El café de las almas perdidas 8. TE LO ASEGURO, JOVENCITO #2
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8. TE LO ASEGURO, JOVENCITO #2

Con un suspiro que emanaba esperanza y algo de resignación, guardó el teléfono en el bolsillo de la chaqueta y caminó hacia el paseo de las Delicias.

No le apetecía volver a casa, a su soledad, a su cueva.

Mientras descendía la interminable cuesta, se entretuvo observando con curiosidad a los transeúntes.

Algunos aprovechaban las últimas horas del día para salir a correr, quizá con la esperanza de escapar de sus propios fantasmas.

Otros caminaban despacio, tal vez con el temor de no volver a vivir un instante tan especial como el que a cada paso dejaban más y más atrás.

Y unos pocos parecían hacer un esfuerzo sobrehumano para continuar.

Jóvenes, mayores, niños, ancianos... Daba igual la edad, el género, la nacionalidad.

Víctor estaba convencido de que todos y cada uno de ellos tenían su propia historia, sus propios miedos, sus propias ilusiones.

Quizá también un castillo azul al que escapar de vez en cuando.

En el peor de los casos, puede que no supieran adónde huir en los momentos grises.

Como él, que hasta que esa misma tarde no lo había rescatado un sabio librero no había descubierto cómo salir de ese incómodo caparazón en el que se creía protegido.

Sin embargo, estaba cansado. Era agotador ser el puente eterno al que nadie presta atención, al que nadie cuida ni proporciona el mantenimiento necesario.

A veces se creía justo eso, un puente a punto de ser arrastrado por la corriente en cuanto el río bajara más fiero.

Pero nadie parecía notarlo. Nadie parecía temer una crecida de las aguas que destruyera para siempre su único modo de superar barreras imposibles, como la de las lenguas.

Sumido en un mar de pensamientos incontrolables, Víctor detuvo su caminata a la altura de la plaza Luca de Tena, donde se sentó un instante para calmar la mente, aunque la tarea parecía más complicada que adivinar las idas y venidas de aquel editor chiflado que le había amargado el viernes.

O quizá no. Tal vez, en el fondo, debería darle las gracias porque, si no le hubiera trastocado los planes, la agenda y los ingresos de los próximos meses, no habría disfrutado de esa tarde en El Retiro, ni habría compartido galletas de mantequilla con unas palomas golosas, ni habría conocido a un librero mágico, ni habría viajado al castillo azul de Valancy Stirling.

A pocos metros, la fachada de una floristería llamó su atención justo cuando se apagaban las luces del interior.

Leyó con curiosidad el rótulo del escaparate: Un Ramito de Violetas.

Sonrió al imaginar la cantidad de historias posibles para que el título de aquella canción se hubiese convertido en el nombre de un negocio.

Al instante, una joven pelirroja con el cabello recogido en un moño desenfadado y salpicado de algún que otro pétalo travieso echaba el cierre al local, que comprobó unas cinco veces, y sonrió mientras observaba la fachada y el letrero iluminado.

Víctor, con la curiosidad nata del traductor que llevaba dentro, intentó ver adónde se dirigía la muchacha.

En una de las callecitas perpendiculares al paseo principal, la chica accedió a una cafetería del todo desconocida para él.

De nuevo, el nombre del negocio, El Refugio de Anabel, no lo dejó indiferente.

Se acercó a la entrada con la mera intención de echar un vistazo, pues su economía no le permitía pisar demasiadas cafeterías por mucho que le apeteciera.

Dudó unos minutos, pero, cuando a través de la cristalera vio la inmensa librería de madera que vestía una de las paredes del local, no pudo resistir la tentación de cruzar el umbral, igual que Alicia al adentrarse en la madriguera del Conejo Blanco.

¿Por qué no? Hacía tiempo que tenía ganas de darse un capricho —aunque fuera el segundo del día tras su botín literario—, de descubrir un local nuevo, un oasis de calma en medio de tanto cemento en el que disfrutar de un dulce y una bebida calentita.

Cuando pisó las delicadas baldosas hidráulicas que daban la bienvenida al café, le costó decidir qué le sorprendía más: el intenso y agradable aroma a mantequilla que bañaba el espacio; el silencio reinante entre los clientes, más propio de una biblioteca; o el joven pastelero, concentrado en la elaboración de una tarta de zanahoria, que parecía estar a punto de romper a sudar a causa del esfuerzo.

