El café de las almas perdidas Prólogo
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El café de las almas perdidas

El café de las almas perdidas

Por Cristina Martinez Orts

© inepub.com

Prólogo

El trasiego de primera hora de la mañana se mezclaba con la lluvia y las hojas húmedas que aquel otoño vestían las calles de Madrid.

El claxon de los coches y las sirenas de las ambulancias componían el hilo musical típico de una ciudad que nunca duerme, y los transeúntes se agolpaban con prisa en los semáforos, las bocas de metro y las paradas de autobús.

Pero, en medio del ritmo frenético que marcaba la melodía de la capital, si uno caminaba un poco más despacio, encontraba magia en los detalles más insospechados: un trocito de cielo azul entre las nubes, un perro que chapoteaba feliz en los charcos o el aroma de los dulces y el café recién hecho que escapaba cada vez que un cliente abría la puerta de El Refugio de Anabel.

En aquella fachada acristalada, las gotas de lluvia competían en su curiosa carrera entre los cuarterones negros.

Al otro lado, una pared revestida de estanterías, repletas de libros, invitaba a detenerse en el paseo de las Delicias y contemplar una de sus estrechas calles perpendiculares, donde ningún madrileño esperaría encontrar ese oasis de calma.

Desde hacía veinticinco años, El Refugio de Anabel era el rincón favorito de buena parte de los vecinos para disfrutar de un momento de paz y apagar el ruido.

Famoso por sus dulces recién horneados y la amplia carta de bebidas humeantes, en aquel pequeño café convivían con elegancia las lecturas, los asientos mullidos y las lamparitas cálidas en cada una de las mesas decoradas con flores.

Tal vez fuese el trato cercano de la dueña del local, Anabel, que regentaba el negocio con la ayuda de su hijo, Diego.

O quizá fuese el aura casi mágica que acogía a los clientes en cuanto abrían la puerta y respiraban el aroma a mantequilla fundida, leche caliente y especias de los dulces que horneaba aquel chico con camisa de cuadros y botas de leñador.

En cualquier caso, pocos eran los visitantes que no quedaban cautivados por aquel lugar en el que el mimo y la dedicación se reflejaban en cada café que servía Anabel, con su sonrisa imborrable, y en cada tarta que preparaba Diego.

La compenetración entre madre e hijo y la familiaridad con la que acogían a las almas perdidas de la ciudad para ofrecerles un oasis tenían cautivada a buena parte del barrio de Delicias.

Los fieles clientes de El Refugio de Anabel se habían atrevido a caminar con más calma, a dejarse sorprender por la magia de esos detalles insospechados que, incluso aquel noviembre gris y lluvioso, habitaban en las calles de Madrid.