7. ROLLITOS DE CANELA PARA ALMAS PERDIDAS
ROLLITOS DE CANELA PARA ALMAS PERDIDAS
—Algo me decía que estarías aquí. —Manuela caminó con decisión hasta la mesa del cartero—.
Tenías razón. Es un capullo. Esta semana me ha llamado tres veces.
.. ¡Tres! —enfatizó la muchacha sin dejar de enarbolar el ramo y el libro para remarcar la gravedad del asunto—.
Luego me ignora cuando quiere. ¡Es que ni me mira!
Y esta mañana tiene la desfachatez de invitarme a cenar el sábado.
Como si yo no supiera que, como tantas otras veces, me dejará tirada para luego llamarme como si no hubiera pasado nada. .. Antonio, le he dicho que no.
La profesora hizo una pausa en su atropellado discurso para observar el lenguaje corporal del cartero, pues habría sido imposible que el pobre hombre hubiese encontrado la oportunidad de utilizar el verbal en aquel instante.
—No sé cómo he podido tirar cinco años de mi vida de esta manera y no enterarme de nada. Soy idiota, rematadamente idiota. Y lo peor de todo es que esta noche me dará el bajón, me iré a la cama llorando y este extraño acto de mujer fuerte y empoderada no será más que un lamentable recuerdo.
Como si se hubiera liberado de una pesada carga, Manuela se dejó caer en el sillón de delante tras poner a buen recaudo el ramo de flores en un rinconcito de la mesa, donde descansaba la taza de café del cartero y un sándwich mixto.
—No lo creo —intervino al fin Antonio con aire reflexivo.
—¿Que Jairo sea un capullo, que yo sea rematadamente idiota o que me vaya a ir a la cama llorando?
—No me refería a ninguna de las tres opciones, aunque la primera y la tercera son bastante probables.
Lo que quería decir es que no creo que este extraño acto de mujer fuerte y empoderada vaya a quedar en un lamentable recuerdo.
—Antonio dio un sorbo a la taza antes de continuar—.
Apenas te conozco, Manuela. Sin embargo, no eres la misma persona que encontré tirada en aquel rincón la semana pasada, con un halo de tristeza tan grande que hasta las páginas de los libros de este local se arrugaban al sentirlo.
—Eso sí que no me lo perdonaría nunca.
Manuela contempló compungida sus amados libros, que de tantos desastres la habían salvado en su vida.
—¿Sabes lo que no te perdonaría yo? Que no compartieras conmigo una taza de este excelente café.
La joven sonrió y se dirigió a la barra. Quizá podría perdonar el chai latte y probar la merienda favorita del cartero.
—Buenas tardes. Un café vienés, por favor, como el que está tomando Antonio, y un sándwich mixto —le pidió a Anabel, que la miró con su amable sonrisa.
—Ahora mismo, bonita. Siéntate, que enseguida te lo acerco.
—Gracias, Anabel.
Manuela giró sobre sus talones con una sensación de calma, de paz, de... refugio. Sí, esa era la palabra que definía su estado cuando cruzaba las puertas de aquel mágico lugar. Su nombre no podía ser más apropiado.
Regresó a la mesa del cartero, se sentó en el mullido y cálido sillón, y pensó que, si existía el paraíso, debía de tener mucho en común con aquel oasis en medio de la ciudad con sabor a mantequilla y olor a libros, donde había empezado a sonar September in the Rain , interpretada por Frank Sinatra.
—Anabel es un encanto. Ahora me trae ese maravilloso café y un sándwich como el tuyo.
—Sabia elección, jovencita —aprobó el hombre con una sonrisa cómplice.
Minutos después, Manuela y Antonio vieron acercarse a la mesa a la dueña —sin varita mágica, pero con la receta perfecta para cada alma perdida— portando una taza de café vienés, un sándwich mixto calentito con el pan todavía crujiente y el queso crepitando en su interior, y unos rollitos de canela recién horneados.
—Que aproveche —les deseó mientras se pasaba las manos por el delantal. Manuela imaginó que era más por costumbre que por necesidad de limpiarlas—. Para la elección de los rollos de canela me ha inspirado ese ramo tan bonito que traes, Manuela. Por supuesto, a estos invita la casa.
La profesora agradeció el detalle. Era como si Anabel supiera que intentaba recomponer su corazón roto y la cuidase con aquellas delicias.
—Muchas gracias, Anabel. —Antonio contempló con deseo la masa crepitante y sonrió a la repostera mientras la profesora sentía envidia sana por aquella bonita amistad que compartían el cartero y la dueña del café.
—Qué pinta... —Manuela no pudo esperar a su compañero de mesa y dio el primer bocado a su rollito.
Con los ojos cerrados, la chica se deleitó en la explosión de sabores y texturas de aquel postre tan otoñal que había decidido tomar como primer plato y dejar el sándwich para el final.
La masa esponjosa, con el toque crujiente perfecto, se fundió en el paladar de Manuela con la crema especiada que envolvía la espiral del rollito.
El equilibrio entre la canela, la mantequilla y el azúcar glas de la cobertura resultaba exquisito.
