8. TE LO ASEGURO, JOVENCITO
TE LO ASEGURO, JOVENCITO
—La madre que lo...
—¿A mí? —Dani cruzó el pasillo por delante de la Traducueva de Víctor en el momento menos oportuno. O quizá precisamente en el más oportuno, según se mire.
—No, no. —El joven traductor se pasó las manos por el cabello alborotado por enésima vez en esa mañana de viernes.
Llevaba una semana de locos, como de costumbre, en realidad.
Pero ese día estaba al borde del colapso—.
¿Te acuerdas del editor chiflado? —Dani asintió con seriedad y se sentó en la cama de su compañero, dispuesto a escuchar—.
Bueno, pues resulta que está más chiflado de lo que parecía, si es que eso es posible, y, después de toda una semana documentándome y leyéndome la mierda de novela que me propuso traducir, ahora ha cambiado de opinión.
—¿Ahora también le parece una mierda a él? —Dani frunció el ceño algo contrariado.
—Dice que al final se han decantado por unas obras alemanas de las que, por supuesto, no puedo encargarme con mi combinación de lenguas.
—Pero no lo entiendo. Te pasó las tarifas, la obra... Hablasteis de plazos, incluso. Eso no puede ser legal.
Víctor negó con la cabeza y exhaló un largo suspiro mientras buscaba las palabras adecuadas.
—No puedo hacer nada, Dani. Al fin y al cabo, no habíamos firmado ningún acuerdo. Pero me fastidia haber adelantado trabajo para llegar a ese ridículo plazo y que ahora cancele el proyecto sin más.
En el fondo, a esas alturas, a ninguno de los dos les sorprendía. No era la primera vez que un cliente se la jugaba a Víctor, y tampoco sería la última si quería seguir pagando el alquiler y manteniendo su mala costumbre de comer a diario. La vida era así, al menos la suya.
—Y ¿qué vas a hacer? —se aventuró a preguntar Dani, con tacto.
—¿Sinceramente? Apagar el ordenador y salir a dar un paseo un viernes, en horario laboral, por primera vez en mucho tiempo.
—Pero si son las cinco. Técnicamente, ya no es...
—Dani, ya me entiendes. Mi horario abarca la semana completa —lo interrumpió Víctor, al que no le faltaba razón.
Su vida consistía en vivir por y para los horarios y los plazos de sus clientes. Se había olvidado de lo que era un día libre escogido por él para dedicarse a lo que le apeteciera.
—También es verdad —concedió Dani con media sonrisa—. Me encantaría acompañarte, pero he quedado con... —Hizo una pausa con la que solo consiguió ponerse colorado—. Con una chica.
Víctor alzó las cejas y dejó escapar una sonrisa. Sabía lo mal que lo había pasado Dani después de su última relación, y le emocionaba casi más que a él verlo ilusionado de nuevo.
—Así que una chica, ¿eh? —El traductor lo miró por encima de las gafas para arrancarle una sonrisa a su amigo—. ¿Y puedo saber algo más de esa chica misteriosa?
Dani se sonrojó sin poder ocultar la sonrisa que se le había pintado en los labios.
—Se llama Sigrid.
—¿Se ha escapado de una fábula nórdica?
—A veces yo también me lo pregunto, Víctor.
Es tan distinta... —El traductor observó a su amigo, que bajó la mirada, tal vez pensando en la triste relación de la que había salido seis meses atrás—.
Después de que Berta se enrollase con su recepcionista de la clínica dental, había perdido la fe en la humanidad y en los dentistas.
Víctor no pudo reprimir una carcajada.
—Oye, ¿y dónde has conocido a tu musa nórdica? Ya me imagino que no ha sido en el dentista.
—En una biblioteca. ¿Te lo puedes creer?
—No, la verdad es que me cuesta imaginarte en una.
Ambos estallaron en una carcajada llena de complicidad. El informático no era muy amigo de los libros, a diferencia del traductor.
—Venga, vale, fue en la puerta de la biblioteca. Iba de camino a la oficina, y ella estaba allí. Andaba distraído con el café en la mano, nos chocamos y..., pues eso.
—¿Cómo que «y..., pues eso»? Necesito todos los detalles, tío. —Víctor, que no tenía tiempo para romances ni nada que se le pareciera, quería al menos disfrutar de la historia del informático como primer espectador.
Dani consultó el reloj de su teléfono.
—Pues tendrás que esperar, colega, porque llego tarde y no quiero que se harte de mí en la tercera cita.
—¿Tercera cita? ¿Pensabas contármelo el día de la boda? Anda, tira y disfruta. —Víctor le dio unas palmadas en el hombro antes de despedirse—: Te veo luego.
Poco después, un perfumado y elegante informático salía por la puerta del piso seguido de un traductor necesitado de una de sus tardes curativas en El Retiro.
Separaron sus caminos cerca de la estación de Atocha.
Víctor subió la cuesta de Moyano con la tranquilidad y la atención que merecían todos aquellos tesoros literarios que buscaban nuevo dueño.
Si esos ejemplares pudieran hablar, ¿qué historias contarían, aparte de las que sus autores plasmaron sobre el papel?
