El café de las almas perdidas 4. UN RAMITO DE VIOLETAS
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4. UN RAMITO DE VIOLETAS

UN RAMITO DE VIOLETAS

—Venga, solo son las diez y cuarto. No te rindas todavía. Alguien vendrá...

Briana tenía ciertas manías algo cuestionables: comprobar un mínimo de cinco veces si había cerrado bien la puerta antes de acostarse, ordenar sus libros por tamaño y gama cromática y, por supuesto, hablar sola.

Cierto era que, en el mes que había pasado desde la apertura de su floristería, Un Ramito de Violetas, las opciones de mantener una conversación con alguien que no fuera ella misma habían resultado bastante reducidas.

No solo había invertido todos sus ahorros en el alquiler de ese pequeño local cercano a la estación de Atocha, sino que además había plantado toda su ilusión en aquel proyecto con la esperanza de hacerlo germinar antes de verse obligada a echar el cierre.

No era empresaria, solo una dependienta cansada de trabajar para otros que había reunido sus ahorros de hormiguita para cumplir el sueño de su vida.

Pero no previó pasarse un mes sin apenas ingresos.

En esas semanas, Briana había tenido más tiempo libre del que le habría gustado.

Y, por suerte o por desgracia, no dejaba de pensar en su familia.

.. Sus padres se habían ido meses atrás a Francia, donde vivía su hermana, Tania, que acababa de ser madre.

La joven florista no estaba segura de si se habría sentido más acompañada si hubiesen estado con ella en ese preciso instante.

Sus lazos familiares eran complicados desde hacía años, y quizá la distancia había sido la mejor medicina, después de todo.

—Vamos, entra... —le susurró a través del cristal a una mujer que estaba mirando los crisantemos del escaparate—.

¡Oh, venga ya! ¡Pero si están perfectos y solo me falta colgar el cartel de «Se regalan»!

—bufó la muchacha cuando la señora pasó de largo sin cruzar el umbral—. Ojalá estuvieras aquí, abuela...

Parecía que aquel lluvioso viernes de noviembre tampoco sería el día en que vería despegar su pequeño negocio.

Empezaba a pensar que no podría cumplir la promesa que le hizo a su abuela, cuando Cecilia aún compartía la vida con ella.

Desde su muerte, cinco años atrás, Briana no había podido dejar de recordar sus palabras: «Niña, lucha siempre por tus sueños, que valen más que todo el oro del mundo.

Al final del camino, serán los que de verdad nos llevemos al otro lado».

Y su nieta le había prometido que así lo haría.

Sin embargo, si no lograba vender ni un mísero ramo, se vería obligada a cerrar antes de arruinarse por completo.

No tenía claro cuál de las dos opciones era más aterradora: acabar en la bancarrota o fallar a su abuela.

Cecilia, además de ser una gran amante de las violetas y de la canción que daba nombre al negocio de su nieta, no había tenido una vida fácil.

Quizá por eso se volcó tanto en darle a su hija Eva lo que ella nunca tuvo.

Jamás pensó que aquella niña sonriente de ojos brillantes se convertiría en una señorita caprichosa que exigiría sin cesar.

Cuando Cecilia quiso darse cuenta, ya era tarde.

Eva se alejó de sus humildes orígenes en cuanto se le presentó la oportunidad de ascender socialmente.

Cecilia no había perdido a su hija cuando esta se casó con un empresario adinerado, sino mucho antes.

Briana, tan diferente a su madre, suspiró al cristal empañado de la floristería.

—Ojalá estuvieras aquí, abuela —repitió en el silencioso local con los ojos inundados de nostalgia—.

Tú sabrías qué hacer. Tendrías un plan maravilloso que no se me habría ocurrido sola, y, juntas, lucharíamos contra viento y marea, como siempre.

Te echo tanto de menos... —musitó mientras acariciaba un ramo de violetas preservadas.

La joven sonrió al recordar la tenacidad de su abuela: jamás se rindió ante las adversidades de la vida, que no fueron pocas.

Nacida unos años antes de la Guerra Civil, Cecilia había pasado por muchas calamidades, como tantos otros españoles de su tiempo.

Ante la imposibilidad de completar sus estudios básicos, abandonó su pueblo natal para servir en las casas de Madrid y tratar de ganarse la vida.

Trabajó de sol a sol durante décadas, perdió a su marido al poco de dar a luz y, sola, sacó adelante a su hija.

¿Cómo era posible que Eva hubiera llegado a avergonzarse de sus orígenes?

Y lo que resultaba aún más duro para Briana: ¿por qué su hermana Tania era tan fría y distante, como sus padres?

Ninguno había querido empaparse de la bondad ni de los consejos de la sabia Cecilia, salvo Briana, que encontró en ella a la madre que en el fondo le faltaba.

—Buenos días, ¿se puede?