—Dios mío... Esto está brutal, Anabel.
La profesora la vio ruborizarse con cierta timidez.
—Gracias, bonita. Me alegro de que te gusten. Que los disfrutéis. —Le dedicó una sonrisa de vuelta al cartero, que también estaba dando buena cuenta de la merienda con gestos de aprobación—. Ay... Llevo veinticinco años al frente de este negocio y todavía me sonrojo con los cumplidos.
Mientras el cartero y Manuela le devolvían la sonrisa, Anabel regresó a su puesto tras la barra, donde Diego se afanaba, tan concentrado como de costumbre, en conseguir la cobertura perfecta para sus famosas tartas de zanahoria.
A la profesora le resultaba de lo más gracioso observar el gesto de aquel muchacho.
Manuela y Antonio disfrutaron en silencio de los deliciosos rollitos como si temieran que las palabras pudieran romper la magia de ese momento dulce, mágico, otoñal y único.
Entre sorbo y sorbo de ese café vienés tan especial, compartían miradas cómplices en un silencio de los que no pesan, de los que no es necesario romper.
Cuando terminaron aquella delicia, mientras Manuela se abalanzaba con avidez sobre su sándwich mixto antes de que la magia del queso fundido desapareciera, Antonio se levantó para devolver a la estantería el ejemplar de Los buscadores de conchas .
La profesora, que había encontrado en él la seguridad del padre al que tanto extrañaba, sonrió cuando el cartero regresó a la mesa.
—¿Te ha gustado? —Manuela señaló el estante en el que el hombre acababa de dejar el libro.
—Lo he disfrutado muchísimo. Anabel ha sido muy amable al prestármelo toda la semana.
Normalmente, los libros hay que devolverlos antes de salir del café.
Este lo leí hace muchos años y me ha encantado volver a sumergirme en la historia, aunque, si te soy sincero, me gustaría leer más.
No me vendría nada mal evadirme un poco.
Manuela se limpió los labios con la servilleta tras dar un sorbo a su taza, sin atreverse todavía a preguntar de qué necesitaba evadirse. Apenas lo conocía, pero era evidente que tenía el corazón más puro que la chica había conocido nunca.
—Si te gustan ese tipo de lecturas, te recomiendo Pan de limón con semillas de amapola , de Cristina Campos. También aborda temas familiares, como el de Rosamunde Pilcher, con una ambientación preciosa —le sugirió para tratar de animarlo.
—¿De verdad? Pues tomo nota, Manuela, muchas gracias por la recomendación.
—No hay de qué —respondió ella con una amplia sonrisa—. Oye, Antonio, siento curiosidad. ¿Siempre vienes solo a El Refugio de Anabel? —Manuela temió haber metido la pata con la pregunta, pues de repente la mirada del cartero se tornó grisácea y triste—. Perdona, quizá no tendría que haber...
El hombre hizo un gesto con la mano para restarle importancia.
—Verás, Manuela... —Se concentró en busca de las palabras adecuadas, como si intentara emplear las menos posibles para que no doliera tanto lo que iba a decir—. Mi mujer murió hace casi veinte años. Éramos jóvenes, no habíamos tenido hijos, y me quedé solo y devastado. Ella era mi mundo.
Manuela tuvo la sensación de que el cartero no solía hablar de ello. Era evidente que pronunciar esas palabras le había costado como si se hubieran quedado agarrotadas en su interior durante esas dos décadas.
—Oh, Antonio... —La profesora se limpió las manos apresurada para tomar las del cartero—. Cuánto lo siento. Gracias por compartirlo conmigo. Estoy aquí si necesitas hablar de ello.
Antonio respiró hondo y, tras cerrar los ojos unos instantes, empezó a contarle su historia.
—Sofía era una mujer maravillosa. Le encantaba viajar, bailar, colocar flores por toda la casa y... —Manuela se dio cuenta de que el hombre hacía un esfuerzo por contener las lágrimas—, y enviarme cartas.
La joven frunció el ceño y se atrevió a preguntar:
—¿Cartas?
—Sí. Sé que parece una locura. Por supuesto, vivíamos en la misma casa y no había necesidad de hacerlo, pero ella sabía de mi amor por las cartas antiguas, escritas a mano, una costumbre que ya empezaba a perderse por aquel entonces, así que me escribía a menudo.
Al llegar a casa y revisar nuestro buzón, solía encontrar esos sobres con solapas triangulares tan característicos y el remite escrito a mano.
Nunca he repartido la correspondencia de mi edificio, así que era imposible que estropease la sorpresa al organizar el correo en la oficina.
Las lágrimas acudieron sin remedio a los ojos de Antonio, que en vano intentó contenerlas.
Manuela, conmovida por la bonita historia que debieron de compartir esos dos corazones, le tendió una de las servilletas de la cafetería, igual que había hecho él el día en que se conocieron en aquel mágico café, solo una semana atrás.
—Gracias. Por escucharme y por la servilleta. —El cartero sonrió mientras se limpiaba las lágrimas.