El café de las almas perdidas Epílogo
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Epílogo

El último viernes del año, Anabel volaba por la cafetería, repleta de clientes que se resguardaban del frío y compartían dulces navideños con sus seres queridos.

La pastelera se descubrió preguntándose por la vida de algunos de ellos.

Si serían familiares a los que apenas veían el resto del año, viejos amigos que mantenían tradiciones de toda la vida o parejas compartiendo esas primeras veces tan especiales.

Al darse cuenta de que pensaba en ello, sonrió.

En pocas semanas, Antonio le había contagiado esa costumbre suya de imaginar historias en cada rostro desconocido.

Mientras se tomaba un pequeño descanso apoyada en la barra, la mujer cerró los ojos un instante y pensó en Alejandro con una sonrisa. Su marido y ese cartero sacado de otra época se habrían llevado de maravilla.

En ese instante, se abrió la puerta del local y Antonio cruzó el umbral como si el cariño de Anabel hubiera logrado invocarlo. Tras él entró una mujer que Anabel no había visto nunca, pero a la que reconoció al instante.

—Buenas tardes, chicos. —Se acercó al cartero y le dio un beso suave antes de dirigirse a su compañera—. Tú debes de ser Carmen. Antonio me ha hablado muchísimo de ti. Qué ganas tenía de conocerte. Por cierto, felices fiestas.

La directora de la oficina de Correos le dio dos besos a la mujer que había logrado devolver la sonrisa a su cartero favorito.

—Felices fiestas. El placer es mío, Anabel. Me moría de ganas de visitar tu refugio. Mis hijos me tienen muy ocupada, pero por fin he podido respirar un poco. Pasarán la Nochevieja con su padre, aunque ya los echo de menos.

El cartero las observaba sin perder la sonrisa y sintió que esas dos mujeres, tan importantes en su vida, encajarían a la perfección. Quizá él también empezaba a contagiarse de la intuición de su querida Anabel.

En ese momento, Diego salió de la cocina con una bandeja de galletas de jengibre recién horneadas. Todavía olían a miel caliente, su toque maestro.

—Buenas tardes, muchacho.

Antonio robó al pastelero una de las galletas sin esperar siquiera el ofrecimiento. Anabel observó la complicidad entre los dos y apenas pudo reprimir las lágrimas de ilusión que acudían a sus ojos.

—Eres un goloso —le susurró ella al cartero.

—Deja al pobre hombre. —Diego salió en su defensa con una carcajada—. Antonio, coge las que quieras.

—Gracias, muchacho. Están deliciosas. —El cartero le guiñó un ojo a Anabel, que meneaba la cabeza como si los diera por perdidos. Eso sí, con su imborrable sonrisa—. Por cierto, Diego, te presento a mi compañera Carmen.

—¿Qué hay, Carmen? Encantado. —El chico le tendió la bandeja—. ¿Te apetecen? Están recién hechas.

—Gracias, Diego. Un placer conocerte —respondió ella al tiempo que cogía una.

—Bueno, mamá, quédate con ellos. Ya me encargo yo de los clientes.

—Gracias, hijo. En unos minutos te ayudo.

Diego les dejó la bandeja de galletas y se fue a atender el resto de las mesas, donde los clientes apuraban los últimos minutos antes de la hora del cierre. Tan ajetreado iba de una a otra que a punto estuvo de chocar con Briana cuando esta entró en el local.

—Ey, chica de las flores, mira por dónde vas.

El joven, con la bandeja de servir en una mano, la rodeó con la otra por la cintura para darle un beso.

—¿Saludas así a todos tus clientes? —respondió Briana con una sonrisa traviesa.

—Vaya, me has pillado.

Entre risas, caminaron hacia la barra, donde Anabel y Antonio le presentaron a Carmen. Después, la florista se disculpó con ellos para echar una mano a Diego en la cocina.

Cuando la vio entrar, el pastelero dejó la bandeja en la encimera y la miró sin acostumbrarse todavía a que la pelirroja formara parte de su vida. En parte, esperaba no hacerlo nunca.

—No deberías estar aquí —le susurró al tiempo que la conducía hasta el fondo, fuera del ángulo de visión de cualquier cliente curioso.

—¿Por qué no? No es la primera vez que entro.

—Porque no puedo concentrarme si te tengo a milímetros de distancia, con ese pelo salpicado de flores, y estamos solos.

Diego, que no sabía muy bien en qué momento había logrado salir de la espesura de ese bosque suyo, la apoyó contra la pared y empezó a besarla con necesidad.

Briana respondió con la misma urgencia. Había pasado esos días ultimando los detalles para la boda de Graciela, cuya promoción en Instagram estaba atrayendo a nuevos clientes, pero su pasatiempo favorito era besar a ese chico con pinta de leñador y camisas de cuadros espolvoreadas de harina.

—Eres un peligro, pastelero —le susurró muy cerca de los labios.

—Lo sé.

Justo en ese momento, un ligero carraspeo los interrumpió desde la entrada de la cocina.

—Chicos, lamento fastidiar vuestro arranque de pasión, pero han llegado Víctor y Manuela. Voy a sacar los dulces mientras vosotros... Bueno, mientras termináis lo que sea que tengáis que terminar. —Anabel guiñó un ojo a la pareja.

Diego se puso tan colorado como el cabello de Briana, que apenas podía contener la risa apoyada contra su pecho.

