9. RECETA DE LA ABUELA
RECETA DE LA ABUELA
Antonio contempló a aquel joven de pelo desaliñado y gafas negras que acababa de aterrizar en su mesa de una forma tan inesperada que solo era posible en El Refugio de su amiga Anabel.
Como buen apasionado de la vida y las historias que otros tenían que contar, observó al muchacho con interés, igual que había hecho con la florista cuando Manuela se la había presentado unos minutos antes.
—Bueno, joven, ¿cómo te llamas?
—Víctor. Me llamo Víctor —respondió un tanto cohibido, pero visiblemente más cómodo que al llegar a la mesa.
—Encantada, Víctor. Yo soy Briana, la florista de aquí al lado —se presentó la pelirroja, que luchaba en ese instante con las hojas de las flores que aún seguían desperdigadas por las mangas de su jersey.
—Yo soy Manuela. —Una tímida sonrisa, aún con un deje de tristeza, se dibujó en los labios de la profesora.
—Un placer, chicas.
—Bueno, muchacho, yo soy Antonio. Dime, ¿qué te trae por aquí? —le preguntó el hombre sin perder la sonrisa.
Víctor abrió los ojos como platos y frunció los labios en un intento de ordenar las ideas antes de hablar.
—¿Por dónde empiezo? Soy traductor y me dedico, principalmente, al sector editorial.
—¿Traduces libros? Me fascina la lectura. —A Manuela le brillaban los ojos por la emoción. Antonio la observó ilusionado al ver ese cambio en su semblante.
—Sí, eso intento al menos. Pero no es tan sencillo.
—El chico les habló a grandes rasgos de las tarifas, los plazos y las circunstancias en las que solía trabajar.
Si todo eso se sumaba al elevado alquiler que había alcanzado incluso un piso compartido, no era difícil dibujar la situación en la que se encontraba.
—Pero ¿tienes tiempo para ti? —Briana pareció alarmada al darse cuenta de hasta qué punto podía llegar la aventura del emprendimiento.
Víctor soltó una carcajada nerviosa antes de contestar:
—En realidad, esta ha sido mi primera tarde libre en... ¿Qué digo? Esta ha sido mi primera tarde libre desde que empecé como autónomo. Si no contamos las de los sábados y domingos, claro.
Sus improvisados compañeros enmudecieron al imaginar el estrés y la presión que el chico cargaba sobre los hombros.
—Si me permites el atrevimiento —se aventuró Antonio con cautela—, eso debe cambiar. Estamos de paso en esta vida y, por tópico que suene, nunca sabemos cuánto nos queda. Deberíamos disfrutar del regalo de existir, ¿no crees?
El cartero observó a esos tres jóvenes que, por diferentes circunstancias, hacía tiempo que transitaban por la vida en piloto automático, en modo supervivencia. Todos asintieron reflexivos.
—Sí... —reconoció Víctor con un profundo suspiro que lo hundió hasta el fondo del sillón—. Antonio, ¿por qué nadie me lo ha dicho antes tan claro?
—Eso no lo sé, hijo. Y tampoco sé cómo sacarte de ahí, pero ya se nos ocurrirá algo, ¿verdad, chicas?
El cartero miró a Briana y Manuela. Sabía que estaban tan necesitadas del abrazo emocional que había supuesto esa tarde en buena compañía como de brindarle a otro corazón el mismo alivio que ellas habían recibido.
Por un momento, Antonio se sintió como su amiga Anabel y entendió por qué había mandado a ese chico a su mesa.
Algo en su gesto, su postura o su mirada abatida debía de haberlo delatado como otra alma perdida.
Y así, de repente, sin esperarlo ni verlo venir, como la mayoría de las cosas que de verdad merecen la pena, cuatro vidas se cruzaron una tarde cualquiera de un viernes de noviembre en uno de los pocos rincones que podían llamarse refugio en el caos que inundaba las calles de Madrid.
Y el cartero no podía sentirse más agradecido.
—Os propongo una cosa, a ver qué os parece.
—Antonio dejó sobre la mesa la taza de café vienés, a la que acababa de dar el último sorbo—.
Ya que, por lo que sea, el destino, la vida o como queráis llamarlo ha decidido juntarnos a los cuatro aquí y ahora, ¿os gustaría que nos viéramos un rato los viernes y compartiéramos un café y algunas de nuestras catastróficas desdichas?
En otras circunstancias, el cartero no se habría atrevido a formular aquella pregunta a tres personas a las que, al fin y al cabo, acababa de conocer.
Pero algo lo empujaba a continuar aquella charla, viernes tras viernes, entre las idas y venidas de su querida Anabel para rellenar sus tazas humeantes.
—Me encantaría —lanzó Manuela sin dudarlo ni un instante.
Antonio supo de inmediato que nada le hacía más falta a esa chica que buscar refugio en lugares nuevos, en personas nuevas, lejos de ese capullo de Jairo y sus incomprensibles matemáticas. El cartero tampoco se fiaba de los números, sobre todo si no estaban escritos a mano.
