Capítulo 28 #2
Lo que sé de Adrian es poco. Lo he visto en ocho o diez ocasiones a lo largo de mi vida, siempre en contextos familiares, siempre con la distancia natural de dos personas que comparten un árbol genealógico pero no una historia.
Siempre me pareció un hombre frío, controlado, del tipo que ocupa los espacios con una precisión que no es espontánea sino calculada.
No me generó nunca ninguna simpatía especial pero tampoco ninguna alarma.
Era simplemente un primo lejano con el que no tenía relación.
Ahora sé lo que hay detrás de esa frialdad. O parte de lo que hay.
Y sé que esta semana ha venido a mi pueblo con una historia de viudo en duelo que necesita cambiar de aires, que me ha llamado hablando de retomar el contacto con la familia, que ha aceptado mis invitaciones al café y a pasear por el pueblo, y que todo eso ha sido una operación calculada para llegar a Wren sin que yo lo supiera.
Ha usado mi ignorancia como herramienta. Y eso, independientemente de todo lo demás, es algo que no voy a dejar pasar.
* * *
A las dos de la mañana llamo a Priscila. Sé que es tarde y sé que Priscila duerme bien y que despertarla a esta hora no es algo que haga sin razón, pero también sé que ella ya sabe más de lo que ha dicho y que necesito hablar con alguien que tenga más piezas del puzzle que yo.
Contesta al tercer tono, con la voz de quien no estaba dormida del todo.
— Ya me parecía que ibas a llamar —dice.
— ¿Cuánto tiempo llevas sabiendo? —digo.
Una pausa.
— Desde el primer día que entró por esa puerta. No lo que sabías tú ahora, no los detalles, pero sí que algo no cuadraba. Wren cuando lo vio se quedó como el que ve algo que no esperaba ver y que le da miedo. Eso no se improvisa.
— ¿Y no dijiste nada?
— No era mi historia que contar. —Lo dice sin defensiva, simplemente—. Era la suya. Y ella tenía que decidir cuándo y a quién.
Silencio. Tiene razón, como casi siempre.
— ¿Qué hacemos? —digo.
— Tú ya sabes lo que hay que hacer, Jamie. Por eso me has llamado a las dos de la mañana, no para que te lo diga yo.
— Necesito que alguien más lo diga en voz alta.
Escucho algo al otro lado, quizás Priscila moviéndose, quizás sentándose en la cama.
— Adrian tiene que irse del pueblo —dice—. Y tiene que irse sabiendo que si vuelve las consecuencias son reales. No una amenaza vacía.
— Las consecuencias legales son complicadas. Wren está oficialmente muerta.
— Lo sé. Pero Adrian también está en una posición complicada. Ha buscado a una mujer que legalmente no existe usando a una detective privada, ha viajado hasta aquí con una historia falsa, lleva una semana presionándola para que vuelva con él. Eso tiene nombre también.
Proceso eso.
— Tiene miedo de que ella lo cuente —digo, pensando en voz alta—. Si ella cuenta lo que pasó, la historia de por qué huyó, él queda expuesto. No solo como marido abusivo sino como alguien que ha orquestado todo esto.
—Exacto. —Una pausa—. Los dos tienen información que el otro preferiría que no saliera. Eso no es una situación cómoda para ninguno de los dos, pero tampoco es una situación en que él tenga todas las cartas.
— Wren no lo ve así.
— Wren lleva tres años aprendiendo que él tiene todas las cartas. Necesita tiempo para ver que ya no es así. —Otra pausa, más breve—. Para eso estás tú.
Cuelgo un rato después con algo más claro que cuando llamé, que era el objetivo. No un plan completo, no todavía, pero la dirección. Y a veces la dirección es suficiente para saber cómo dar el primer paso.
* * *
Por la mañana, temprano, antes de que el pueblo despierte, voy a la casa de los Turner.
Adrian abre la puerta en menos de un minuto, ya vestido, que dice algo sobre cómo duerme o sobre cómo se prepara para los días que sabe que van a ser complicados. Me mira con esa calma suya de siempre.
— Jamie —dice.
— Necesito hablar contigo —digo—. Ahora, si puede ser.
— Claro. —Se hace a un lado—. Pasa.
No paso. Me quedo en el umbral porque lo que tengo que decir no requiere entrar en ningún sitio, requiere estar de pie y mirarlo a los ojos y decirlo con la claridad suficiente para que no haya ninguna ambigüedad posible.
— Sé quién es Wren —digo—. Sé quién eres tú en relación a ella. Y sé por qué has venido.
Algo en su cara cambia, casi imperceptiblemente. No sorpresa, Adrian no se sorprende fácilmente. Algo más parecido a la recalibración, a alguien que ajusta sus cálculos en tiempo real.
— Veo que habéis hablado —dice.
— Sí. —Hago una pausa—. Tienes que irte del pueblo, Adrian. Hoy.
Me mira durante un momento largo. Y entonces hace algo que no esperaba. Sonríe. No una sonrisa de triunfo ni de amenaza sino algo más frío, más calculado, como si estuviera evaluando una situación que todavía cree que controla.
— No creo que estés en posición de pedirme eso —dice.
— No te lo estoy pidiendo —digo.
El silencio que sigue dura unos segundos. Adrian me mira y yo le devuelvo la mirada sin apartar los ojos, y algo en ese intercambio es diferente a cualquier otro que haya tenido con él porque esta vez yo sé lo que hay detrás de esa calma suya y él sabe que lo sé.
— Dame hasta mañana —dice al final.
— Esta tarde —digo—. Las cinco.
Otra pausa. Asiente, una vez, con esa precisión suya de quien concede algo porque ha calculado que concederlo es lo más eficiente en este momento.
— Bien —dice.
Me voy sin añadir nada más. Camino de vuelta por la calle principal con el frío de la mañana en la cara y las manos en los bolsillos y algo en el pecho que no es exactamente alivio todavía pero que se le parece.
Todavía quedan cosas por resolver. Muchas. Pero Adrian va a irse esta tarde y Wren va a saberlo y eso, hoy, es suficiente para empezar.
Capítulo 29
A las cinco y cuarto de la tarde Jamie entra al café. No dice nada al principio, solo me mira desde la puerta, y en esa mirada hay algo que entiendo antes de que abra la boca.
— Se ha ido —dice.
Me quedo quieta un momento con la taza que estoy secando en la mano. Priscila está en la cocina. Hay un cliente en la mesa del fondo que no levanta la vista de su libro.
— ¿Seguro? —digo.
— Lo he visto salir con la maleta. He esperado a que el coche desapareciera por la carretera antes de venir.