2. SIN CORRESPONDENCIA
SIN CORRESPONDENCIA
Esa misma mañana, no muy lejos de allí, Antonio clasificaba sobres y paquetes de todos los tipos y tamaños para comenzar la jornada tal y como a él le gustaba: en un orden absoluto, sin dejar ningún cabo suelto.
Paquetes de Amazon a un lado, cartas al otro y sobres acolchados de diversos tamaños en el centro.
Todo debía estar en orden y llegar a su destino sin errores.
No se perdonaría nunca entregar una cita médica urgente en el domicilio incorrecto o que, por equivocación, esa postal navideña capaz de reconciliar a dos hermanos se perdiera en el fondo de su saco.
Con los años, su labor había cambiado mucho.
Todavía recordaba el primer día que repartió un paquete de Amazon.
La primera tarea fue dejar de pronunciar «Amazón», con tilde y todo, para que los jóvenes lo tomasen en serio cuando llamaba al telefonillo.
La segunda, hacer su propio duelo por esos tiempos que empezaban a quedar atrás.
Por eso, aquella mañana de noviembre el hombre se detuvo con especial interés en esos sobres, cada vez menos frecuentes, con el remitente y el destinatario escritos a mano.
«Qué lástima...», se repetía a diario al pensar que nunca sabía cuándo entregaría la última carta de verdad. No tardarían en morir, aplastadas y desterradas por el mundo digital, por la inmediatez de un mensaje tecleado a todo correr.
—Pero, Antonio, ¿todavía estás aquí? —Carmen, la responsable de la oficina de Correos, interrumpió su torrente de pensamientos.
Él carraspeó para intentar concentrarse de nuevo y evitar que se le quebrara la voz al responder:
—Ya termino. No te preocupes. Ya sabes que esto me ayuda a agilizar el trabajo a lo largo del día.
—Nunca he dudado de tu eficacia como cartero. O eficiencia. Nunca aprenderé a distinguir una palabra de la otra —reflexionó en voz alta la directora.
— Eficacia es cuando...
—Antonio, no te lo tomes a mal, pero dentro de dos minutos se me habrá olvidado. Ni te molestes —zanjó Carmen con su habitual frescura.
El hombre tuvo que contener la risa que, una vez más, le había producido uno de los alocados e inesperados comentarios de su jefa.
En los treinta años que llevaba trabajando en aquella oficina del distrito de Arganzuela, se había tropezado con varios encargados y, sin duda, Carmen le había dejado una huella especial.
Ya no imaginaba una rutina sin ella. De un tiempo a esa parte, se había convertido en una amiga para el cartero.
—Bueno, me marcho ya. Que te sea leve —se despidió de ella tras echar un vistazo de terror a la montaña de trabajo de su jefa.
—Gracias, Antonio. Lo mismo digo. A ver si hay suerte hoy.
El cartero sabía muy bien a lo que se refería Carmen, pero, después de tanto tiempo, ya había perdido la esperanza.
Con paciencia, colocó en la moto las cartas y los paquetes que había ordenado con tanta pulcritud. Cuando lo tuvo todo listo, arrancó el motor, aceleró con suavidad y se incorporó al ajetreado tráfico madrileño de primera hora de la mañana.
Ese día decidió comenzar por la calle del Ferrocarril, en la que tenía muchas entregas.
De camino, se dedicó a observar de reojo, sin perder la concentración en la calzada, a los transeúntes que, a su paso, iba dejando atrás.
Le gustaba imaginar sus historias, preocupaciones, miedos y anhelos.
¿Tendrían la casa de sus sueños? ¿El trabajo de su vida?
¿Cómo se llevarían con su familia? Eran solo algunas de las preguntas que volaban por la mente de Antonio, al que siempre le gustó definirse, más que como cartero, como hilo conductor de historias pendientes de escribir.
Y sí, a sus cincuenta y cinco años, era un romántico de los de verdad, de los de antes, de los que preparaban con mimo cada detalle, de los que pensaban que todo, absolutamente todo, ocurría por alguna razón.
Aparcó la moto al inicio de la calle y se puso manos a la obra. Al entrar en el primer bloque en el que tenía varias entregas, uno de los vecinos de toda la vida, al que había visto envejecer con cierta nostalgia, lo saludó con amabilidad mientras el cartero le sujetaba la puerta.
En cuanto el anciano se marchó a dar su paseo matutino, Antonio se acercó a la zona de los buzones y dejó las cartas de los vecinos en el lugar correspondiente. Minutos después, tras charlar con algunos de ellos, regresó a la moto para continuar la ruta.
