El café de las almas perdidas 7. ROLLITOS DE CANELA PARA ALMAS PERDIDAS #2
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7. ROLLITOS DE CANELA PARA ALMAS PERDIDAS #2

—No hay de qué, Antonio. Son panes prestados, como dice mi padre.

El otro día, cuando llegué aquí completamente rota, tú supiste verlo y te acercaste a consolarme.

Casi nadie hace eso. Todos vamos a lo nuestro y, aunque veamos a alguien destrozado, nos quedamos mirando, juzgando. .., pero no hacemos nada.

—Es que soy un hombre de los de antes. Qué le voy a hacer.

—En tu caso, eso es algo bueno —matizó la profesora—. Insisto, gracias por compartir conmigo algo tan personal. Tu mujer debía de ser maravillosa, y, allá donde esté, se sentirá muy orgullosa de ti. No me cabe la menor duda.

En el rostro del cartero se dibujó una sonrisa triste.

—Supongo que te parecerá una locura, pero, desde que Sofía murió, no he dejado de pensar en que cualquier día encontraré en el buzón una de sus cartas.

Han pasado muchos años, pero no puedo hacerme a la idea de que no dejara preparada una de sus sorpresas por si ocurría algo así.

Era tan previsora... —Antonio se recostó en el sillón con la servilleta empapada de lágrimas aún entre las manos—.

Pero, en fin, sé que eran otros tiempos.

Éramos muy jóvenes, demasiado como para pensar en. .., en lo que pasó.

—Seguro que a ella también le habría gustado hacerlo, Antonio. Pero a veces la vida nos pilla por sorpresa, sin avisar, y rompe todos nuestros esquemas. Sofía vive en ti, y estoy segura de que algún día, cuando volváis a encontraros, te entregará esa carta.

A la propia Manuela le sorprendieron sus palabras, pero las sentía en cada poro de la piel. Ese cartero y su historia la habían conmovido hasta lo más hondo.

A pocos metros del cartero y la profesora flotaban los suspiros de concentración de Diego, entre las idas y venidas de su madre, que daba cobijo a sus almas perdidas mientras él terminaba una de sus famosas tartas de zanahoria.

Al joven le caía bien ese cartero campechano que parecía sacado de otra época y que era, desde que él tenía memoria, el cliente favorito de su madre.

Sin embargo, en aquel instante, el muchacho estaba tan ensimismado en esa cobertura perfecta que no vio entrar a la chica de las flores. El repostero estuvo a punto de echar a perder la tarta de zanahoria cuando Briana rompió de golpe su concentración.

—¿Qué tal, Diego? ¿Me pones un café, porfi? —La florista pareció darse cuenta del desastre que había estado a punto de provocar y se disculpó enseguida—: Lo siento. Te he dado un susto de muerte, ¿no?

El muchacho meditó sus palabras antes de responder:

—Hola, Briana. No, no te preocupes. Es que estaba muy concentrado y... —Paseó los dedos por sus ondas morenas en busca de una explicación que jamás llegaría a encontrar. No con la chica de las flores.

—Pero si por poco destrozas la tarta por mi culpa...

—Sí, es que... Querías un café, ¿no?

—Sí, por favor. Uno bien calentito, que hace un frío terrible ahí fuera.

Diego agradeció el cambio de rumbo de la conversación y se dirigió a la cafetera dispuesto a preparar el mejor café del día, ese al que su madre invitaba cada semana a la nueva florista del barrio para ayudarla en su aventura emprendedora y que Diego ansiaba compartir con ella en secreto.

—Briana, bonita, qué alegría verte —la saludó Anabel con su frescura habitual, incluso a última hora de la tarde—. Diego, recuerda que invita la casa.

—De eso nada. Esta vez pago yo —aseguró la joven con tozudez.

Anabel frunció los labios unos segundos ante la penetrante mirada de la florista, que parecía que intentaba hacerse la dura mientras Diego se aguantaba la risa que le provocaba el curioso duelo que mantenían las dos mujeres más especiales que había conocido, aunque Briana acababa de entrar en su vida.

—Bueno, pero no te acostumbres, que aún te debo el de esta semana —cedió al fin Anabel—. Mira, tienes libre aquella mesa del fondo, detrás de Antonio y Manuela.

—¿Manuela? —preguntó Briana.

—Sí, la profesora. ¿La conoces?

—Sí, este mediodía ha estado en mi floristería.

—Ya entiendo lo de las flores... Anda, ve con ellos y ahora te llevo tu café. Esa chica necesita que le recuerden que vale oro, y, para Antonio, toda compañía es poca.

Pese a que Briana apenas conocía a la profesora y jamás se había tropezado con el cartero, se dirigió hacia allí.

Diego la miró mientras se alejaba con ese moño pelirrojo y despeinado hacia el fondo de la cafetería, convencido de que, si algún lugar en el mundo podía reunir a las almas perdidas —por inusual, excéntrico o inverosímil que pareciera—, ese era el particular refugio de su madre.

Mientras preparaba el café para Briana, el muchacho oía de fondo al cartero y la profesora, que acogieron a la florista de inmediato. Después, se acercó a la mesa con el café de la ninfa de las flores y una generosa porción de tarta de zanahoria para cada uno.

—¡Diego! Saldremos rodando —lo regañó Briana al ver los platos.

El chico sonrió algo avergonzado y solo atinó a decir:

—Qué exagerada eres, Briana. No es nada. Que aproveche.

Otro día más, el pastelero se quedaba con las ganas de sentarse con ella a compartir un café, uno de esos enormes pedazos de tarta esponjosa recién hecha y, por qué no, la vida entera.

Briana lo volvía loco desde que cruzó por primera vez el umbral de la cafetería con ese perfume natural a flores que encajaba a la perfección con el aroma a mantequilla fundida y canela que emanaba de sus pasteles.

Pero la coraza de sus camisas de franela y sus botas de leñador, más compacta que la mejor cobertura del mundo, le impedía dar el paso y contarle a la ninfa de las flores que, sin pretenderlo, se había convertido en la chica de sus sueños.