El café de la vida Capítulo 32
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Capítulo 32

Es el quinto día de los diez. Jamie ha cerrado la taberna antes de lo habitual porque el martes de diciembre no da para mucho y porque desde el beso hay una gravedad nueva entre nosotros, algo que nos acerca sin que ninguno de los dos lo fuerce, como dos cosas que comparten un campo magnético y que cuando se acercan lo suficiente ya no necesitan que nadie las empuje.

Estamos en la taberna, en la mesa junto a la chimenea que Jamie enciende los días fríos aunque no haya clientes, con los restos de la cena entre nosotros y una botella de vino tinto a medias y la conversación que ha ido de las cosas pequeñas a las menos pequeñas sin que haya un momento exacto en que haya cambiado de registro, que es como suelen cambiar las conversaciones que importan.

Me ha preguntado por mi madre. Le he contado más de lo que había contado hasta ahora, la infancia en Evanston, las macetas de albahaca en el alféizar, el olor a pintura los domingos.

Cosas que no había dicho en voz alta desde hacía tanto tiempo que al decirlas me ha parecido que recuperaba algo que no sabía que había perdido.

Jamie escucha. Siempre escucha de esa manera suya que no interrumpe ni rellena los silencios con cosas innecesarias.

​—​      ¿La vas a llamar? —dice, cuando termino.

​—​      Sí. Cuando esto pase. Cuando pueda contarle algo que no sea solo que estoy bien.

​—​      ¿Y estás bien?

Lo miro. La chimenea hace su ruido de siempre y la luz es cálida y afuera la calle está nevada y en silencio y hay algo en todo eso, en el conjunto de todo eso, que me hace sentir una cosa que tardo un momento en identificar porque hace tiempo que no la identifico desde dentro.

​—​      Sí —digo—. Estoy bien.

Y esta vez no hay matices.

* * *

No sé quién se mueve primero. Creo que ninguno de los dos exactamente, creo que es más bien que la distancia entre nosotros llega a un punto en que deja de tener sentido mantenerla y los dos lo sabemos al mismo tiempo.

Sus manos son cuidadosas. Eso es lo primero que pienso, que son manos que preguntan antes de tomar, que se detienen cuando se detienen y avanzan cuando yo avanzo, que no asumen nada.

Y hay algo en eso, en esa manera suya de estar que es la misma tanto fuera como aquí, que me deshace por dentro de una manera que no tiene que ver con el deseo exactamente, o no solo con eso, sino con algo más hondo, con la diferencia entre sentirse vista y sentirse segura siendo vista.

​—​      Wren —dice, en un momento, con mi nombre en su voz de esa manera que todavía me sorprende cada vez, como si el nombre fuera mío de verdad cuando lo dice él.

​—​      Sí —digo. Sin que haya preguntado nada concreto. Porque la respuesta es sí de todas formas.

La chimenea sigue ardiendo. Afuera sigue nevando. Y durante un rato que no mido porque no quiero medirlo, el mundo se reduce a este sitio y a estas dos personas y a la manera en que algo que llevaba mucho tiempo roto empieza, despacio y sin prisa, a parecerse a algo entero.

* * *

Más tarde, con la chimenea convertida en brasas y la botella de vino terminada y el frío de diciembre filtrándose por los cristales, me quedo mirando el techo de la taberna en el silencio bueno de después.

Jamie tiene un brazo alrededor de mis hombros y respira despacio y no dice nada, que es exactamente lo correcto.

Pienso en todas las noches de los últimos tres años en que me dormí contando los ruidos del apartamento, midiendo el humor del día siguiente, calculando el ángulo correcto de mi propia espalda. Y pienso en esta noche, en este techo, en este silencio que no tiene nada que calcular ni que anticipar.

​—​      Jamie —digo, en voz baja.

​—​      ¿Mmm?

​—​      Gracias.

Noto que sonríe aunque no lo veo.

​—​      ¿Por qué exactamente? —dice.

​—​      Por no haberme preguntado si estaba segura.

Un momento de silencio.

​—​      Sabía que lo estabas —dice—. Se nota.

Me quedo con eso. Con la idea de que se nota, de que hay algo en mí que comunica eso ahora, la seguridad, sin que yo tenga que decirlo en voz alta ni demostrarlo de ninguna manera.

Que simplemente está ahí, visible, como algo que ha ido creciendo despacio en estos dos meses sin que yo me diera cuenta del todo hasta esta noche.

Me duermo sin proponérmelo.

Y no sueño con nada que no quiera soñar.