Capítulo 27 #3
Asiento. Dejo la taza en el estante. Mis manos están completamente quietas y eso me sorprende un poco porque por dentro algo está ocurriendo que no es exactamente quieto, algo que se está moviendo de sitio después de días de tenerlo comprimido en un espacio demasiado pequeño.
— Bien —digo.
— Bien —repite él.
Nos miramos desde los dos lados de la barra y hay algo en ese metro de distancia que de repente pesa de otra manera, que ya no es la distancia cómoda de siempre sino algo más consciente, más cargado de todo lo que ha ocurrido en los últimos días y de todo lo que no ha ocurrido todavía.
El cliente del fondo se levanta, deja unas monedas en la mesa, sale. La campanilla suena y la puerta se cierra y el café se queda en silencio.
Priscila asoma la cabeza desde la cocina, nos mira a los dos, y vuelve a entrar sin decir nada. Lo cual, viniendo de Priscila, es la forma más elocuente de decir algo.
* * *
Salgo de detrás de la barra.
No lo había planeado, simplemente ocurre, un paso y otro y de repente ya no hay barra entre nosotros y Jamie está a un metro y después a menos y yo me quedo parada delante de él sin saber exactamente qué hacer con ese espacio que acabo de cruzar pero sin arrepentirme de haberlo cruzado.
Me mira. Hay algo en su cara que reconozco porque lo he visto otras veces, esa atención suya de quien espera sin presionar, quien deja que las cosas lleguen a su propio ritmo sin forzarlas.
— Jamie —digo.
— Wren —dice.
Y no sé cuál de los dos se mueve primero porque en ese momento deja de importar quién da el paso, solo importa que el paso ocurre, y sus manos están en mi cara con una delicadeza que no esperaba de unas manos tan grandes, y las mías están en su chaqueta de lana, y el beso es exactamente lo que debería ser, despacio y sin urgencia y sin nada que demostrar, el beso de dos personas que han tardado mucho en llegar aquí y que ahora que han llegado no tienen ninguna prisa por irse.
Cuando nos separamos sigo con las manos en su chaqueta y él sigue con las manos en mi cara y los dos nos miramos durante un momento sin decir nada.
— Llevaba tiempo —dice, en voz baja.
— Sí —digo.
— ¿Estás bien?
— Sí. —Y esta vez es completamente verdad—. Estoy bien.
Sonríe. Esa sonrisa suya que llega primero a los ojos, la que he estado mirando de reojo desde la primera mañana que entró por esa puerta con la chaqueta de lana y se sentó en el taburete de la barra y me dijo hola con esa facilidad suya de quien sabe que es bienvenido en todos los sitios a los que entra.
* * *
Priscila sale de la cocina diez minutos después con una expresión de no haber visto absolutamente nada que significa exactamente lo contrario.
— Voy a cerrar un poco antes hoy —dice, atándose el abrigo con una eficiencia sospechosa—. Que el frío esta tarde es considerable.
— Priscila —digo.
— ¿Sí?
— Gracias.
Me mira. Y en su cara hay algo que no es solo la satisfacción de quien ha visto algo desarrollarse exactamente como esperaba, hay algo más hondo, más personal, algo que tiene que ver con ella misma y con su propia historia que yo todavía no conozco del todo pero que está ahí, en la manera en que a veces me mira, en la manera en que reconoció a Wren desde el primer día sin necesitar que nadie se lo explicara.
— No hay nada que agradecer —dice—. Cuídate, Wren.
Sale. La puerta se cierra. El café se queda vacío y en silencio y con la luz cálida de siempre y el olor a café y a canela que ya es el olor de mi vida, de esta vida, de la única que quiero.
Jamie está a mi lado.
— ¿Qué quieres hacer esta noche? —pregunta.
Lo pienso un momento. Y entonces me doy cuenta de que es la primera vez en mucho tiempo que alguien me hace esa pregunta y espera de verdad mi respuesta, sin tener ya una decidida, sin que mi respuesta sea en realidad irrelevante.
— Quedarme aquí —digo—. Con el café cerrado y sin ningún sitio al que ir.
— Puedo traer algo de comer de la taberna —dice—. Tengo guiso de sobra.
— Bien.
— ¿Y después?
— Después ya veremos.
Sonríe otra vez. Se va a buscar la comida y yo me quedo sola en el café un momento, mirando las fotografías de la pared del fondo, esas fotos antiguas de marcos distintos que no combinan entre sí y que sin embargo forman algo coherente, algo que tiene memoria y que dice que este sitio lleva mucho tiempo recibiendo a la gente que lo necesita.
Me pregunto cuántas personas habrán llegado aquí como yo, con una bolsa de deporte y un nombre nuevo y la sensación de que el mundo que dejaban atrás era demasiado pequeño para respirar. Me pregunto si todas encontraron lo que necesitaban o si algunas se fueron antes de poder encontrarlo.
Yo me quedé.
Y esta noche, por primera vez desde que llegué, no pienso en si fue la decisión correcta porque ya no necesito pensarlo. Está aquí, en el olor del café y en la luz de las lámparas y en el sonido de los pasos de Jamie volviendo por la calle adoquinada con el guiso de la taberna.
Está aquí.
Y yo también.