El café de las almas perdidas 3. «CHAI LATTE» Y TARTA DE ZANAHORIA
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3. «CHAI LATTE» Y TARTA DE ZANAHORIA

CHAI LATTE Y TARTA DE ZANAHORIA

Acurrucada entre los mullidos cojines del sillón de la cafetería, con la esperanza de hallar consuelo en la taza caliente que sostenía entre las manos, la chica lloraba en silencio.

—Disculpa el atrevimiento, joven, pero ¿estás bien? ¿Necesitas algo? —Estas fueron las amables palabras de Antonio, que no pudo evitar acercarse al ver la tristeza que envolvía a la muchacha.

Ella levantó el rostro y se tropezó con la mirada dulce del cartero, al que jamás había visto, pero que desprendía una familiaridad difícil de disimular en ese gesto de hombre bueno que no lo abandonaba.

—Gracias. Solo tengo un mal día. —La chica devolvió la mirada a su taza, como si no quisiera molestarlo con sus desdichas.

Antonio frunció los labios. Ya había oído antes esa respuesta. En concreto, cada mañana, cuando los fantasmas del pasado se cernían sobre él. Solía responderse que solo era un mal día.

Y justo por eso no la creyó.

—¿Puedo sentarme?

Ella asintió, incapaz de articular palabra, pero necesitada de unos oídos dispuestos a escuchar.

Al ver que la muchacha se limpiaba las lágrimas con la manga del jersey, el cartero la miró con una sonrisa y le tendió una de las servilletas con el logo de la cafetería.

—Ten, anda. Me recuerdas a alguien que hacía lo mismo que tú. —Por un instante, se le ensombreció la mirada, pero trató de reponerse—. Por cierto, me llamo Antonio y, como habrás adivinado por mi atuendo, soy cartero.

El rostro de la muchacha se iluminó unos segundos con una sonrisa tímida al ver el orgullo del hombre al señalar su uniforme.

—Encantada, Antonio. Soy Manuela. Tengo un día horrible y, para qué engañarnos, hace tiempo que me siento muy sola. Bueno, hasta que mi enorme tristeza te ha arrastrado hasta aquí.

La joven se incorporó en el sillón, posó con cuidado la taza de té sobre la mesa y se limpió el rostro con la servilleta que Antonio le había ofrecido.

El hombre aguardó con la paciencia de quien conoce ese sentimiento, la soledad, hasta que la chica volvió a mirarlo.

—Si necesitas algo más, no dudes en pedírmelo, Manuela.

No nos conocemos, pero soy un hombre normal y corriente, algo antiguo, supongo, con ganas de repartir buenas noticias en lugar de los disgustos que llevan los sobres hoy en día.

En mi tiempo libre me gusta escuchar, aunque no suelo tener la oportunidad de hacerlo.

—¿Sabes? Me recuerdas al personaje de uno de mis libros favoritos.

A Antonio le sorprendió aquella observación.

—¿Cuál?

— Un puerto seguro , de Danielle Steel. —Aunque las lágrimas seguían invadiendo su rostro enrojecido, una sonrisa asomó a los labios de la joven.

—Me encanta ese libro.

Ambos se sonrieron con cierta timidez.

—Bueno, ya que dices que te gusta tanto escuchar... —tanteó Manuela.

Parecía necesitada de sacar con urgencia todo lo que llevaba dentro.

—Adelante —la animó el cartero.

La joven inspiró profundamente antes de empezar a hablar.

—Verás... Hay un hombre, un compañero de la escuela en la que trabajo.

.. Se llama Jairo. Es el profesor de Matemáticas.

Dios mío, a mí se me dan fatal los números.

Quizá haya sido una señal desde el principio.

.. —Antonio no pudo ni quiso reprimir la sonrisa, pero decidió guardar silencio para no interrumpirla—.

El caso es que llevamos cinco años trabajando juntos.

Yo doy clase de Lengua y Literatura. Hemos salido algunas veces, tenemos cosas en común y. ..

—Y estás enamorada, ¿no? —la ayudó el cartero.

—Sí... —admitió Manuela, casi como si acabara de confesar un crimen.

—¿Y él no siente lo mismo? —inquirió Antonio con cautela.

—Ese es el problema, que no tengo ni idea de lo que siente.

A veces me escribe, me insinúa cosas, pero al día siguiente nos cruzamos en el colegio y ni siquiera me mira.

Esta misma mañana, aunque a su retorcida manera, parecía interesarse por mí, pero al salir del trabajo me ha ignorado.

—La joven intentó controlar las lágrimas para no estropear el té y no montar un espectáculo, en ese orden de prioridades—.

Es como una montaña rusa, y yo no manejo bien la incertidumbre.

—Nadie maneja bien la incertidumbre, Manuela. No me extraña que te sientas así. ¿Puedo decirte algo?

La muchacha asintió mientras daba un sorbo a su taza.

—Creo que ese tío es un capullo —soltó Antonio sin anestesia.

