Capítulo 34
Adrian nos mira a los tres. A mí primero, después a Priscila, después a Jamie, y hay algo en ese recorrido de mirada que dice que está recalculando, que está pasando por todos los escenarios posibles con esa eficiencia suya y que los resultados no están saliendo como esperaba.
Jamie está a mi lado. No ha dicho nada todavía y no necesita decirlo, su presencia sola dice lo suficiente, ese hombre que conoce cada piedra de este camino y que está aquí porque ha decidido estarlo.
Priscila está un paso detrás, con los brazos cruzados y esa expresión suya que no es amenaza sino algo más tranquilo y más firme, la expresión de alguien que lleva veintidós años siendo el sitio donde la gente se apoya y que esta noche no tiene ninguna intención de moverse.
Adrian baja el brazo. El paso que había dado hacia mí no lo deshace exactamente pero se queda donde está, sin avanzar.
— Esto no cambia nada —dice. Pero el tono es diferente. Más plano. Como cuando una cosa que antes tenía tensión la pierde de repente.
— Sí cambia —digo—. Cambia que ya no estoy sola.
Silencio. El viento, el mar, la oscuridad del camino.
Jamie da un paso al frente. Solo uno, tranquilo, sin dramatismo.
— Adrian —dice—. Esto se acabó. No porque yo lo diga sino porque has perdido lo único que tenías, que era que ella no supiera que podía defenderse. Ya lo sabe.
Adrian lo mira. Y en esa mirada hay algo que nunca pensé que vería, una evaluación que no termina en la conclusión que él esperaba.
— Tengo la grabación —digo—. Tengo a Caroline Harrington.
Tengo a mi madre. Tengo a Priscila, que lleva veintidós años en este pueblo y que conoce a personas que tú no conoces.
Y tengo a un abogado al que voy a llamar mañana por la mañana para empezar a resolver mi situación legal de la manera que me convenga a mí, no a ti.
No es del todo verdad todavía, lo del abogado, pero va a serlo mañana y Adrian no tiene manera de saberlo.
— Si presentas esa denuncia —continúo—, yo presento la mía.
Y la historia que yo cuento incluye tres años de matrimonio, una noche de diciembre en un recibidor, y un hombre que viajó hasta Maine haciéndose pasar por un viudo en duelo para presionar a su mujer a que volviera con él.
—Hago una pausa—. Elige tú qué historia prefiere escuchar la gente.
* * *
Adrian no responde de inmediato. Lo que hace es quedarse quieto durante un momento que se alarga lo suficiente para que el frío de diciembre se meta en los huesos de los cuatro, y después hace algo que no esperaba: se ríe.
No una risa de humor sino algo más pequeño y más seco, como el reconocimiento de alguien que ha perdido una partida y prefiere reconocerlo en privado que en público.
— Eres diferente —dice.
— Lo sé.
— No te pega bien —dice, y hay algo en su tono que ya no es amenaza sino algo más parecido a un último intento de recuperar terreno que sabe que ha perdido.
— Me pega perfectamente —digo.
Me mira durante un momento más. Y después mira a Jamie, con esa expresión de quien cataloga una información que no esperaba tener que catalogar.
— ¿El abogado —dice—, va a ocuparse también de la situación legal? ¿De Hermione Blake?
— De todo —digo—. Hay maneras de resolver eso que no requieren tu colaboración.
— Las hay —admite. Y en esa admisión hay algo que es casi un acuerdo, un territorio neutral al que los dos llegamos desde lados distintos.
— Entonces ya está —digo.
Otro silencio.
— Ya está —repite él, en voz muy baja.
Se gira. Camina por el sendero en dirección contraria sin decir nada más, sin mirar atrás, con esa postura suya recta y controlada que mantiene incluso ahora, que es quizás lo único que no puede quitarse porque lleva demasiado tiempo siendo parte de él.
Lo veo alejarse hasta que la oscuridad del camino se lo traga.
Y entonces Jamie pone una mano en mi hombro, suave, sin decir nada, y yo exhalo el aire que llevo no sé cuánto tiempo conteniendo, ese aire que llevaba meses acumulado en algún sitio del pecho sin encontrar la salida.
Priscila se acerca. Me mira con esa manera suya de ver las cosas.
— Bien hecho —dice. Solo eso.
Pero viniendo de Priscila es suficiente. Siempre ha sido suficiente.
* * *
De vuelta al pueblo los tres caminamos en silencio por el sendero de piedra con el mar detrás y las luces de Wisteria Hollow delante, esas luces pequeñas y cálidas que desde aquí parecen exactamente lo que son, un sitio donde la gente vive de verdad.
En algún momento Jamie coge mi mano. Lo hace sin decir nada, sin hacer ceremonia de ello, simplemente la coge y la lleva en la suya y seguimos caminando.
Priscila va delante y finjo que no la veo sonreír.
— ¿Crees que se ha ido de verdad? —le pregunto a Jamie, en voz baja.
— Creo que esta noche sí —dice—. Y creo que mañana tienes que llamar a ese abogado.
— Lo sé. —Hago una pausa—. ¿Me ayudas a buscarlo?
— Ya lo he buscado —dice—. Esta tarde, antes de que me llamaras. Hay una abogada en Portland que lleva casos así. Se llama Martha Cole y tiene buenas referencias.
Lo miro.
— ¿Cuándo lo has buscado?
— Cuando entendí que Priscila tenía razón y que Adrian iba a volver. —Una pausa—. Llevo días preparándome para esto aunque no supiera exactamente cómo iba a ocurrir.
No digo nada durante un momento. Pienso en Jamie buscando abogadas en Portland sin decirme nada, preparando cosas en silencio para cuando hicieran falta, que es exactamente su manera de querer a la gente, sin anunciarlo, sin pedir reconocimiento, simplemente haciéndolo.
— Jamie —digo.
— ¿Sí?
— Nada. Solo tu nombre.
Aprieta mi mano un poco más. Y seguimos caminando hacia las luces del pueblo.