Capítulo 33
Pasan diez días. Diez días en que el pueblo sigue siendo el pueblo, en que el café abre y cierra a sus horas, en que Priscila hace la tarta de los martes y Dorothy pasa los miércoles y Jamie viene cada mañana y se sienta en el taburete de la barra y ya no hay distancia entre nosotros sino otra cosa, algo más cálido y más complicado y más mío que cualquier cosa que haya tenido en mucho tiempo.
Diez días en que espero.
Priscila tenía razón. Lo supe desde el momento en que me lo dijo y lo he seguido sabiendo cada mañana cuando bajo al café y miro la puerta como si Adrian pudiera aparecer en cualquier momento.
Jamie me dice que estoy pendiente de algo que quizás no ocurre, que quizás Adrian ha calculado que el coste es demasiado alto y ha decidido soltar.
Se lo digo a Priscila y Priscila no dice nada, que es su manera de decir que Jamie es un hombre bueno pero que en esto está equivocado.
El día once, un martes por la tarde, el café está casi vacío cuando suena mi teléfono. Número desconocido. Lo cojo porque los números desconocidos ya no puedo ignorarlos, porque cada vez que suena uno hay una parte de mí que sabe que puede ser esto.
— Hermione —dice Adrian.
Me quedo quieta detrás de la barra. Priscila está en la cocina. Hay una pareja en la mesa del fondo que no me mira.
— ¿Qué quieres? —digo, en voz baja.
— Hablar. Esta noche. El camino del faro, a las ocho.
— No voy a ir.
—Sí vas a ir. —Una pausa—. Tengo algo que quiero que veas antes de decidir.
Cuelga.
Me quedo mirando el teléfono con el corazón haciendo ese golpeteo suyo de cuando el miedo es concreto y tiene dirección. Llamo a Jamie. No contesta. Le mando un mensaje. Llamo a Priscila desde la cocina.
Priscila sale, me mira, ve mi cara.
— Ha llamado —dice. No es una pregunta.
— Esta noche. El camino del faro.
— No vas a ir sola.
— No voy a ir con Jamie. Si Adrian lo ve se acabó cualquier posibilidad de controlarlo.
Priscila piensa un momento.
— Voy yo —dice—. Me quedo a distancia donde pueda verte pero donde él no me vea. Y llevas el teléfono con la grabadora abierta.
* * *
El camino del faro a las ocho de la noche en diciembre es oscuro y frío y el viento viene directo del mar sin nada que lo frene.
Llevo el teléfono en el bolsillo del abrigo con la grabadora activa y sé que Priscila está en algún punto detrás de mí aunque no puedo verla, y aun así cuando veo la silueta de Adrian al fondo del camino algo en mí se aprieta de la misma manera de siempre, ese reflejo viejo que no ha desaparecido del todo aunque lleve meses intentando que desaparezca.
Me acerco. Se gira cuando me escucha.
— Gracias por venir —dice.
— ¿Qué tienes que mostrarme?
Saca el teléfono. Busca algo. Me lo tiende.
Es un documento. Legal, con membrete de abogado, con mi nombre, mi nombre real, Hermione Blake, y el suyo. Lo leo despacio porque Adrian siempre ha sabido que leo despacio cuando algo me importa y que no me puede apresurar en eso.
Es una denuncia. Contra mí. Por fraude, por falsificación de muerte, por apropiación indebida de fondos del matrimonio. Todo documentado, con fechas, con evidencias, con el nombre de Karen Smith como investigadora privada.
Levanto la vista.
— Si presentas esto —digo—, tienes que explicar por qué me buscaste. Por qué viniste aquí. Por qué pasaste una semana en este pueblo presionándome para que volviera contigo.
— Tengo una versión de eso también —dice—. El marido devastado que no podía creer que su mujer hubiera muerto, que siguió buscando porque el amor no acepta lo imposible. —Una pausa—. Es una historia que se cuenta bien, Hermione. La gente la cree.
— Yo tengo otra historia —digo.
— ¿Sí?
— Tres años de matrimonio. Lo que ocurrió en ese recibidor.
Lo que ocurrió antes y después. Tengo el nombre de Caroline Harrington que estuvo en esa cena y que vio cómo me miraste cuando hablé de más.
Tengo a mi madre que puede contar cómo dejé de llamarla.
Tengo a Leah, que fue mi mejor amiga hasta que decidiste que era agotadora.
Adrian me mira. Y por primera vez en todo este tiempo veo algo en sus ojos que no había visto antes. No miedo exactamente. Algo más parecido al cálculo de alguien que está revisando sus propias cuentas y descubriendo que no cuadran del todo.
— Eso es tu palabra contra la mía —dice, pero el tono es un poco menos seguro que antes.
— Y la grabadora que llevo en el bolsillo desde que empezamos a hablar —digo.
Silencio.
El viento mueve algo detrás de nosotros. El mar golpea las rocas abajo con ese sonido constante e indiferente que lleva aquí mucho más tiempo que cualquiera de los dos y que va a seguir aquí mucho después de que nos hayamos ido.
Adrian da un paso hacia mí.
Y en ese paso hay algo que reconozco, que he reconocido otras veces, esa manera suya de moverse cuando ha decidido que las palabras ya no son suficientes y que lo que viene después no va a tener testigos porque así lo ha calculado.
— Adrian —digo, sin retroceder.
Da otro paso.
Y entonces escucho pasos detrás de mí, más de uno, y la voz de Priscila que dice su nombre con una calma que podría cortar el aire, y detrás de ella Jamie, que no sé cómo está aquí pero está, con esa manera suya de ocupar el espacio que no es amenaza pero que no deja dudas sobre dónde está y por qué.
Adrian se detiene.
Mira a Jamie. Y en su cara ocurre algo que nunca había visto en Adrian Blake en tres años de matrimonio.
Duda.