El cartero la observó en silencio. Manuela parecía sopesar sus palabras con el ceño fruncido, como si procesar esa información requiriera un esfuerzo sobrehumano.

—Lo sé, Antonio. En el fondo, lo sé. Ese es el maldito problema.

A pocos metros de la tristeza de Manuela y de las ganas de ayudar de Antonio, Anabel observaba a sus clientes mientras preparaba los sándwiches de mediodía, lo que le permitía servir almuerzos rápidos a trabajadores de la zona que preferían ir a su cálida cafetería en vez de buscar un restaurante al uso.

A sus sesenta años, la mujer seguía cuidando de los demás por encima de todo, y le encantaba tratar a sus comensales como si fueran de la familia.

Familia... Esa palabra tan dulce como amarga para ella desde hacía mucho tiempo.

En cualquier caso, sintió verdadero alivio cuando su amigo Antonio se acercó a consolar a esa muchacha tan triste, a la que ella no había quitado ojo desde que se había hundido, junto con su tristeza, en el sillón orejero.

—¿Necesitas ayuda, mamá? —Diego ultimaba a su lado su postre estrella, la tarta de zanahoria.

—No, cariño, no te preocupes. Lo tengo casi listo —respondió Anabel con una sonrisa.

Le encantaba observar a su hijo cuando andaba concentrado en la elaboración de sus recetas, lo cual ocurría muy a menudo.

En un rincón protegido de la barra, tras una mampara de cristal con cuarterones, Diego daba forma a las maravillosas tartas con un mimo que no dejaba de asombrar a Anabel.

Su afán por preservar el legado familiar y estar a la altura eran más que evidentes.

Tal vez por eso se volcaba tanto en la elaboración de esa tarta de zanahoria que había aprendido de su padre, un gran repostero, y este, a su vez, de su madre.

—La veo perfecta —le susurró ella al tiempo que le posaba una mano en el hombro y señalaba la tarta.

Diego, por más que se escondiera tras esas camisas de franela y esas botas de leñador que le daban aspecto de tipo duro, desprendía cierta inseguridad.

El terror ante la posibilidad de no ser capaz de devolverle a su madre todo lo que había hecho por él era su motor para esforzarse siempre un poco más y superarse a sí mismo. Y Anabel era muy consciente de ello.

—Gracias, mamá.

El joven la miró con orgullo y le retiró a su madre una miga de pan de la mejilla. Esos pequeños detalles, esa atención del uno por el otro, eran los que los mantenían tan unidos.

Anabel había enviudado muy joven, cuando Diego apenas tenía cinco años. El trágico accidente de coche que se cobró la vida de Alejandro una noche de tormenta los marcó para siempre, y dejó a Anabel sola frente a la adversidad de sacar a flote un negocio recién inaugurado y a su hijo.

Aquella tarde de noviembre, tantos años después, observó a Diego y el local con una sonrisa.

Todo había salido adelante: el negocio, su hijo, ella misma.

.. Lo había logrado, aunque nunca se paraba a pensarlo.

Siempre estaba ocupada intentando curar corazones ajenos, quizá para que nadie se sintiera tan solo como ella en esa época.

Su único y gran temor era que su hijo no volara del nido por miedo a dejarla.

Lo miró con una sonrisa mientras el joven daba los últimos toques a la cobertura del dulce. Se parecía tanto a Alejandro... Siempre atento a los detalles. Siempre protector. Siempre dispuesto. Pero quería que se sintiera libre, que viviera su propia historia.

Los pensamientos de Anabel quedaron en segundo plano cuando el cartero se acercó a la barra.

Con la complicidad de dos viejos amigos que han compartido penas y alegrías durante años, se sonrieron con la mirada.

En el fondo, Anabel sentía lástima por él, por esa soledad que siempre lo acompañaba.

Por eso, de vez en cuando se sentaba con el cartero mientras este disfrutaba de su vienés y su sándwich mixto.

—Diego, cuando puedas, ¿nos traes dos porciones de esa tarta tan suculenta que estás preparando? —le pidió el hombre al muchacho.

—Marchando, Antonio.

Mientras su cliente favorito se alejaba de vuelta a la mesa de Manuela, Anabel se fijó en la chica.

A todas luces, se encontraba ante uno de los casos más graves de tristeza y soledad que había visto en mucho tiempo, aunque su semblante estaba más sereno desde que Antonio había acudido junto a ella.

Anabel, aunque no era médica, intentaba encontrar el remedio perfecto para cada alma perdida que pasaba por su cafetería.

Sabía que su decisión no curaría el corazón roto que parecía tener la joven, pero no perdía nada por intentarlo.

Además, no se le escapó el detalle de que Antonio, seguramente sin percatarse, se había alejado de su habitual soledad al acercarse a esa chica de ojos tristes.

—Diego, cuando les sirvas la tarta, llévales también dos chai latte . Te los preparo.

—Entiendo que invita la casa, ¿verdad? —adivinó él, acostumbrado al potente radar de su madre.

—Eso, a estas alturas, ni se pregunta, hijo.