—No te rías. Me siento como un adolescente pillado por su madre.

Pero la florista no podía parar. Con cada carcajada, Diego se ruborizaba aún más.

—Tendrías que haber visto la cara que has puesto cuando ha entrado tu madre.

—Te vas a enterar.

El pastelero empezó a hacerle cosquillas, y Briana intentó escapar en vano. Él la alcanzó casi en la entrada de la cocina, donde la acorraló una vez más contra la pared y le susurró muy cerca del oído:

—No he terminado contigo, chica de las flores.

Una electricidad que empezaba a protagonizar muchos instantes de su vida recorrió a Briana en cada zona de su cuerpo, y respondió al pastelero con un beso antes de alejarse y dejarlo con ganas de más.

—Nos están esperando.

Diego se mordió el labio mientras la observaba caminar hacia la salida. Cuando logró serenarse, cogió la bandeja con el pudin navideño que había preparado esa tarde y lo llevó a la mesa en la que su madre ya había colocado las galletas de jengibre, los polvorones artesanos y el turrón casero.

—¿Qué pasa, colega? Felices fiestas. —Un entusiasmado Víctor se acercó a saludarlo.

—¡Víctor! Felices fiestas, tío.

—Te presento a mi amigo Dani y a Sigrid, su musa nórdica.

El informático meneó la cabeza antes de saludar al pastelero. Víctor se la presentaba así a todo el mundo, como si fuera nombre y apellido.

—Encantado, Diego. No sé cómo aguantáis por aquí a este traductor chiflado.

—Porque ya no es traductor —apuntó el pastelero.

—Sigue estando chiflado. —A Dani le costó una colleja el comentario, pero eso no le impidió acercarse con delicadeza a Sigrid, que se había mantenido al margen—. Esta chica tan tímida y especial es Sigrid, mi novia. —Pronunció las últimas palabras con un orgullo que no pasó inadvertido.

—Hola, Diego. Encantada.

—Lo mismo digo, Sigrid. Bienvenida a nuestro refugio. Espero que te sientas como en casa.

—Es un lugar maravilloso. Víctor lleva semanas insistiendo en que teníamos que venir. Ahora entiendo por qué.

El pastelero sonrió agradecido y les pidió que tomaran asiento. Después se acercó al resto del grupo, que conversaba a pocos metros, y saludó a Manuela.

—¡Diego! Felices fiestas. El local está precioso. Incluso habéis decorado la librería con guirnaldas. Qué bonito, de verdad.

La chica lucía una expresión muy diferente a la primera vez que cruzó la puerta de la cafetería. Estaba en plena mudanza, pero no había faltado a su promesa de hacer pequeñas escapadas a la capital para ver a sus amigos.

—Felices fiestas, Manuela. Te veo genial. Me alegro mucho.

—Gracias —respondió la chica con una mirada fugaz al cartero, que no perdía detalle de todo lo que sucedía a su alrededor. Antonio sentía tal ilusión por los avances de todos que el corazón apenas le cabía en el pecho.

—Bueno, sentaos donde queráis. Solo me falta la botella de cava. Enseguida la traigo —los animó Diego, que cerró la puerta para que no entrasen más clientes. Apenas quedaban un par de personas a las que llevar la cuenta cuando terminasen.

Poco después, unas almas ya no tan perdidas compartían dulces, risas y anécdotas alrededor de la mesa. Aquel viernes no era uno más. Era el último de un año que había cambiado su vida por completo.

Antonio, sentado junto a Anabel, con quien compartía alguna que otra caricia por debajo de la mesa, observó a esa maravillosa mujer hacer su magia de nuevo.

La repostera animaba con cierto misticismo a Carmen a acercarse a un señor solitario, que se resistía a abandonar el local, y apuraba los últimos sorbos de su taza de té en una mesa del fondo.

El cartero se encontró entonces con la mirada de Manuela, que lucía una preciosa sonrisa.

Aquella chica rubia, cuya tristeza lo había arrastrado hasta su mesa, parecía otra.

Estaba entusiasmada con su nuevo proyecto educativo, aunque aún le quedaba un largo camino por delante para ponerlo en marcha.

Entre risas, le contaba a Víctor todas las novedades, que compartía con ella los avances de su proceso de escritura.

Al otro lado de la mesa, Diego y Briana charlaban animados con Sigrid y Dani. De algún modo, los cuatro estaban en el mismo capítulo de la vida, aquel en el que la ilusión y el vértigo de las primeras veces flotaban en armonía en esa Navidad.

El cartero se levantó e hizo sonar su copa con la cuchara.

—Ya sabéis que soy un poco nostálgico...

—Hizo una pausa mientras los demás asentían entre risas—.

Por eso me gustaría decir unas palabras y proponer un brindis.

Estos últimos meses han sido la luz que necesitaba para vivir de nuevo, y quiero daros las gracias a todos.

También quería deciros que me siento inmensamente feliz por el camino que cada uno ha elegido en estas últimas semanas.

Están siendo las mejores Navidades en mucho tiempo.

Así que... —Antonio alzó su copa e invitó a los demás a hacer lo mismo—.

¡Por las almas perdidas y un año lleno de nuevos comienzos!

—¡Por las almas perdidas!

El tintineo de las copas se entremezcló con las notas de O Holy Night , cantada por Ella Fitzgerald, mientras unos inesperados copos de nieve empezaban a caer al otro lado del ventanal.