11. UN CLAVO ARDIENDO
UN CLAVO ARDIENDO
Manuela no tenía ganas de nada: ni de ir a trabajar, ni de enfrentarse al bullicio de las calles de Madrid, ni al de las aulas, ni al de su mente. Tampoco encontraba atractiva la idea de sortear por enésima vez a Jairo, que no había parado de intentar convencerla para arreglar las cosas.
«Las cosas... Pero ¿qué cosas?». Las eternas preguntas sin respuesta martilleaban las sienes de la profesora al ritmo de sus latidos desacompasados.
Bolita, que parecía saber en cada momento lo que necesitaba su humana, subió a la cama y reclamó con la mirada su sesión matutina de caricias.
Manuela sonrió al animalito, que tantas veces al día calmaba sus fantasmas interiores, y, unos minutos después, encontró las fuerzas suficientes para abandonar las mantas y salir de la cama.
El gato la siguió hasta la cocina y esperó paciente mientras ella preparaba el desayuno de ambos. Esas pequeñas rutinas, aparentemente insignificantes, eran lo que la mantenían a flote. Pensar que aquel peluchito la necesitaba tanto como ella a él era su motor para enfrentarse a todo.
—Aquí tienes, chiquitín —le susurró con cariño tras colocarle el comedero y acariciarlo entre las orejas.
Por respuesta, Bolita ronroneó y dio buena cuenta de aquel pienso a base de ingredientes naturales y frescos que se llevaba gran parte del sueldo de su humana cada mes. Pero Bolita se merecía lo mejor. Igual que ella, aunque aún no terminara de ser consciente de ello.
Mientras disfrutaba del silencio de las primeras horas de la mañana, solo roto por los adorables maullidos del gato, Manuela escogió un té azul de rosas para desayunar.
Sin poder evitarlo, los pétalos la llevaron a pensar en la florista y en el curioso club de los viernes que había surgido como casi todas las cosas mágicas de la vida: sin esperarlo y de la forma más surrealista.
Disfrutó de su té, acompañado de una porción de bizcocho de calabaza que, sin saber cómo, se había animado a hornear la tarde anterior. Pero, entre bocado y bocado, el matemático se colaba sin permiso en los pensamientos de Manuela.
Ni ella misma entendía esa complicada relación que mantenían desde hacía cinco años.
Al principio, simplemente habían sido de los pocos compañeros con plaza fija en ese colegio que conectaron rápido.
Manuela se convenció desde el primer instante de que algo mágico había surgido entre los dos.
Y así se lo había hecho creer Jairo cuando la sorprendió con una edición ilustrada de Peter Pan a los pocos meses de conocerse.
Siempre había sido su cuento favorito. El chico había alimentado ese amor no correspondido durante años con detalles pequeños, cotidianos, que la habían hecho flotar de puntillas con tan solo pensar en él.
Flores por su cumpleaños, cafés sorpresa en época de tutorías y exámenes, invitaciones a cenar.
.. Sin embargo, después de la ilusión, siempre había algo que se torcía.
Cancelaciones de última hora, días enteros sin mirarla. ..
Tan perdida estaba en sus pensamientos que, sin darse cuenta, se le empezó a hacer tarde, así que se preparó para salir hacia el colegio. Escogió unos vaqueros negros ajustados, un jersey camel holgado y una bufanda suave y kilométrica para enfrentarse al frío del amanecer.
—Hasta luego, Bolita. Pórtate bien —se despidió de su fiel compañero de piso ya con su antiguo maletín bajo el brazo.
El animal cerró los ojos complacido mientras Manuela le rascaba la cabecita antes de salir de casa, aunque, en realidad, lo único que quería era pasar la jornada en el sofá, con él en los pies, un buen libro en una mano y una taza caliente en la otra.
Sin embargo, no le quedó más remedio que abandonar su pequeño apartamento, enfrentarse a esa gélida mañana de noviembre y caminar hacia la escuela. Tenía un buen trecho, pero cualquier caminata era preferible al sofocante agobio de tomar el autobús o el metro.
Mientras cruzaba, como cada día, el puente de la Princesa, se fijó en los pocos atrevidos que salían tan temprano al Madrid Río.
Sin darse cuenta, empezó a imaginar su vida, sus rutinas, sus emociones.
.. Se preguntó cómo se llamaría el perro de agua que correteaba feliz por el césped, o si le habría costado levantarse al valiente que pasaba corriendo junto a él en manga corta.
Aunque en ese momento no se percató, Manuela empezaba a adoptar una de las curiosas costumbres de Antonio.
Pero lo mejor de todo era que eso la había distraído del trasiego del tráfico que tanto la angustiaba cuando alcanzaba esa parte del puente en la que la acera se estrechaba demasiado para su gusto.
Sin embargo, en cuanto se alejó del parque y, sobre todo, del perro, los fantasmas la alcanzaron por más deprisa que intentó atravesar la plaza de Legazpi.
