El café de las almas perdidas 6. EL DÍA QUE SUEÑES CON FLORES SALVAJES
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6. EL DÍA QUE SUEÑES CON FLORES SALVAJES

EL DÍA QUE SUEÑES CON FLORES SALVAJES

Como buena filóloga, cada día que pasaba Manuela se debatía entre culpar a las matemáticas de todas sus catastróficas desdichas o rendirse ante la evidencia de que los astros jamás se alinearían para ella por haber ignorado todas las lecciones de ciencias cuando estaba al otro lado del pupitre.

Aunque en el fondo no dejaba de pensar que aquel cartero misterioso tenía razón y que Jairo no era más que un capullo, no le resultaba fácil bajarlo del altar al que lo había subido cinco años atrás.

¿Qué proezas había realizado el profesor para merecer semejante alabanza?

En realidad, ninguna, salvo llamar a Manuela tres veces por semana, ignorarla cuatro días seguidos después de hacerlo, invitarla a cenar como si no hubiera pasado nada, darle plantón en la cita y vuelta a empezar.

Y así una semana tras otra. Un mes tras otro. Un año tras otro...

—Profe... —la llamó una de sus alumnas—. Profe... ¡Profe!, que ha sonado el timbre.

La joven levantó la cabeza del cuaderno en el que había estado garabateando durante la última hora, mientras sus alumnos completaban uno de aquellos absurdos exámenes cuyo fin ni siquiera ella comprendía.

—Ay, sí. Perdonad. Es que los viernes ya no sabe una ni dónde tiene la cabeza. —Se levantó con decisión para fingir la entereza que requería la dura labor de enfrentarse a diario a todo un ejército de adolescentes—. Los que aún no hayáis entregado, ya estáis tardando.

Un par de minutos después, aquellas ovejitas descarriadas que tenía por alumnos entregaron los exámenes a regañadientes.

Unos, con la esperanza de haber jugado algo mejor en la complicada rifa de conseguir un aprobado; otros, con la certeza de haber hecho un buen trabajo.

Mientras apilaba los folios repletos de análisis sintácticos y esas preguntas teóricas que tanto odiaban los estudiantes, Manuela volvió a preguntarse si aquellos métodos de enseñanza tenían sentido.

Esa apatía que cada vez le resultaba más amarga al impartir las clases estaba haciendo mella en su interior.

Y temía que fuera una especie de virus del que pudieran contagiarse también sus chicos.

No se perdonaría que, por su culpa, no cogiesen un libro en la vida.

Ya con la pila de exámenes en una mano, su maletín en la otra y el torbellino de pensamientos atormentándola, salió del aula. Al llegar al rellano de la primera planta, la joven se detuvo al encontrarse con Jairo.

—¿Qué hay, Jairo? Feliz finde —saludó deprisa mientras retomaba el paso con decisión.

El profesor de Matemáticas, con aquellos ojos entre verdes y grises que apenas permitían conciliar el sueño a la pobre Manuela, la miró unos segundos y la agarró con suavidad del brazo para detenerla.

—Igualmente, bonita.

Una oleada de nervios recorrió a la joven desde las entrañas hasta la nuca. No había quien entendiera a ese hombre que aquella misma mañana no se había dignado a saludarla en la sala de profesores. La profesora no supo qué contestar.

—Jairo, es que no entiendo nada —balbuceó inmóvil, todavía con la mano de su compañero en el antebrazo.

Él apartó la mirada y la fijó en el suelo antes de responder:

—No seas así, anda... ¿Nos vemos mañana? Te invito a cenar para compensarte.

Manuela abrió los ojos como platos y a punto estuvo de lanzar por los aires la pila de exámenes que todavía sujetaba con el brazo que le quedaba libre.

—¿Compensarme? Pero tú... Tú... Ay, Dios. —La rabia que sentía en ese instante era tan intensa que apenas podía articular palabra—. Tengo que irme, Jairo. Hasta el lunes.

—¿Eso significa que te lo pensarás? —lo oyó insistir mientras abandonaba el centro dispuesta a alejarse un millón de kilómetros del desquiciante matemático.

Aunque, en realidad, le bastaba con sobrevivir al ajetreo que invadía la ciudad los viernes a mediodía, llegar sana y salva a casa, y refugiarse bajo una manta calentita con un buen libro y la compañía de Bolita.

Sin embargo, mientras emprendía el camino de regreso por el paseo de las Delicias con la intención de llegar hasta Legazpi a pie y cruzar el río con destino a casa, recordó su improvisado plan de la semana anterior en la cafetería de Anabel.

La charla con el misterioso cartero, en el que había encontrado una seguridad paternal, le había reconfortado el alma durante unas horas, casi tanto como el chai latte y la tarta de zanahoria que les había servido el chico de la camisa de cuadros.

Sin pensarlo dos veces, con una sonrisa pintada en los labios, se dirigió hacia allí con la esperanza de volver a encontrarse con Antonio.

Mientras cruzaba la plaza Luca de Tena, reparó en la nueva floristería en la que aún no había entrado, pues siempre recorría las calles concentrada en no desmayarse por el agobio que aún le suponía la ciudad.

Pero, tras haber dejado a Jairo plantado, rechazar su cita para el sábado y sentir esa sonrisa tan inusual en ella, no pudo evitar recordar un libro: El día que sueñes con flores salvajes , de Paola Calasanz.

