El café de las almas perdidas 1. APROBADO JUSTO
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APROBADO JUSTO

Manuela llevaba toda la vida oyendo que lo que uno anhela y lo que en realidad necesita no siempre llegan de la mano ni a la vez.

Pero esa idea no la animó aquella mañana —en realidad, ni aquella ni ninguna otra— mientras remoloneaba bajo un edredón de plumas tan pesado como el torbellino que comenzó a azotar su cabeza en cuanto abrió los ojos.

Llevaba cinco años pensando que cualquier día moriría sin remedio.

Cada mañana se miraba al espejo, se arreglaba su media melena dorada, pensaba en Jairo y se sentía morir.

Así, en ese orden, todas y cada una de las jornadas de su monótona existencia.

Luego caminaba hasta la escuela, donde impartía clases de Lengua y Literatura desde que consiguió plaza al poco de graduarse, siete años atrás.

Después de tantos amaneceres de tortura al encontrarse con el profesor de Matemáticas que le había robado el corazón, un día más no la mataría, o al menos eso se aseguró aquel jueves de noviembre, que pintaba tan triste y gris como su semblante.

Todavía arrebujada bajo el edredón, abatida y sin ganas de enfrentarse al ajetreo de las clases, se incorporó en la cama.

A su lado, Bolita hacía honor a su nombre con graciosos ronroneos.

Como de costumbre, sin percatarse de ello, Manuela le debía la primera sonrisa de la mañana y, probablemente, la única hasta que volviese a casa al final de una jornada que le resultaba agotadora antes de comenzar.

La joven por fin logró abandonar la calidez de las sábanas, arrastrarse hasta la cocina y tomar deprisa un café recalentado del día anterior.

Ni siquiera tuvo ánimo de acompañarlo con las galletas de canela que tanto solía disfrutar antes de la incertidumbre, de las sonrisas indescifrables, de los cruces de miradas robadas. .. Antes de Jairo.

Cuando aún vivía en el pueblo, que tuvo que abandonar para cumplir su sueño y convertirse en profesora, cada mañana desayunaba esas galletas que su madre le compraba con cariño.

Años después, se las escondía en la maleta a modo de sorpresa cuando volvía a la ciudad cada domingo por la tarde tras un fin de semana en familia.

Manuela echaba de menos el chocolate caliente que preparaba su padre por las mañanas, las risas de su madre y la calidez de un hogar que seguía visitando siempre que podía.

Pero el ritmo de la capital y el trabajo habían terminado por absorberla de tal modo que a veces se preguntaba si todo el esfuerzo había valido la pena.

Tras replantearse su vida como si los posos del café tuvieran la respuesta, la joven se despidió de Bolita y salió a las húmedas calles de Madrid rumbo al puente de la Princesa, que decidió cruzar a pie.

Si en cualquier circunstancia coger el metro o el autobús le provocaba una gran angustia, en los días lluviosos le resultaba inimaginable.

La humedad y el aire pesado de los andenes eran el paraíso en comparación con lo que le esperaba dentro del abarrotado cubículo.

Nunca se había acostumbrado al ajetreo de la gran ciudad ni al estrés y las prisas que emanaban de los transeúntes a las ocho de la mañana en cualquier calle de Madrid.

Entre todas aquellas personas, no podía evitar sentirse sola.

Quizá por eso nunca salía de casa sin un libro, un compañero fiel que siempre estaba dispuesto a rescatarla de su mundo.

Manuela llevaba toda la vida luchando contra la ansiedad que le producían las aglomeraciones, el exceso de estímulos, los gritos, el frenético ir y venir de todo el mundo que llegaba tarde a todas partes.

Tarde... Como si fueran dueños del tiempo.

Como si estuviera en sus manos determinar cuándo era pronto, tarde o el momento justo.

La profesora de Lengua y Literatura llegó a la entrada de la escuela mareada, con dolor de cabeza y cierto mal humor, como cada día de esos últimos cinco años.

Todo iba bien hasta que decidió enamorarse del compañero nuevo.

.. Antes se sentía bien en aquella escuela, o al menos eso se respondía cuando la invadía la duda de si aquel método de enseñanza era el sueño por el que tanto había luchado.

Perdida en sus pensamientos, Manuela se dejó llevar hasta la sala de profesores con el objetivo de tomarse un café de verdad —no como el que había bebido a toda prisa antes de salir de casa— y, con algo de suerte, evitar la causa de gran parte de sus males: el profesor de Matemáticas.

Pero aquella mañana nada parecía estar de su parte, y tropezó con él al abrir la puerta.

Manuela se quedó paralizada y sintió el clásico escalofrío, seguido de ese nudo en la garganta que, estaba segura, se vería incluso a través de su cuello vuelto.

—Buenos días, Manuela. ¿Qué tal?

—Buenos días, Jairo. Bien, ¿y tú? —La respuesta de siempre, la que todo el mundo esperaba.

—Bien, cansado. Ya me entiendes... —respondió el profesor con tono burlón.

—No, la verdad es que no —musitó ella antes de lanzarse a la cafetera con el mismo halo de tristeza que la acompañaba desde hacía tiempo.

—Oye, ¿te pasa algo?

Manuela intentó disimular. No era el momento. Con él, nunca lo era. Además, tenía prisa.

—No, solo estoy cansada. Disculpa, tengo examen con los chicos. Luego te veo —le respondió con una sonrisa.

—Muy bien. Suerte.

—El examen no lo hago yo —se sorprendió ella.

—Ya me entiendes.

¿No sabía decir nada más? Desde luego, Jairo no podía negar que las letras no eran su fuerte.

Decepcionada con los estragos que los números parecían haber hecho en el cerebro del matemático, Manuela se marchó, café en mano, hacia el aula donde la esperaban cuatro largas horas de sintaxis, análisis morfológicos y muchos otros conceptos de esos que «no vamos a usar en la vida, profe».

Empezaba a ser agotador, tanto que a veces se olvidaba del gran sueño que la había llevado hasta allí: que los niños sintieran lo mismo que ella cuando descubrió que la magia existía y tenía un nombre: literatura.

A la una de la tarde, una exhausta Manuela finalizó su jornada del jueves.

Antes de salir de la escuela, tropezó de nuevo con Jairo, que la ignoró cuando ella sonrió a modo de despedida.

Y así día tras día, semana tras semana, durante cinco largos años en los que no había dejado de tener la sensación de que su vida rozaba el aprobado justo.

Estaba agotada, pero se veía inmersa en una espiral de la que no sabía cómo salir.

En los siete años que llevaba dando clase en aquel colegio, Jairo era el único compañero con el que había sentido una conexión especial.

El resto de los profesores rebotaban con frecuencia de un destino a otro antes de llegar a estrechar lazos.

Quizá por eso seguía refugiándose en sus libros, como hacía de niña cuando se escapaba a la biblioteca durante la hora del recreo, aunque con los años había cambiado las historias de aventuras y fantasía por novelas románticas y feel good .

Ni siquiera recordaba cuándo se había enamorado de la literatura.

Bastante tenía con torturarse con el maldito día en que se enamoró de Jairo.

Pero Manuela se negó a que aquel jueves fuese como los demás.

No quería volver a casa amargada y pasar la tarde llorando bajo las mantas, así que cogió el libro que llevaba días acompañándola, La teoría de los archipiélagos , de Alice Kellen, y salió de nuevo a las agobiantes calles de Madrid con un firme propósito: perderse un par de horas entre las páginas de la novela en una cafetería que nunca hubiera visitado.