Capítulo 28
Le mando un mensaje a las nueve de la noche. Solo dice ¿puedes venir? y él responde en menos de dos minutos que sí, que ahora mismo.
Mientras espero me siento en la cama y pienso en cómo se dice esto.
No hay una manera buena de decirlo. No hay un orden que lo haga más fácil ni unas palabras que lo suavicen lo suficiente como para que deje de ser lo que es.
Así que decido que no voy a buscar la manera correcta, que voy a empezar por algún sitio y seguir desde ahí y dejar que las palabras vayan donde tengan que ir.
Llama a la puerta a los diez minutos. Cuando abro tiene el abrigo todavía puesto y la bufanda azul y ese aire suyo de quien ha venido corriendo sin parecer que ha venido corriendo.
Me mira.
— Hola —dice.
— Hola. Pasa.
* * *
Se sienta en la silla junto a la ventana, igual que anoche, y yo me siento en el borde de la cama con las manos entre las rodillas y miro el suelo un momento antes de empezar porque necesito ese momento, solo ese, y después levanto la vista y empiezo.
— Me llamo Hermione —digo—. Hermione Blake. Soy de Chicago. Estuve casada con Adrian durante tres años.
Jamie no dice nada. Me mira con una atención total, sin moverse, sin que nada en su cara cambie todavía.
— Adrian es tu primo —sigo—. Lo sé. Y sé que no lo sabías tú, que yo estaba aquí, quiero decir. Vine aquí antes de que él me encontrara. Vine porque Priscila estaba aquí y porque el pueblo no aparecía en ningún mapa y porque necesitaba un sitio donde nadie me buscara.
Hago una pausa. Jamie sigue quieto.
— Me fui porque no podía quedarme.
No de la manera normal en que la gente se va de un matrimonio que no funciona, no con maletas y abogados y un acuerdo.
No podía porque Adrian no es el tipo de persona que deja ir las cosas.
Lo intenté de la única manera que se me ocurrió que podría funcionar.
Otra pausa.
— Fingí mi muerte. El coche, el lago, todo eso fue planeado. Llevo dos meses oficialmente muerta en Chicago.
Lo digo y espero. Espero que diga algo, que interrumpa, que reaccione de alguna manera, pero Jamie sigue mirándome con esa misma atención quieta y no dice nada, así que sigo.
Le cuento el matrimonio. No todo, no con todos los detalles, pero lo suficiente.
La manera en que fue reduciéndose mi mundo.
El trabajo que dejé. Las amigas que desaparecieron.
Mi madre al otro lado del teléfono hablando en voz corta.
Y las otras cosas, las que no se cuentan fácilmente, las que ocurrieron en el recibidor y en el dormitorio y en la cocina y que no dejaron todas marcas visibles pero que están ahí de todas formas, en el cuerpo, en la manera de moverse por una habitación, en el reflejo de calcular si una situación es segura antes de decidir cómo responder.
Le cuento el foro. A Priscila. La foto de Wisteria Hollow guardada en una carpeta sin nombre. El nombre Wren, que me lo puse yo, que lo elegí porque era el nombre de alguien que empieza y no de alguien que continúa.
Le cuento el lunes por la mañana, el coche, la curva, la valla, el arcén. Que anduve dos kilómetros hasta la gasolinera con la bolsa al hombro y que no miré atrás ni una vez.
Le cuento que llegué aquí y que Priscila me abrió la puerta y que por primera vez en mucho tiempo me dormí sin esperar que algo malo ocurriera mientras dormía.
Y le cuento que cuando Adrian entró por esa puerta hace una semana con el abrigo oscuro y los ojos que no mostraban ninguna sorpresa, supe en ese momento que había calculado todo desde el principio y que lo único que tenía a mi favor era ese segundo, ese único segundo en que yo supe antes que él que yo sabía.
Cuando termino el cuarto está en silencio. Solo el viento fuera y el sonido lejano del mar y mi propia respiración que noto ahora que he dejado de hablar.
Jamie no ha dicho nada en todo ese tiempo.
* * *
Lo miro. Su cara ha cambiado durante el relato, no de golpe sino despacio, como cuando la luz de un día cambia tan gradualmente que no te das cuenta hasta que de repente ya no es la misma luz.
Hay algo en su expresión que no sé leer del todo, que no es ninguna de las cosas que yo esperaba, ni el shock ni la incredulidad ni esa manera que tiene la gente de distanciarse cuando la realidad de alguien resulta ser demasiado complicada para manejarla.
Se levanta de la silla.
Me preparo para lo que sea. Para las preguntas, para el silencio, para que necesite tiempo, para cualquier versión razonable de una reacción a lo que acaba de escuchar.
Se sienta a mi lado en el borde de la cama.
No dice nada todavía. Solo está ahí, a mi lado, con la bufanda azul todavía puesta porque no se ha quitado el abrigo en toda la noche, y miramos los dos el mismo trozo de suelo durante un momento que no sé cuánto dura.