Recorrió varias fincas de la misma calle, donde supuso que había entregado desde facturas y citas médicas hasta los más grandes disgustos.
Esa parte era la que más odiaba de su trabajo: notificaciones de Hacienda que producían escalofríos, multas, citaciones judiciales.
.. Se sentía en parte responsable de amargar el día a esas personas.
No podía evitarlo. Quizá por eso intentaba compensar esos males ayudando a las ancianas a acercar las bolsas de la compra al ascensor o devolviendo la pelota a los niños cuando se les escapaba.
A última hora de la jornada apenas le quedaban un par de facturas y un paquete por entregar.
Lo había dejado para el final con la excusa de tomarse un café en su local favorito de la zona, en una de las callecitas perpendiculares al paseo de las Delicias, donde el contraste entre bullicio y calma se palpaba en cuestión de segundos.
No solo era un cliente habitual, sino que no perdonaba su visita diaria desde hacía veinte años.
Por aquel entonces, Antonio estaba muy necesitado de sosiego, y lo encontró en aquel rincón oculto de la ciudad.
Aparcó la moto justo en la entrada de El Refugio de Anabel, se aseguró de guardar bien el casco en el baúl y cruzó el umbral.
Al otro lado de la puerta lo recibió el delicioso aroma de los cruasanes de mantequilla mezclado con café, especias y los primeros platos salados del mediodía.
De fondo, sonaba A Foggy Day , de Ella Fitzgerald y Louis Armstrong.
Antonio echó un vistazo a su rincón favorito de la cafetería, junto al enorme ventanal de cuarterones, que le permitía seguir imaginando la vida de clientes y transeúntes mientras disfrutaba de las delicias de Anabel, a la que, después de tantos años, consideraba parte de su familia.
Tomó asiento en el extremo opuesto a la entrada para tener una visión completa del hermoso local, decorado con carteles de madera hechos a mano, flores preservadas que colgaban del techo y una enorme librería que vestía la pared del fondo, repleta de ejemplares de todo tipo de géneros y épocas, a entera disposición de los clientes con la única condición de devolverlos.
Un lugar en el que perderse o encontrarse, según se mirara.
—Buenos días, Antonio. O buenas tardes, casi —lo saludó Diego, el hijo de la dueña—. ¿Te traigo lo de siempre?
El cartero, como cada día, sonrió complacido por tener un «lo de siempre» en su rincón favorito de la ciudad. Por muchos años que hubieran pasado, la cercanía y familiaridad de aquel negocio no habían dejado de llenarlo de gratitud.
—Sí, hijo. Muchas gracias.
Diego giró sobre sus talones, como de costumbre, abrigados por unas botas de leñador que le daban un aire diferente en aquella gran ciudad.
Antonio sonrió al ver el jersey que vestía el joven ese día.
Parecía hecho a mano, como los de antes.
Otra de sus razones para frecuentar ese oasis: era como retroceder en el tiempo a su hogar de la infancia, donde el olor de los postres que cocinaba su madre mientras la abuela tejía lo inundaba todo.
—¿Qué hay, Antonio? ¿Ya te ha tomado nota Diego? —Anabel se acercó a la mesa, como hacía siempre que reconocía el uniforme amarillo.
—Hola, Anabel. Sí, gracias. ¿Cómo estás?
—Todo bien. ¿Y tú? ¿Mucho trabajo hoy? —Le limpió la mesa con cuidado y colocó en su sitio el jarroncito con flores frescas que la decoraban desde hacía unas semanas.
—Lo habitual, pero todo bien. —El hombre intentó devolverle la sonrisa amiga que jamás había faltado en el rostro de Anabel.
—Cuánto me alegro, Antonio. Hablamos luego, que hay clientes esperando.
—Claro, tranquila.
En ocasiones, cuando no había mucho trabajo, la dueña se sentaba unos minutos con el cartero y charlaban sobre su vida, sus sueños y sus problemillas cotidianos. Pero aquella mañana la cafetería estaba hasta los topes.
Mientras esperaba su ansiado café vienés y su sándwich mixto, Antonio se levantó de la mesa y echó un vistazo a la librería que presidía la pared principal. Al ver Los buscadores de conchas , de Rosamunde Pilcher, no pudo resistir la tentación de volver a leerlo.
Cuando se disponía a sumergirse en las páginas del libro, algo llamó su atención.
En el sillón de la esquina opuesta, hecha un ovillo, había una mujer joven llorando, con un maletín antiguo, el cabello dorado salpicado de ondas por la humedad del día y la mirada más triste que Antonio había visto en mucho tiempo.