10. AUSENTE
AUSENTE
«Sofía vive en ti, y estoy segura de que algún día, cuando volváis a encontraros, te entregará esa carta».
Antonio no había dejado de pensar en las palabras de Manuela desde el viernes.
Pese a que la tarde se había tornado mucho más agradable de lo esperado —no solo por la dulce compañía de la profesora, sino también por el improvisado club que completaban Briana y Víctor—, aquel mensaje no había abandonado la mente del cartero.
¿Sería cierta esa creencia tan manida de que algún día Sofía y él volverían a encontrarse?
¿Era solo una forma de aprender a vivir con el dolor hasta que le llegase su hora?
Al fin y al cabo, nadie había vuelto para contarlo. .. Ese viaje solo tenía billete de ida.
Ojalá le bastase con el giro que habían dado sus días desde que se había acercado a esa joven tan triste.
Ojalá fuera suficiente con disfrutar del exquisito café vienés que Anabel le preparaba con tanto cariño desde hacía veinte años.
Y con la ilusión de Briana. O con las graciosas manías de Víctor y su pelo.
Quizá algún día llegaran a bastar con todas esas pequeñas cosas que ni eran tan pequeñas ni eran cosas. Pero desde luego no sería ese frío y húmedo martes de finales de noviembre.
—Por el amor de Dios... —farfulló Antonio tanto para alejar sus tristes pensamientos como por lo mucho que le molestaba el interminable publicorreo que debía repartir esa mañana.
—¿Todo bien, Antonio? —Carmen, desde su mostrador, miró de reojo a su compañero.
—Ay, Carmen, Carmen. Sí, no te preocupes. Es que hoy no me aguanto ni yo.
El cartero soltó los sobres que aún tenía en la mano y se dejó caer en la silla al tiempo que señalaba la de enfrente a la directora de la oficina.
—¿Qué te pasa, hombre? ¿No has desayunado o qué? —Con una sonrisa, le ofreció uno de los cruasanes que siempre compraba en la pastelería de al lado poco antes de empezar la jornada.
—Sí, pero no te rechazaré la oferta.
Antonio saboreó la mantequilla del dulce con los ojos cerrados, pero había algo... algo que no sabía igual que los postres de su querida Anabel.
—¿No está bueno? —Carmen arqueó las cejas mientras él cabeceaba dudoso.
—No es eso, pero... ¿Recuerdas ese café al que tanto me gusta ir?
—Claro, pero creía que allí tomabas siempre un sándwich mixto.
—Sí, así es, pero Anabel suele ofrecerme alguno de sus dulces y... No quiero menospreciar al pastelero de la esquina, pero no son como los que hacen ella y su hijo.
—Te sientes muy a gusto allí, ¿verdad?
Antonio miró la sonrisa de su compañera y apenas tuvo que meditar la respuesta.
—Muchísimo, son como de mi familia. —El cartero decidió que el publicorreo podía esperar.
Le apetecía compartir con Carmen el giro inesperado que iban a tomar las tardes de los viernes—.
Por cierto, he conocido allí a unos jóvenes estupendos.
Andan algo perdidos, como todos en esta vida, y hemos improvisado un club de los viernes.
Compartiremos un café, alguno de esos deliciosos manjares y nuestras penas.
—¿De verdad? Cuánto me alegro, Antonio. No de que estén perdidos ni de que tengáis penas, ya me entiendes.
—La mujer sonrió con los ojos mientras se limpiaba las manos con una servilleta—.
Tienes que presentarme a Anabel, que ya va siendo hora.
A ver si tengo libre un día de estos y me llevas a su café.
Es que, desde el divorcio, los niños están insoportables y me reclaman a todas horas.
—Y tú, ¿cómo lo llevas? —Antonio analizó el rostro de su compañera, que había retomado las riendas de su vida seis meses atrás.
—¿Sinceramente? Estoy mejor que nunca. Me quejo con la boca pequeña. Y estoy deseando conocer a esa amiga tuya tan especial y probar sus dulces. Algo me dice que me caerá bien.
Antonio sonrió en silencio.
—Sí, es una buena amiga.
—Debe de serlo. Siempre hablas de ella...
El cartero se levantó de la silla y retomó la clasificación de la correspondencia que aún aguardaba en la mesa.
—¿Es que esto es lo más interesante que voy a entregar hoy? El mundo ya no es lo que era, Carmen. Ni una —enfatizó sus palabras con un gesto—, ni una carta escrita a mano. Necesito algo de alegría, y repartirla sería de gran ayuda.