— ¿Estás a salvo aquí? —dice al final. Es la primera cosa que dice.
La miro.
— No lo sé —digo—. Esta semana no lo sé.
Asiente despacio.
— ¿Qué quiere?
— Que vuelva. —Hago una pausa—. No voy a volver.
— No —dice, con una calma que no deja espacio para ninguna otra posibilidad—. No vas a volver.
Y en esas cuatro palabras hay algo que no había escuchado de nadie en mucho tiempo, algo que no es una promesa exactamente sino algo anterior a las promesas, algo más parecido a un hecho.
— Jamie —digo—. Es tu primo. No quiero que esto te ponga en una posición.
— Ya estoy en una posición —dice—. Lleva una semana en mi pueblo usando mi nombre para acceder a ti. Eso ya me pone en una posición.
— No sabías nada.
— No. Pero ahora sí sé.
Me mira de lado. Y en su mirada no hay lástima, que era lo que más miedo me daba encontrar, sino algo diferente, más limpio, más directo, como si lo que acabo de contarle no me hubiera convertido en algo más pequeño a sus ojos sino en algo más real.
— ¿Cuánto tiempo tenemos? —dice.
— Me dio una semana. Quedan cuatro días.
Asiente. Está pensando, lo noto en la manera en que tiene la mirada fija en un punto del suelo sin verlo realmente, ese proceso suyo de organizar las cosas antes de hablar.
— Bien —dice al final—. Cuatro días es suficiente.
— ¿Para qué?
Me mira.
— Para encontrar la manera de que esto se resuelva sin que tengas que irte a ningún sitio.
Lo miro durante un momento. Hay algo en esa frase, en la certeza tranquila con que la dice, que me llega a un sitio que no esperaba, que me hace algo en el pecho que no es alivio exactamente sino algo más complicado y más hondo.
— No sé si es posible —digo.
— Tampoco yo. Pero vamos a intentarlo.
Se queda un rato más. Hablamos, esta vez sí, de opciones, de lo que sabe Adrian y lo que no sabe, de lo que tiene y lo que no tiene, de cuáles son sus puntos débiles porque todo el mundo los tiene aunque no siempre sean evidentes.
Jamie hace preguntas concretas y yo las respondo con la misma concreción y hay algo casi extraño en eso, en que la conversación más difícil de mi vida tenga este tono, este orden, esta sensación de que dos personas están mirando un problema juntas en vez de una persona cargando con él sola.
Cuando se va ya es muy tarde. En la puerta se gira un momento.
— Wren —dice.
— ¿Sí?
— Ese nombre te queda bien. Por si no te lo había dicho.
No digo nada. Pero algo en mi cara debe decirlo por mí porque Jamie asiente con esa media sonrisa suya antes de bajar las escaleras y perderse en la calle de diciembre.
Cierro la puerta.
Me quedo apoyada en ella un momento con los ojos cerrados.
Por primera vez en una semana, en mucho más tiempo que una semana, no estoy sola con esto.
Y eso, que debería ser poco, que objetivamente es solo una persona más sabiendo lo que ya yo sabía, lo cambia todo.
Capítulo 28
Camino de vuelta a la taberna con las manos en los bolsillos y el frío de diciembre en la cara y la cabeza llena de todo lo que acabo de escuchar, que es demasiado para procesarlo de una vez y que sé que voy a seguir procesando durante días.
Pero hay cosas que no necesitan procesarse, que se entienden de manera inmediata sin que haya que pensarlas demasiado, y una de ellas es esta: Adrian Blake ha estado en mi pueblo durante una semana usando mi nombre y mi confianza para acorralar a una mujer que huyó de él porque no tenía otra salida.
Eso lo entiendo perfectamente. Sin matices, sin necesidad de más información.
Lo demás, el matrimonio, la huida, el lago, el nombre nuevo, todo eso lo voy procesando mientras camino, pieza a pieza, intentando construir una imagen completa de algo que tiene demasiadas capas para verlo de golpe.
Hay momentos en que camino y pienso en Wren detrás de la barra esa primera mañana, con la expresión neutral y el hola de una sílaba, y lo veo diferente ahora, veo todo lo que había detrás de esa contención y lo que costaba mantenerla, y hay algo en ese pensamiento que me aprieta el pecho de una manera que no tiene nombre exacto pero que se parece mucho a la rabia.
No rabia hacia Wren. Nunca hacia Wren.
Entro a la taberna, enciendo una lámpara, me siento en el taburete de la barra con un vaso de agua y me quedo ahí un rato largo en el silencio del local vacío pensando en Adrian.
* * *
Intento ser justo. Es un esfuerzo consciente porque la justicia en estos momentos no es el impulso natural, el impulso natural es mucho más simple y mucho menos útil. Pero intento serlo de todas formas porque tomar decisiones desde la rabia suele producir resultados que no sirven a nadie.