«¿Por qué no?», se dijo mientras caminaba con decisión hasta la entrada de Un Ramito de Violetas.

Al cruzar el umbral, la recibió el delicado aroma de las dalias entremezclado con el perfume de las hortensias. Al fondo del local, decorado con un gusto excelente y toques rústicos en cada rincón, una joven preparaba un ramo tan concentrada que ni siquiera la oyó entrar.

—Buenos días. O buenas tardes, nunca sé muy bien a qué hora cambiar de sustantivo —la saludó Manuela con delicadeza para no sobresaltar a la florista, cuyo moño desenfadado pegó un bote cuando se levantó por el inevitable susto.

—Perdona, bienvenida. Estaba tan concentrada que, si hubiera entrado un extraterrestre, ni me habría inmutado —respondió con una sonrisa mientras intentaba recuperar la compostura—. Soy Briana. Si necesitas algo, no dudes en preguntarme.

—Gracias, Briana. Pues te agradecería que me echaras una mano. Por cierto, yo soy Manuela, y no creo que sea capaz de mantener vivo ni a un cactus.

—¿Sueles presentarte así siempre? —se le escapó a la florista.

Manuela, lejos de enfadarse, se echó a reír ante la divertida ocurrencia de Briana.

—Suelo adornarlo con adjetivos como torpe , insegura , solitaria .

.. Creo que comprarme un ramo de flores es un primer paso para cambiar todo eso.

Al menos, esa es la intención. Porque ningún payaso va a plantarse en mi puerta con mil rosas para mí, como dice la canción.

Sé lo que digo... Y te prometo que no suelo hablar tanto —soltó atropellada, quizá porque hacía mucho que no tropezaba dos veces en pocos días con un alma encantadora con ganas de escuchar.

Sin poder contener la sonrisa, Briana la dirigió a la zona de flores preservadas, ubicada en un rinconcito acogedor del local repleto de cestos de mimbre con los ramos organizados por gamas cromáticas y familias florales.

—Entonces esta es la opción perfecta para ti. No tienes que cuidarlas, solo disfrutarlas —le aseguró mientras tomaba un delicado ramo compuesto por eucalipto, margaritas, paniculata y otras florecillas que Manuela no supo identificar.

—¿Estás segura de que no se marchitarán con mi tristeza? Tengo antecedentes...

—Completamente segura.

—Pero una vez maté un cactus —insistió con angustia la profesora.

—Aun así.

—Pero... ¡un cactus! ¿Se puede saber quién mata un cactus?

—Mucha más gente de la que crees. Te lo garantizo.

—Pero...

A Manuela se le acababan las excusas para no salir de ahí con una nueva responsabilidad, unas riendas diferentes en su monótono y poco gratificante día a día.

Quizá fuera porque se sentía incapaz de cuidar de sí misma o porque el impulso de entrar en la floristería no era habitual en su cuadriculada rutina de profesora cansada, pero sentía que algo estaba a punto de cambiar y que, al comprar el ramo, ese cambio estaba en sus manos, en todos los sentidos.

—No te arrepentirás —le aseguró la florista con un misticismo que estremeció a Manuela.

Tras envolver el ramo con mimo para evitar que se deteriorase, Briana le ofreció las flores junto con la sonrisa cómplice de quien sabe lo que significa arrastrar los fantasmas del pasado, los del presente y, si su negocio no florecía pronto, también los del futuro.

Pero Manuela estaba muy lejos de imaginar el peso con el que cargaba la florista.

—Muchas gracias, Briana. Hasta otro día —se despidió Manuela con el temor que le suponía abandonar su zona de confort y la imagen de ese cactus marchito en mente como señal de alarma.

—Vuelve cuando quieras, Manuela. Gracias a ti. —La sonrisa de Briana, sincera y llena de esperanza para ambas, fue el empujoncito que necesitaba la profesora para sujetar con firmeza ese símbolo de las nuevas riendas de su vida.

Para muchos solo serían unas flores preservadas que no necesitaban atención.

Sin embargo, para Manuela representaban un signo del autocuidado que nunca se brindaba, del amor que hacía años que no recibía de otros ni de sí misma, de las grietas que empezaban a formarse en esa burbuja, en esa zona de confort que, en realidad, hacía tiempo que resultaba de todo menos cómoda.

Al salir de nuevo al paseo de las Delicias, respiró el aire frío de Madrid como si tomara una bocanada de oxígeno por primera vez en mucho tiempo.

Se encontraba bien, o al menos había dejado de sentirse mal, lo cual ya suponía un gran avance en los últimos tiempos.

En concreto, en esos malditos cinco años que le había robado Jairo con sus idas y venidas.

«Pero qué idiota he sido...».

A pesar de que no había sido idiota, aún le quedaba un largo camino por recorrer. Hablarse a sí misma con algo más de respeto sería uno de los siguientes pasos, pero antes había algo que no podía esperar: un chai latte en El Refugio de Anabel.

Minutos después, Manuela cruzaba la puerta de la cafetería con un ejemplar de Un hotel en ninguna parte , de Mónica Gutiérrez, en una mano, el ramo recién comprado en la otra y la ilusión de volver a ver a aquel cartero sacado de otro tiempo con un brillo especial en los ojos.

Las miradas de ambos se cruzaron en aquel oasis repleto de libros que olían a dulces y a hogar con las primeras notas de ’Tis Autumn , de Nat King Cole, como telón de fondo.