Observó a su compañera, que se levantó con una sonrisa y se perdió unos instantes en la sala donde aún aguardaban algunos paquetes de salir a reparto. Poco después, caminó de vuelta hacia la mesa donde Antonio se peleaba con el publicorreo.
—Esta caja no contiene exactamente alegría, a menos que alguien haya empaquetado una planta. En tal caso, no haría honor a su nombre, porque lleva demasiadas horas ahí dentro, pero...
—Carmen, por Dios, que no estoy para adivinanzas. ¿Qué es esto?
La directora sonrió pícara antes de darle la sorpresa.
—Míralo bien, Antonio. —Le tendió el paquete y esperó, expectante, la reacción del cartero.
Él prestó por fin atención a la caja misteriosa y entonces lo vio: un destinatario y un remite escritos a mano con una caligrafía danzarina y redondeada. Como las de antes.
—Es justo lo que necesitaba, Carmen. Pero no está en mi zona.
A Antonio no se le escapó que ese paquete correspondía al reparto de uno de sus compañeros y que Carmen, que conocía tan bien el aire romántico que le despertaban ese tipo de entregas, lo había apartado para él.
Por toda respuesta, la directora sonrió y ladeó la cabeza con complicidad. No hacían falta palabras para confirmar su gesto.
—Gracias —atinó a decir Antonio, todavía embelesado con el papel rugoso, de color marrón, que envolvía la caja, a su vez rematada con una cuerda de yute que le daba al paquete ese aire tan antiguo como atractivo.
Con energías renovadas, lo guardó en su enorme bolsa y se dirigió hacia la moto con la sensación de haberse convertido en una suerte de Papá Noel.
Sí, puede que fuera justo eso lo que encontraba tan mágico de su labor.
Solo que él no repartía las alegrías en un trineo tirado por renos voladores, sino en la moto que le proporcionaba Correos.
Si por él fuera, todavía lo haría en una de esas bicicletas vintage , a la antigua usanza.
Con una sonrisa imborrable en el rostro, giró la llave en el contacto y se incorporó al trasiego del paseo de las Delicias.
El paquete llevaba la dirección de uno de los primeros números de la avenida de Córdoba, en sentido contrario y al otro lado del Manzanares, pero Antonio, tan amigo de un buen misterio como del romanticismo que parecía acompañar a su tarea ese día, decidió dejarlo para el final y deshacerse primero del dichoso publicorreo y, con algo de suerte, de las malas energías que parecían emanar de él.
Durante las horas siguientes, el maletero amarillo de la moto fue menguando su contenido entre charlas con los vecinos de toda la vida, que siempre se alegraban de reencontrarse con él.
Tras recorrer gran parte del distrito de Arganzuela, ya liberado de la dichosa propaganda y de las malas vibraciones que la acompañaban, se dirigió con la moto hacia el puente de la Princesa, que, a decir verdad, estaba convencido de que tendrían que haberlo construido con algo más de mimo si pensaban ponerle ese nombre.
Con el paquete misterioso a buen recaudo en el baúl de la moto, se aventuró en la complicada tarea de sortear la glorieta de la plaza de Legazpi sin ser arrollado por un patinete eléctrico, un taxi con prisas, una furgoneta de reparto con más pinta de autobús noctámbulo o, en el peor de los casos, por varios vehículos al mismo tiempo.
Con pericia, también logró salir indemne de esos peatones casi suicidas que, por alguna razón, se jugaban cada día su efímera existencia al saltarse el semáforo del carril bici de la entrada del Matadero.
Encontraba extraño su orden de prioridades: coger el autobús, no salir de casa cinco minutos antes y, en tercer y último lugar, llegar vivos a su destino.
Desde luego, la vida en la capital le resultaba de lo más curiosa.
Todavía inmerso en esos pensamientos, cruzó el puente y aparcó la moto en la ancha y destartalada acera de los números pares de la avenida de Córdoba, sacó con cuidado la caja sin dejar de preguntarse qué contendría y qué relación tendría el remitente con el destinatario, y se dirigió al portal.
Como el conserje aún estaba en su garita y mantenía abierta la entrada, Antonio decidió no pelearse con el moderno portero automático que habían instalado en la fachada del edificio.
—Buenos días —saludó al portero (no al automático, sino al de carne y hueso), pero estaba tan ensimismado con su teléfono móvil y la serie que se reproducía en él que apenas oyó un gruñido por respuesta.
