El café de las almas perdidas 9. RECETA DE LA ABUELA #2
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9. RECETA DE LA ABUELA #2

Diego no daba crédito a los niveles que estaba alcanzando la intuición de su madre.

El chico solo acertó a ponerse tan colorado que no hicieron falta palabras para confirmar las sospechas de Anabel.

Ella sonrió, tomó de las manos a su hijo tras quitarle con delicadeza la espátula con la que había extendido la crema y le dijo con todo el amor de su corazón:

—Cuando conocí a tu padre, allá por el Pleistoceno, no podía imaginar siquiera la preciosa historia que me esperaba junto a él.

—Anabel sonrió con visible nostalgia y los ojos inundados de lágrimas—.

Tampoco podía imaginar la forma cruel en que la vida nos lo arrebataría, pero ¿sabes qué?

Que aquello me enseñó lo más importante que he aprendido jamás: la vida es un regalo, el más precioso e inmerecido que recibimos desde que venimos al mundo, y la mayoría de las veces no logramos apreciarlo antes de devolverlo.

Porque, en esencia, nuestro paso por esta vida no es más que eso, un préstamo que hemos de devolver al final de nuestros días.

Nada dura para siempre, hijo. No lo olvides.

Aprovecha los regalos de la vida mientras los tengas al alcance de la mano, por si mañana es demasiado tarde.

Diego, que había escuchado a su madre con la misma atención que cuando de niño le enseñaba con paciencia las recetas que Alejandro había heredado de la abuela, se quedó mudo.

Por su mente pasaban difusas las pocas escenas que habían quedado grabadas al lado de su padre, junto con la sonrisa eterna de su madre.

Incluso de niño le sorprendía que Alejandro tuviera la capacidad de provocar esa bella sonrisa en Anabel.

Quizá por eso anhelaba tanto ser, algún día, la causa de ese gesto en la ninfa de las flores.

Pero sabía que su madre estaba en lo cierto: el momento perfecto no existía, y la famosa frase de que estaban de paso no era más que la cruda y jodida realidad.

Al día siguiente podía ser demasiado tarde.

Demasiado tarde para romper la coraza de las camisas de franela.

Demasiado tarde para confesarle a Briana que estaba loco por ella.

Demasiado tarde para tantas cosas...

Anabel esperó con paciencia a que su hijo procesara todo lo que acababa de decirle. Ese silencio en el muchacho era como el tiempo que se deja reposar una buena masa: la clave para que los siguientes pasos dieran fruto.

—Gracias, mamá —respondió al fin Diego.

Anabel, tras secarse la última lágrima que había escapado de sus ojos, le acarició la mejilla a su hijo, le sonrió por millonésima vez en la vida y le devolvió la espátula para que pudiera terminar el pastel.

—Yo la veo perfecta, hijo.

—Sí, ha quedado bien.

—Diego, no me refiero a la tarta.

No muy lejos de la sonrisa imborrable de Anabel y del escalofrío que sintió Diego al oír las palabras de su madre, el improvisado club de los viernes daba los últimos tragos a sus copas de vino.

—Entonces, ¿tendrás que echar el cierre si no consigues más clientes?

Briana acababa de relatar a sus compañeros sus temores sobre el negocio, que no tenía pinta de florecer pronto.

De hecho, la joven lo veía más bien marchito, a pesar del encargo semanal de Anabel para decorar las mesas de la cafetería y de esa nueva clienta, Paloma, que le había prometido regresar cada semana.

—Eso me temo —respondió a la dolorosa pregunta de Manuela—. Era... Es el sueño de mi vida y el de mi abuela Cecilia. Le prometí que siempre lucharía por mis sueños, y temo estar a punto de fallarle.

Antonio interrumpió a la joven, que incluso se sobresaltó por la firmeza de las palabras del cartero.

—Escucha, Briana. No le has fallado. En el momento en que decidiste apostarlo todo, alquilar ese local y abrir tu floristería, le dejaste más claro que nunca que lo habías logrado.

—¿Fracasar? —La chica no compartía la naturaleza soñadora y romántica del cartero.

—Luchar por tu sueño —recalcó Antonio con seriedad paternal hacia la joven—. ¿A que tu abuela no te hizo prometerle que tu negocio tendría éxito, que no te arruinarías o que te encargarías de los arreglos florales de las bodas de la familia real?

—No, pero...

—No hay peros que valgan, Briana. Desde donde esté, Cecilia está orgullosa de ti, ¿me oyes? Ya lo has logrado. Lo que pase de ahora en adelante no depende de ti. Forma parte del juego.

Antonio le tendió la última galleta de mantequilla que quedaba en el plato como si fuera el trofeo de los campeones.

Quizá lo fuese. Tal vez no existía mejor premio en la vida que saborear una galleta recién horneada en un refugio repleto de libros y rodeado de personas bonitas de verdad, bonitas por dentro.

La chica reconoció que el cartero tenía parte de razón.

—Gracias, Antonio, muchas gracias. —Briana tomó la galleta con lágrimas en los ojos y comprobó que tanto Víctor como Manuela los observaban emocionados.

Desde su educado silencio para no interrumpir al sabio cartero, le brindaban a la florista todo su apoyo.

—Haz caso a este hombre, Briana. Te aseguro que sabe lo que dice. —La pelirroja observó a Manuela, que miró al cartero con cariño mientras pronunciaba estas palabras.

—Briana, no te preocupes. Si el negocio va mal, siempre podremos mendigar juntos cuando oficialmente me quede sin clientes. —Las palabras de Víctor provocaron una sonrisa en la chica justo cuando Diego se aproximaba a la mesa.

El pastelero carraspeó tan cerca de Briana que ella temió una vez más ese aire tan serio que desprendía siempre. ¿Cómo podía tener esa planta de leñador huraño y hacer unas tartas tan deliciosas?

—Chicos, perdonad. Es casi la hora del cierre.

Los cuatro miraron sorprendidos el enorme reloj antiguo que colgaba detrás de la barra. Se les había pasado la tarde en un suspiro.

—Perdona, Diego. No queríamos retrasaros. Se nos ha ido el santo al cielo. —Briana se levantó como un resorte.

Por nada del mundo quería que aquella familia echara el cierre más tarde por su culpa después de invitarla a innumerables cafés desde que había abierto la floristería.

Sin embargo, se levantó tan rápido que apenas se dio cuenta de que estuvo a punto de tropezar con Diego y su camisa de franela al rodear el sillón.

El chico se estremeció, aunque Briana estaba muy lejos de saber que el motivo era el aroma de las flores que desprendía su cabello pelirrojo alborotado, donde aún quedaba alguna ramita rebelde después del día de trabajo.

Con el cuidado de quien maneja el más fino de los cristales, Diego acercó una mano hacia el pelo de la joven, retiró la ramita y se la mostró con una sonrisa.

—Gracias —tartamudeó ella, que hasta ese instante no se había parado a pensar en la excelente combinación que conformaban el aroma de la tarta recién horneada con el de sus pétalos. Y le gustó. Mucho.

A pocos metros, Víctor y Manuela intercambiaban recomendaciones librescas mientras Antonio se enfundaba el abrigo para salir a la fría noche de Madrid. Ninguno se percató de los miles de mariposas que revoloteaban en silencio alrededor de la florista y el pastelero.

Quizá ni ellos mismos se dieron cuenta.