Parecía que hubiese cientos de personas dispuestas a llenarla a cualquier hora del día.
La profesora solo respiró aliviada cuando comenzó a ascender por el paseo de las Delicias, algo más despejado tras dejar atrás la boca de metro.
Pero sobre todo se relajó cuando, media hora después, se abalanzó sobre la máquina de café de la sala de profesores poseída por el espíritu de Lorelai Gilmore.
En el fondo sabía que no era lo más recomendable para calmarse, además de que aquel café aguado no era fruto del buen hacer de su querida Anabel, pero necesitaba enfrentarse como fuera a las decenas de adolescentes que la esperaban en las aulas.
Sin embargo, en el último momento, se decantó por el descafeinado.
Quizá, solo quizá, empezaba a darse cuenta de que no necesitaba nada más que confianza para sobrevivir a lo que le deparase el día o la vida.
Unas horas después, Manuela recogía el portátil y se enfundaba el abrigo para regresar a casa.
Estaba pensando en Bolita, en el siguiente libro que leería, en un chocolate caliente.
.., pero la peor de sus pesadillas, también conocida como Jairo, entró en la sala de profesores y arrasó con cualquier sensación agradable.
—¡Ey, Manuela! ¿Qué tal va la semana?
Ella, aún dolida por los continuos vaivenes de la semana anterior, no respondió.
—Venga, mujer, no te pongas así. —Jairo dejó sus cosas en la mesa y se dirigió hacia ella con decisión.
Sin que Manuela pudiera hacer nada por remediarlo, la tomó por los hombros y la miró a los ojos—.
Oye, ¿qué te parece si esta noche te invito a cenar a un sitio bonito para compensarte lo imbécil que soy?
Manuela nunca supo si fue por esos ojos suplicantes, por el olor a perfume amaderado que desprendía él o porque en el fondo seguía enamorada, pero aceptó la invitación para cenar esa noche de martes. ¿Y si aquella vez era la definitiva? ¿Y si por fin iban a cambiar las cosas?
Regresó a casa emocionada, con la esperanza de que esa vez todo fuera tal y como había soñado durante los últimos cinco años. Cuando llegó a su piso, a salvo del bullicio de la ciudad, acogió a Bolita entre los brazos en cuanto el animal saltó para recibirla.
—¡Hola, precioso! Yo también te he echado de menos —le susurró mientras hundía el rostro en su suave pelaje—. Venga, vamos a comer y luego me ayudas a elegir qué me pongo.
El animal emitió un suave maullido por respuesta que le arrancó otra sonrisa a Manuela. No era casualidad que fuese la segunda del día.
La joven voló por la cocina con un entusiasmo poco habitual en ella mientras preparaba unos tortellini de queso aromatizados con albahaca.
Esperaba que ese día, por fin, sucediera lo que durante tantos años había anhelado: que Jairo le demostrase que era todo cuanto ella había soñado.
La había invitado nada menos que al prestigioso restaurante Bancal, en plena calle Serrano.
Según tenía entendido —pues con su sueldo y el casi astronómico alquiler se privaba de frecuentar establecimientos de alto postín para intentar ahorrar algo—, se trataba de un restaurante vanguardista con huerto urbano propio y una decoración exquisita repleta de plantas colgantes en el interior.
Se terminó los tortellini a toda prisa, ansiosa por sentarse frente al armario y decidir qué ponerse para la ocasión.
Por supuesto, Bolita la acompañó por el corto pasillo que separaba la cocina del dormitorio, donde hizo una vez más honor a su nombre al formar un ovillo entre los cojines de la cama.
—Bueno, vamos allá —trató de animarse Manuela mientras abría el armario y se sentaba a los pies de la cama, situada justo enfrente—. Quizá el vestido negro... No, mejor no. Parecerá que voy de luto. ¿Tú qué opinas, Bolita?
El animal entreabrió los ojos al oír su nombre, pero, como quería a su dueña incluso con el más desgastado de los pijamas, no pareció deslumbrarle el vestido negro con toques brillantes que ella le mostraba.
Manuela sonrió de nuevo al verlo caer en los brazos de Morfeo sin haber colaborado siquiera a descartar el vestido.
—A ver qué más tenemos por aquí... —reflexionó en voz alta mientras deslizaba una percha tras otra dentro de su pequeño armario.
Se detuvo en una falda de pana, ceñida y por encima de las rodillas, de color negro, que llevaba tiempo sin ponerse.
En realidad, le encantaba, pero nunca parecía encontrar la ocasión.
Sin embargo, no estaba segura de que estuviera a la altura del prestigioso Bancal.
Tras mucho debate consigo misma y con un adormilado Bolita, que solo ronroneaba de vez en cuando a modo de respuesta, se decantó por un vestido ligero de fondo negro y estampado en tonos marrones de florecillas diminutas, con algunas motitas doradas que daban un toque de elegancia sin recargar demasiado.
Decidió combinarlo con unos botines de tacón, que conservaba por si acaso, y un abrigo de paño en color cámel.