El cartero decidió subir a pie hasta el sexto piso para estirar las piernas, cansado de pasar gran parte de la jornada sentado en la moto. Una vez allí, tras perderse con la caótica e inexplicable distribución de la planta, dio con la puerta indicada.
—Por fin —suspiró para calmarse antes de tocar el timbre.
Estaba casi tan nervioso como el día que le pidió a Sofía que se casara con él... No solía entregar paquetes envueltos con tanto cariño como ese. Debía de ser especial. Mucho.
Con los nervios a flor de piel, llamó al timbre. Una. Dos. Tres. Y hasta cuatro veces. Pero pasó lo peor que podía ocurrir, lo que no había querido ni imaginar.
Nadie abrió la puerta.
—Qué lástima... —susurró mientras intentaba decidir qué hacer.
Sabía que no podía dejar el paquete abandonado a su suerte delante de la puerta del piso. «Quizá el portero siga enganchado al teléfono y pueda dejárselo a él», pensó. Decidido, bajó de nuevo a pie hasta la entrada, donde, en efecto, el enfrascado conserje no apartaba la vista del teléfono.
—Disculpe —susurró Antonio, temeroso de sobresaltarlo.
El hombre emitió una especie de gruñido que el cartero decidió traducir por algo parecido a «¿Quién eres y cómo osas apartarme de mi serie justo en el mejor momento?».
—Disculpe —repitió—. Venía a entregar este paquete, pero parece que no hay nadie en casa. ¿Se lo puedo dejar a usted para que se lo dé a la chica cuando la vea?
Esa vez, el portero se puso las gafas y leyó con curiosidad el destinatario escrito a mano en el paquete.
—Me temo que no —respondió muy serio.
Antonio, que no sabía cómo interpretar aquellas palabras, se quedó mudo por un instante.
—No creo que vaya a verla —añadió el portero.
Más contrariado que antes, Antonio decidió echarle una mano a ese hombre para arrancarle alguna frase completa.
—¿Pasa muchas horas fuera de casa?
—No lo sé.
Antonio frunció el ceño, cada vez más confundido. Lo que le había emocionado tanto esa mañana se tornaba la misión más complicada e imposible que pudieran haberle asignado.
Entonces, justo cuando terminó el capítulo de la serie que mantenía absorto al portero, este apagó el teléfono, se puso en pie y pronunció las peores palabras que el cartero podría haber escuchado:
—Ya no vive aquí. —Hizo una pausa, como si fuera consciente de que su interlocutor necesitaba procesar ese dato tan insignificante para unos y tan terrible para otros—. No tengo ni idea de adónde se fue. Lo lamento.
Antonio, aún inmóvil, acertó a tartamudear:
—No... no se preocupe. Gracias.
Parecía mentira que una misma caja pudiera haber despertado en Antonio la más grande de las ilusiones para enfrentarse a la jornada y que, sin embargo, en ese momento, se hubiera convertido en una pesada losa que apenas se sentía capaz de sostener mientras caminaba de vuelta hacia la moto.
La idea de tener que devolver ese paquete a su emisor lo sumía en una profunda tristeza.
Rompería dos corazones por el precio de uno: el de un destinatario que jamás sabría que padecía la desdicha de, quizá, haberse perdido lo mejor; y el de quien empaquetó su amor con todo el cuidado del mundo para verlo de nuevo regresar a su puerta, solo que no de la forma que esperaba.
Cuando Antonio cruzó apesadumbrado el umbral de su apartamento media hora más tarde, no podía ni imaginar que quizá, solo quizá, había sido lo mejor.
Pese a su gran afición por fantasear e imaginarse la vida de otros envuelta en un aire romántico, no pensó siquiera en que ese paquete pudiese contener recuerdos dolorosos que era mejor que no vieran la luz.
No pudo tampoco vaticinar que quizá esa chica era feliz en otra parte, sola o acompañada, pero rodeada de más flores y menos contaminación.
A veces es imposible ver el vaso medio lleno. Y también está bien.
Cualquier otro día, Antonio podría haber dado forma a esa o a otras mil historias para lo que acababa de suceder.
Sin embargo, aquel paquete que jamás llegaría a su destino lo vio como esa última carta de Sofía que él nunca llegó a recibir.
Aquel martes húmedo y frío solo podía pensar en dos cosas: en que un día más su buzón estaba vacío y en lo lejos que quedaba todavía el viernes.