El café de las almas perdidas 5. «LOST IN TRANSLATION»
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5. «LOST IN TRANSLATION»

LOST IN TRANSLATION

Víctor, como todo traductor editorial que se precie cuya facturación apenas alcanza para pagar un piso compartido, se despertó el sábado a las seis y media de la mañana. Se revolvió unos minutos entre las sábanas mientras hacía un repaso mental de las tareas pendientes para la jornada.

«A ver... Tengo en barbecho la traducción de Jane Austen para revisarla la semana que viene.

Hoy toca terminar la traducción del francés del libro de botánica y pasar las facturas de octubre.

—Mientras reflexionaba, trató de ordenar sus mechones castaños y ondulados con el mismo poco éxito que estaba teniendo con sus pensamientos—.

Mierda. No he aceptado todavía el presupuesto del chiflado de la editorial nueva.

.. De hecho, no debería hacerlo, pero tengo la mala costumbre de comer todos los días».

Con un fuerte suspiro que nada tenía que ver con el romanticismo de la vida literaria que había imaginado al acabar la carrera, se levantó de la cama, abrió la ventana, se inundó los pulmones de la contaminación madrileña y salió de su habitación rumbo al cuarto de baño para asearse antes de desayunar, si podía llamar desayuno al café que bebía de pie, apoyado en la encimera, mientras Dani le repetía las mil razones por las que era una pésima idea hacerlo sin tomar asiento.

El joven estaba cansado de guardar cada céntimo para llegar a final de mes, pero, sobre todo, estaba agotado de la incansable lucha por dedicarse al que siempre fue su sueño: la traducción literaria.

Y ese hartazgo se había acomodado en su pecho en forma de vacío, uno que se había abierto camino despacito y sin pedir permiso, y del que ya no sabía cómo desprenderse.

Con la cara lavada y los pensamientos igual de nublados que al despertar, Víctor se puso las gafas negras de pasta y, aunque solo fuera en parte, el mundo le pareció un lugar más claro y nítido. Entró en la pequeña cocina todavía con la peculiar metáfora en la cabeza.

—¿De qué te ríes? —le reclamó Dani.

—De mis tonterías de traductor miope. No lo entenderías —bufó Víctor, que necesitaba su dosis de cafeína para funcionar.

—Ah, entonces paso. Creía que al fin tenías un buen día.

Dani, un informático con una jornada igual de caótica que la de su compañero, pero con la tranquilidad que da una nómina fija cada mes y los sábados libres asegurados, no perdía la ocasión de devolver al redil a la oveja descarriada con la que compartía piso cerca de la estación de Atocha.

Por supuesto, el objetivo era que ambos dispusieran del tiempo para compartir cervezas los viernes por la noche mientras echaban una partida a la Play.

La consola tenía tanto polvo que Dani no sabía de qué avergonzarse más, si del tiempo que hacía que no limpiaban ese mueble o de los meses que habían pasado desde su último uso.

Se habían conocido el primer año de universidad, cuando vivían en un colegio mayor. Compartieron cuarto, conectaron como si fueran amigos de toda la vida y decidieron buscar una alternativa para el curso siguiente. Diez años después, no se habían movido de aquel piso pequeño pero acogedor.

—Ahora sí, buenos días, colega —musitó un resucitado Víctor tras recargar de cafeína su batería particular.

—Buenos días, pringao . —Al pasar por su lado, Dani le revolvió el pelo con el cariño que ambos se tenían desde hacía una década—. A ver si vuelves a tener una jornada normal antes de que me haga viejo o te cases con una editora y me dejes aquí tirado.

—Qué pesado, tío. —Víctor intentó colocarse de nuevo el pelo, pero aquel día parecía misión imposible—. Bueno, te dejo aquí tirado, que tengo que trabajar. Aunque de momento no tengo fichada a ninguna editora. Oye, ¿eso es una cana?

Dani le apartó las manos para que no le devolviera la jugada y le revolviese el pelo.

—Anda, tira. Que te cunda.

—Gracias.

Los amigos se dedicaron una sonrisa de complicidad antes de salir de la cocina.

El informático no entendía mucho de letras ni el traductor de números, y justo por eso eran el tándem perfecto para sobrevivir a los tiempos inciertos que atraviesa cualquier joven al intentar abrirse camino en el mundo laboral.

Pero la vida adulta no estaba siendo el camino de rosas que imaginaron al graduarse.

Cada uno por sus motivos, ambos, muy en el fondo, sabían que necesitaban un cambio de rumbo.

Víctor pasó toda la mañana enfrascado en el trabajo.

Se puso al día con los e-mails , aceptó el presupuesto del editor chiflado y, por alguna milagrosa alineación de astros, terminó la traducción de botánica a la hora de comer.

Saturado de su agotadora semana, decidió preparar rápido unas patatas y unos huevos tan fritos como su cerebro.

Dani había quedado con unos amigos y no volvería hasta horas más tarde, así que, después de comer, Víctor decidió salir a dar un paseo para airear el cuerpo y la mente.

Le habría encantado tomarse un café y un trozo de tarta, calentito, en alguna cafetería bonita del barrio, pero hacía mucho que no se daba el capricho por la inestabilidad económica que protagonizaba su vida.

Por eso buscó, como tantas otras veces, una alternativa gratuita.

Caminó sin rumbo fijo por el paseo del Prado, curioseó los tesoros escondidos de la cuesta de Moyano y deambuló por El Retiro hasta dejar de oír el sonido de la ciudad.

Una vez en el corazón del parque, extendió sobre la hierba la toalla que siempre llevaba en la mochila y se tumbó contagiado de la calma y la serenidad que emanaba de aquel pedacito de naturaleza.

Incluso compartió sus galletas con los atrevidos gorriones que se le acercaban de vez en cuando.

Con los últimos rayos anaranjados de la tarde, levantó el campamento y caminó de vuelta a casa con las energías renovadas y la mente más serena.

—Pero bueno, ¿has salido de la Traducueva? —se burló Dani cuando Víctor abrió la puerta del piso.

—Sí, informático chalado. Necesitaba tomar el aire. —Con un suspiro tan profundo como el pozo en el que se sentía, el joven traductor decidió desahogarse con su amigo—: Tío, me siento completamente vacío.

—¿Como nuestra nevera?

—O como mi cuenta bancaria. Lo mismo da.

—¿Qué tal si llenamos ese vacío con unas cervezas? —tanteó el informático, que, pese a compartir cada día con Víctor, lo echaba de menos.

—Con una condición —añadió el traductor—. Que echemos una partida a la Play.

Los ojos de Dani se iluminaron como los últimos rayos de sol que habían acompañado a Víctor de vuelta a casa. Tras desaparecer un instante en la cocina para prepararlo todo, regresó al salón con una bandeja llena hasta los topes de palomitas y cerveza, como en los viejos tiempos.

—Oye, Víctor —susurró más serio que antes—. Si quieres hablar de cualquier cosa, estoy aquí, ¿vale? De lo que sea, tío.

—Lo sé, Dani. Te lo agradezco mucho. Es solo esta vida que llevo. Siempre al límite con los plazos, los horarios, la inestabilidad económica... En fin, ya sabes.

Dani lo miró con complicidad y le tendió la cerveza. Víctor la cogió con una sonrisa y ambos se estrecharon la mano con su camaradería habitual y la seguridad de que, pasara lo que pasara, siempre se tendrían el uno al otro.