Le encantaba perderse en esas páginas que el tiempo había amarilleado con elegancia, en las dedicatorias escritas a mano a esos grandes amores que quizá no lo fueron tanto, en las colecciones que los nietos vaciaban sin piedad de las bibliotecas heredadas de sus abuelos. ..
Amaba todas y cada una de esas historias.
Su sueño siempre había sido dar voz española a todas las que pudiera, servir de puente, de hilo conductor, entre culturas, países y corazones necesitados de perderse en las páginas de un buen libro para sanar.
Había algo mágico en dialogar en silencio con esos autores a los que hacía viajar a través de mares, océanos y continentes para ayudarlos a alcanzar la orilla opuesta, donde un lector sediento de historias recibía con ansia su mensaje, como si se tratara de una botella que alguien hubiese lanzado al mar con la esperanza de que llegase a la persona adecuada.
Pero hacía tiempo que sus ilusiones se habían visto truncadas por las condiciones laborales que se ofrecían a un traductor joven, autónomo y residente en una gran ciudad.
No se le daban bien las matemáticas, pero no había que ser un genio para entender que la diferencia entre ingresos y gastos apenas le daba para pagar el alquiler.
—Joven, ¿te encuentras bien? —Uno de los libreros de las casetas se percató del estado melancólico y casi alienado del muchacho, que se había quedado plantado frente a sus libros con la mirada perdida—.
Ya sé que la Divina comedia es de todo menos cómica, pero tampoco te lo tomes así —bromeó mientras señalaba el ejemplar antiguo que Víctor tenía delante.
El traductor sonrió con esa broma que solo un amante de los libros y el lenguaje podría apreciar.
—No se preocupe, no es culpa de Dante. Solo tengo un mal día.
«Y una mala semana, y un mal mes, y un mal año...», pensó.
El hombre pareció intuir más allá de las palabras del joven. Era evidente que, como todo buen librero, tenía una capacidad excepcional para leer entre líneas.
—Creo que tengo la solución para eso. —Se perdió un instante bajo el mostrador y una considerable montaña de libros, y emergió poco después con un volumen antiguo, encuadernado en tonos azules con ese mimo que tanto costaba encontrar—. ¿Sabes inglés?
Víctor contempló con atención el ejemplar de The Blue Castle , de L. M. Montgomery, la autora de Ana, la de Tejas Verdes . Conocía el título, que se había traducido al español como Valancy Stirlingo El Castillo Azul pero en su ajetreada rutina no había tenido tiempo de leerlo.
Sonrió al librero y aceptó con gusto la propuesta.
Sabía que, pese a los mundos que la autora canadiense había creado en sus novelas, repletos de amor por la naturaleza y ambientaciones idílicas, su rutina había estado muy lejos de semejante dicha.
Quizá por eso había dado vida a todos esos refugios literarios.
Y quizá Víctor también necesitase escapar un rato a alguno de ellos.
Tras pagar con gusto su botín, pues los libros eran su único vicio, continuó el ascenso por la cuesta de Moyano hasta alcanzar la puerta del Ángel Caído y adentrarse en el parque, donde se disponía a viajar con Valancy hasta su castillo azul sin moverse de Madrid, en una de esas travesías mágicas que solo un buen libro es capaz de ofrecer.
Minutos después, el joven extendió la toalla sobre la hierba bajo los anaranjados y cobrizos tonos de los castaños, con los últimos rayos del tímido sol de noviembre, no muy lejos del Palacio de Cristal.
Sacó el ejemplar antiguo de Montgomery y, acompañado por un paquete de galletas de mantequilla, se adentró en el maravilloso castillo de la autora.
Lo necesitaba tanto como la propia Valancy.
Víctor, que por culpa de las galletas tuvo que burlar a las palomas igual que el osito Paddington con su sándwich de mermelada, solo interrumpió la lectura cuando casi había anochecido y comenzó a resultarle imposible distinguir las letras sobre el papel.
Con las energías algo renovadas tras ese rato de lectura y autocuidado que llevaba demasiado tiempo sin darse, recogió la toalla y el libro, aunque se rindió con las galletas, que regaló a las insaciables aves que lo acorralaban.
Sumido en sus pensamientos, se encaminó hacia la misma salida del parque por la que había accedido, y sonrió al vislumbrar a lo lejos las casetas de madera desgastada de la cuesta de Moyano.
Ese librero, sin ser consciente —o quizá sí, pues siempre había pensado que un librero y un mago no eran tan distintos—, le había alegrado la tarde.
Dirigió sus pasos hacia la estación de Atocha.
Se acordó de la cita de Dani y decidió enviarle un mensaje para preguntarle qué tal había ido.
El informático no tardó ni un minuto en responder: «Es ella».
Víctor sonrió ante la seguridad que desprendían esas dos palabras, tan inalcanzables para él, encerrado en sí mismo, en su trabajo, en su Traducueva, como siempre la llamaba su amigo.
En silencio, se lamentó por esa extraña soledad en la que se sumía su rutina y deseó que su amigo tuviera razón, que la suerte le sonriera y que fuera ella.