La florista, sumida en sus pensamientos, por poco se cayó del taburete en el que estaba sentada cuando una clienta —¡una clienta!— entró en el establecimiento.

—Por supuesto. Bienvenida a Un Ramito de Violetas, mi pequeño refugio floral —respondió, ya recuperada del sobresalto.

—Gracias, bonita. Nos hacía falta un lugar como este en el barrio. Voy a echar un vistazo, ¿de acuerdo?

La señora le dedicó una cálida sonrisa antes de dirigirse a la «zona silvestre» de la floristería, como ella llamaba al rincón en el que daba vida a los ramos.

En vez de tener una estancia separada a modo de taller con acceso restringido, su mesa de trabajo, salpicada de ramitas, pétalos y un aire casi mágico, quedaba a la vista de los clientes, que podían pasear entre sus creaciones.

En ese momento solo tenía pendiente preparar el encargo semanal de Anabel para las mesas de la cafetería.

Esa mujer se estaba portando como un ángel con ella, pero un encargo a la semana no daba para mantener el negocio a flote.

Mientras Briana fingía estar ocupadísima gestionando encargos y atendiendo e-mails , miraba de reojo a su potencial clienta, que acariciaba con mimo los pétalos de las rosas y se deleitaba con los ojos cerrados ante el delicado aroma de las dalias.

Después de lo que a la joven emprendedora le parecieron siglos, la señora se acercó al mostrador con un precioso ramo de camelias de color rosa palo combinado con eucalipto.

—Son de mis favoritas —se atrevió a adelantarse Briana.

La mujer sonrió, dejó las flores con delicadeza sobre el mostrador y respondió:

—Se nota. Todo aquí está hecho con mucho cariño. Espero que el negocio vaya muy bien, de verdad.

A Briana se le humedecieron los ojos ante la aterradora posibilidad de que aquella pudiera ser la primera y única visita de esa amable mujer a su floristería.

Pero Cecilia no le había enseñado a amilanarse ante los obstáculos, así que se armó de valor y preparó el ramo para que llegara perfecto a casa de la clienta.

—Muchas gracias. Tengo fe en que así será. La ilusión mueve el mundo, ¿no? —le preguntó con ojos soñadores mientras le cobraba.

—Sí, eso dicen —coincidió la mujer—. Cuenta conmigo una vez a la semana. Me encanta tener flores frescas en casa y celebrar cada día como si fuera especial. Bueno, de algún modo lo es. Por cierto, me llamo Paloma.

—Briana. Es un placer, Paloma. Puedes pasarte cuando quieras.

Te dejo una tarjeta con mi teléfono y el e-mail , por si necesitas cualquier cosa.

—Briana le tendió con cierta timidez una de las tarjetas que con tanto cariño había diseñado meses atrás, cuando decidió hacer realidad su sueño de abrir la floristería.

—Es preciosa. La usaré como marcapáginas, seguro.

—Me alegra saber que no soy la única que hace estas cosas. —La florista sonrió ante el comentario.

Paloma le devolvió la sonrisa y guardó la tarjeta en la cartera con la misma delicadeza con la que había aterrizado en el local para alegrar ese viernes lluvioso a la joven.

—Ha sido un placer. Hasta pronto.

—Lo mismo digo, Paloma. Que tengas un buen día.

Briana observó cómo salía de la tienda con los ojos llenos de esperanza, de ilusión, de vida y de todas esas cosas que en los últimos tiempos parecían tambalearse a su alrededor como un castillo de naipes.

«¿Ves, niña? A veces solo hace falta tener un poco de fe», le pareció oír en su mente.

—Tienes razón, abuela, como siempre —respondió al silencio de la floristería.

Pasaban unos minutos de las ocho cuando Briana contempló su reflejo en el escaparate.

Hacía horas que había anochecido, y la calle se había transformado en un festival de luces danzarinas.

Le encantaba esa época del año. Todavía frente al cristal, la joven se soltó la melena pelirroja, que había llevado en un moño desenfadado todo el día para trabajar más cómoda.

Salió a la fría noche de Madrid y, tras comprobar que nadie parecía interesado en comprar flores, apagó las luces y echó el cierre.

Por supuesto, comprobó no menos de cinco veces que todo estaba en orden.

Mientras caminaba, miró el trasiego del tráfico con una calma interior inusual en ella.

Aunque su única clienta había sido Paloma, le había renovado la esperanza.

Inspiró el gélido aire, intentó olvidar la cantidad de partículas contaminadas que acababa de introducirse en los pulmones y cruzó la calle.

No se le ocurría un plan mejor que acabar el viernes en su nuevo rincón favorito, El Refugio de Anabel, donde su entrañable dueña la invitaba a un café cada semana, y donde aquel chico tan serio, que le daba tanto respeto, preparaba las mejores tartas que había probado jamás.