—Sí, a mí también me gustaría, aunque no sé cómo voy a pagar a Anabel todos los cafés a los que me ha invitado y a los que, me temo, seguirá invitándome. —La florista pareció un poco cohibida, pero Antonio no tenía duda de que también encontrarían remedio para eso.
—¿Tú qué dices, muchacho? —animó el cartero a Víctor, que todavía no salía de su asombro.
De pronto, la mirada del chico de las gafas negras cambió como si al fin se hubiera dado cuenta de que su vida se había puesto patas arriba en el momento preciso y de que las casualidades no existían.
Al menos, eso fue lo que imaginó Antonio, que compartía esa pasión por las historias de otras vidas con el traductor, aunque aún no lo supiera.
—Sí, nada me haría más ilusión ahora mismo —dijo el joven sin perder la sonrisa.
—¡Esto hay que celebrarlo, hombre! —Antonio se levantó emocionado y se dirigió hacia la barra, donde la repostera lo observaba con ese cariño mutuo que se profesaban desde hacía dos décadas—. Anabel, te parecerá una locura que te pida esto, pero ¿tienes algo de vino?
La mujer se echó a reír. Incluso a Antonio le hizo gracia la idea de abandonar por un día su adorado vienés.
—Sí, Antonio, algo tenemos por ahí reservado para las ocasiones especiales.
Ahora os lo acerco, junto con unos dulces para acompañarlo.
¿Qué celebráis? —preguntó con interés, aunque ambos sabían que ella había dado en el clavo al animar al traductor, que arrastraba su propia paradoja a cuestas, igual que sus compañeros.
—La vida, Anabel. Celebramos la vida.
Mientras su madre descorchaba una botella de vino para el recién inaugurado club de los viernes, Diego se afanaba con su habitual concentración en la cobertura perfecta de la receta mejor guardada de su abuela paterna: la tarta de zanahoria.
Había separado con mimo las diferentes capas de bizcocho y había colocado entre cada una de ellas la crema que daba el toque perfecto a ese dulce tan mágico y otoñal.
No obstante, para no faltar a la verdad, había que reconocer que ese postre se servía en El Refugio de Anabel durante todo el año.
En aquel oasis, nunca era demasiado pronto ni demasiado tarde para el otoño. Era el momento perfecto.
Sin embargo, aquella tarde de noviembre a Diego le estaba costando algo más de lo habitual dar los últimos toques al pastel.
Esa cobertura, que siempre debía quedar perfecta para no pelearse consigo mismo, se le estaba rebelando.
Quizá tuviera algo que ver la presencia de la chica de las flores, cuyo delicado perfume a dalias casi podía percibir si se concentraba.
O ese tipo con pinta de hípster de pelo indomable que se había sentado a su lado y la estaba haciendo sonreír.
Si había algo que Diego anhelara casi tanto como conseguir siempre la cobertura perfecta era ser la causa de alguna de las preciosas sonrisas de Briana.
Puede que su espíritu de hombre de bosque, aislado de todo y de todos, le impidiera dirigir sus pasos hacia esa maravillosa chica y decirle que se moría por conocerla y enamorarse de ella.
O quizá ya lo estaba. ¿Se podía amar a alguien a quien apenas se conocía?
¿Se podía tener miedo a perder a esa persona, pese a no haberla tenido nunca?
Esas preguntas sin respuesta le hicieron pensar en la historia de amor de sus padres.
Diego apenas recordaba pinceladas de Alejandro, pero en todas ellas había amor, sonrisas y esa tarta de zanahoria que había pasado de generación en generación en la familia de su padre.
Por eso debía quedar siempre perfecta. Porque Diego debía estar a la altura.
Del legado de su abuela, del recuerdo de su padre y del esfuerzo de su madre, que lo había sacado adelante sola y al frente de un negocio.
Se sentía en deuda con ella, con esa mujer buena y sonriente a la que tenía la enorme suerte de llamar mamá .
Y no quería dejarla sola nunca, porque Anabel jamás lo había hecho.
Ni cuando de niño se raspaba las rodillas al caerse en la arena del parque ni cuando empezó a hornear sus primeras galletas, que parecían montañas amorfas en lugar de pastas redonditas.
Se lo debía todo, y por eso, por mucho que Anabel le hubiese enseñado a volar, Diego no se planteaba abandonar el nido.
Su sitio estaba allí, detrás de la barra, con esas coberturas traicioneras y junto a la mujer más buena que había conocido jamás.
Pero la coraza que el pastelero había construido a su alrededor, tejida de toda esa presión autoimpuesta, era mucho más gruesa de lo que aparentaban las inocentes camisas de franela y las robustas botas de leñador.
Sin embargo, en medio de ese bosque interior, desde hacía apenas un mes, flotaba esa pelirroja de moño despeinado y salpicado de pétalos. La chica de las flores...
—Diego, ¿estás bien? —Anabel interrumpió los pensamientos de su hijo, que, por el sobresalto, a punto estuvo de arruinar la tarta en la que trabajaba.
—Sí, mamá, perdona. Estoy cansado.
—¿De mirarla sin atreverte a decirle nada?