—Buenas tardes —lo saludó la amable voz de la que, imaginó, sería Anabel, la dueña de ese oasis.

Víctor se acercó a la barra, bañada por el hilo musical del establecimiento. En ese instante sonaba This October , de Julie London.

—Buenas tardes. —El chico se quedó abrumado al ver la cantidad de opciones que se ofrecían sobre el mostrador, desde dulces otoñales hasta tartas de queso, zanahoria o arándanos, y una gran variedad de galletas de mantequilla—. Quería... No sé. La verdad es que estoy un poco perdido.

—¿Qué te parece un rooibos de chocolate blanco y un poco de tarta de queso? No es que sea un GPS, pero tal vez la combinación te ayude a encontrarte.

El chico sonrió ante la curiosa pastelera. Parecía sacada de una de esas novelas de las que tanto disfrutaba y que hacía mucho que había abandonado, hasta esa misma tarde.

—Me parece una idea perfecta. —El joven echó un vistazo al local, lleno hasta los topes—. Aunque..., no sé si hay sitio.

—Pues claro que queda. Mira, allí, en la mesa de las almas perdidas.

Anabel sonrió al tiempo que señalaba una de las mesas del fondo, bajo la inmensa librería de la que el traductor apenas podía desviar la mirada.

La ocupaban un señor en la cincuentena y dos mujeres jóvenes que, calculó, tendrían su edad.

—¿En la qué? Yo no... No sé si debería.

—Venga, no seas tímido. No te van a quitar un trozo. Bueno, de tarta, tal vez. Tú acércate y diles que te mando yo. Te sentirás a gusto con ellos, te lo aseguro, jovencito.

Víctor, que vio con el rabillo del ojo al pastelero, con más pinta de leñador, sonreír y menear la cabeza como si diera por perdida a esa mujer, no tardó en obedecer y encaminarse hacia la mesa indicada.

Se sentía como cuando era niño y su madre le daba una orden, o peor aún, como cuando en el patio del colegio alguna profesora lo obligaba a hacer amigos a la fuerza.

Sin embargo, en aquel momento parecía igual de pequeño que entonces, incluso más.

De pronto, los pasos que lo separaban de la mesa que le había señalado Anabel se tornaron la más peligrosa de las travesías que el traductor hubiera emprendido jamás, incluso por encima de batirse el cobre con editores chiflados.

«Venga, Víctor, que no te van a comer», intentó animarse sin dejar de caminar.

Al llegar, los tres clientes interrumpieron su charla y lo miraron con curiosidad.

El traductor se pasó las manos por el pelo por millonésima vez en los últimos minutos, temeroso de empezar a hablar.

Qué ironía: un traductor sin palabras. Aunque en el fondo hacía tiempo que se había quedado sin ellas.

—Esto... Yo... —Tragó saliva y se recolocó las gafas negras de pasta para ganar unos segundos—.

Antes de nada, os pido disculpas por interrumpir vuestra merienda y conversación.

Veréis, me envía la camarera, imagino que es la dueña.

No queda sitio, y me ha contado no sé qué de unas almas perdidas.

El caso es que me ha dicho que debía venir a esta mesa, y me siento como un crío intentando hacer amigos.

—Los tres clientes intercambiaron unas miradas que Víctor no supo interpretar—.

Sé que debo de parecer un chiflado, aunque para eso ya está el editor que me ha fastidiado el día, creedme.

Lo que quiero decir con todo esto es que comprendería perfectamente que. ..

—Chico, ¿cuándo vas a sentarte de una vez y dejarte de tanto discurso?

—lo interrumpió el hombre con una cálida sonrisa—.

No tienes que disculparte por nada. Si Anabel te ha mandado aquí, por algo será, estoy seguro.

¿No creéis? —Miró a sus amigas para asegurarse de que la compañía del joven no las incomodaba.

Ambas asintieron casi al unísono.

—Está bien, si insistís...

Víctor tomó asiento en el sillón contiguo a ese hombre tan curioso como la pastelera. Él también parecía sacado de una historia, de una de otra época.