las que consiguió dar forma con más acierto del que ella pensó que lograría.

Como hacía años que no compraba bases de maquillaje porque le resultaban de lo más incómodas, tomó una cajita de polvos compactos casi olvidada en el fondo del armario, se aplicó un poco de máscara de pestañas, un labial sutil y contempló su imagen en el espejo, casi satisfecha.

—Bueno, más o menos —susurró solo convencida a medias.

Manuela nunca estaba segura de estar a la altura, de merecer al intermitente e impredecible Jairo. Quizá por eso había decidido ocultar bajo el ligero maquillaje los miedos, las dudas, la incertidumbre.

Todavía temblorosa, apagó la mecha de madera de la vela, y el aroma a cacao, mantequilla y pan dulce se quedó flotando en el ambiente. Cuando Manuela cerró los ojos, casi le pareció estar en El Refugio de Anabel.

A las ocho de la tarde, incapaz de esperar más, pidió un Uber, un lujo que pocas veces se daba el placer de disfrutar. Pero estaba tan nerviosa que temía caerse, mancharse, rasgarse el vestido o romperse un tacón si tomaba el abarrotado transporte público.

—Buenas tardes, señorita. Serrano, 95, ¿correcto? —la saludó el conductor al montar en el vehículo.

—Buenas tardes. Sí, sí, es correcto —respondió a toda prisa, avergonzada ante la errónea idea que aquel hombre se estaría haciendo de su situación económica y de su vida en general.

Estaba tan nerviosa que esperar en medio del atasco se le hizo eterno. Al llegar a la avenida de América, le pidió al conductor:

—Perdone, ¿podría dejarme aquí?

El hombre pareció sorprenderse:

—Pero ya ha pagado el trayecto completo.

—Lo sé, lo sé. Necesito caminar. No se preocupe.

—Está bien, como quiera. —Buscó un lugar seguro en el que parar en doble fila y se despidió de Manuela.

La muchacha caminó por María de Molina con la esperanza de que sus pasos fueran más rápidos que los temores que le pisaban los talones. ¿Y si Jairo no se presentaba y le daba plantón otra vez? ¿Y si había cambiado de idea? ¿Y si se le había olvidado? ¿O se había dormido? ¿O le había ocurrido algo?

—Por Dios, Manuela, para ya —se dijo en voz alta.

Un par de personas la miraron extrañadas, aunque, como solía ocurrir en aquella ciudad, continuaron con sus quehaceres sin más.

—¿Cómo se va a quedar dormido, por favor? —continuó ella su monólogo, casi en un susurro inaudible.

Aunque sus poco alentadoras ideas parecían caminar al mismo ritmo que los tacones de la profesora, logró llegar relativamente serena al cruce de María de Molina con Serrano.

Tan solo tenía que esperar a que el semáforo cambiase a verde, cruzar la calle y convencerse de que ninguno de los terribles escenarios que había imaginado iba a suceder.

Y entonces lo vio.

Claro que no iba a suceder ninguno de los terribles escenarios que había imaginado. Pero no porque Jairo la estuviese esperando con un ramo de flores en la puerta del restaurante, sino porque Manuela no había imaginado todos los escenarios terribles que podían darse.

La profesora había llegado temprano. Mucho. Demasiado. Tanto como para ver bajar de un taxi a una joven despampanante y al profesor de Matemáticas, que la rodeó con los brazos por la cadera y le dio un beso de película en plena calle a modo de despedida.

Manuela se sintió morir por enésima vez en cinco años.

Con apenas fuerzas para caminar, se escondió antes de que Jairo la viese, tomó el primer taxi libre que pasó junto a ella y estuvo llorando todo el camino de regreso a casa.

En la radio sonaba La Última Gota , de Sofía Ellar.

Y a Manuela le dolió en lo más profundo que aquella noche fuera a durar «más que todas las de Sabina».

Al bajar del taxi, el frío la azotó sin delicadeza.

Daba igual. Ya todo daba igual. Por fin sabía lo idiota que había sido al darle una millonésima oportunidad a un desgraciado que, en el fondo, nunca la había merecido.

Manuela no había sido más que su tirita, su satélite, su vía de escape mientras encontraba a otra con quien pasar el rato.

Pero la joven siempre pensó que algún día llegaría a enamorarse de ella. ..

Con las piernas temblorosas y los tacones en la mano, caminó hacia el portal sin preocuparse de lo que opinaran los transeúntes al verla descalza. No había perdido el zapato de Cenicienta ni esperaba que ningún príncipe se presentase en su puerta. Ya no.

—Ay, Bolita... —sollozó al abrir la puerta del apartamento.

El animal, que pareció entenderla sin necesidad de palabras, se acurrucó entre sus brazos cuando Manuela se dejó caer en la alfombra del recibidor y dio rienda suelta al llanto.

Solo levantó la cabeza un instante para contemplar el ramo de flores preservadas que se había comprado a sí misma días atrás.

¿Por qué demonios no era viernes de una vez?