Capítulo 22
Adrian es exactamente como lo recuerdo de aquella reunión en Boston, que en sí mismo es un dato curioso porque la mayoría de la gente cambia algo en seis años y él parece no haberlo hecho.
Mismo pelo, misma postura, mismo tono de voz que va despacio porque no necesita ir rápido.
Es un hombre que ocupa los espacios con una precisión que no es exactamente incómoda pero que uno nota, esa manera suya de estar siempre exactamente donde decide estar y no un centímetro más allá.
Le enseño el pueblo el lunes por la tarde antes de ir al café.
Le muestro la calle principal, la librería de Dorothy, el muelle, el faro desde lejos porque con el frío de diciembre subir hasta allí no es plan para el primer día.
Adrian lo mira todo con atención, hace preguntas razonables, dice las cosas correctas.
Es fácil de acompañar, en el sentido de que no genera fricción, no se queja ni pide nada, simplemente va donde lo llevas y observa.
En algún momento del camino me habla de Hermione.
No mucho, solo lo suficiente, el tipo de cosa que dice alguien que ha perdido a alguien y que todavía está aprendiendo cómo hablar de ello sin que duela demasiado.
Que era inteligente. Que tenía una manera de ver las cosas que él echaba de menos.
Que el apartamento sin ella era demasiado silencioso.
Lo escucho. No digo mucho porque no hay mucho que decir en esas situaciones que no suene hueco, y Adrian no parece necesitar que diga nada, solo que escuche.
Lo llevo al café.
* * *
Y ahí es donde algo no encaja.
No lo identifico en el momento. En el momento estoy presentándole a Priscila y Priscila está siendo Priscila y todo parece perfectamente normal. Pero hay algo en la manera en que Wren se gira cuando la presento, algo en la fracción de segundo antes de que se gire que no es la Wren de siempre.
La Wren de siempre tiene ese momento de cálculo antes de interactuar con alguien nuevo, ese instante en que evalúa la situación antes de decidir cómo responder.
Lo conozco bien a estas alturas, ya sé cómo es, y lo de hoy no es eso exactamente.
Lo de hoy es diferente, más rápido y más profundo, como si el cálculo fuera de otra naturaleza, como si no estuviera decidiendo cómo comportarse sino algo anterior a eso, algo más parecido a cómo sobrevivir a los próximos cinco minutos.
Dura un instante. Después se gira y dice hola con esa voz suya tranquila y todo parece normal.
Pero yo lo he visto.
O creo haberlo visto. No estoy seguro, y esa incertidumbre es la que me tiene dando vueltas esa noche en la taberna después de dejar a Adrian en la casa de los Turner, con un vaso de agua en la mano y la taberna vacía y el silencio de diciembre fuera.
Pienso en la manera en que se ha quedado detrás de la barra todo el rato. Wren siempre está detrás de la barra cuando hay clientes, eso no es nuevo, pero hoy había algo diferente en cómo lo hacía, como si la barra fuera menos un lugar de trabajo y más una línea que prefería no cruzar.
Pienso en el momento en que Adrian fue a dejar la taza y se quedó un segundo de más junto a la barra. No dijo nada especial. Wren tampoco. Pero ese segundo de más existió y yo lo noté sin saber qué hacer con él.
Pienso en la expresión de Priscila cuando nos fuimos, esa manera suya de mirar que a veces precede a las cosas que decide no decir todavía.
* * *
Al día siguiente Adrian me propone tomar un café y damos un paseo por la costa antes de que anochezca.
Es agradable, en el sentido neutro de la palabra, una compañía sin complicaciones.
Me habla de su trabajo, de Chicago, de que lleva semanas sin dormir bien, que es algo que le pasa a la gente que pierde a alguien y que su cuerpo todavía no ha procesado del todo.
En un momento, de pasada, sin énfasis especial, pregunta por Wren.
— La chica del café. ¿Lleva mucho tiempo en el pueblo?
— Casi dos meses —digo—. Llegó a principios de octubre.
— ¿De dónde es?
— Del medio oeste, creo. No habla mucho de eso.
— Reservada —dice Adrian, con un tono neutro.
— Al principio sí. Se ha ido abriendo.
Adrian asiente y cambia el tema con naturalidad, preguntando algo sobre la historia del faro, y yo respondo y la conversación sigue, pero esa pregunta se queda ahí, flotando en algún sitio de la cabeza, sin que sepa exactamente por qué no termina de disolverse.
No es una pregunta rara. La gente pregunta por la gente. Es lo normal.
Pero Wren lleva dos meses en el pueblo y yo nunca he sentido la necesidad de preguntarle a nadie de dónde venía con ese tono, con esa brevedad calculada de quien quiere información sin parecer que la quiere.
O quizás me lo estoy inventando. Quizás estoy buscando patrones donde no los hay porque llevo días con esa sensación vaga de que algo no encaja y la mente busca confirmaciones aunque no las encuentre.
Esa noche, antes de dormir, pienso en llamar a Wren. No para decirle nada concreto, solo para saber cómo está. Pero es tarde y no tenemos ese tipo de relación todavía, el de llamarse sin razón aparente, y no quiero asustarla con algo que quizás es solo mi cabeza dándole vueltas a nada.
Lo dejo estar.
Pero esta vez me cuesta más que las otras veces.