El café de la vida Capítulo 21
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Capítulo 21

El lunes empieza bien. Hay escarcha en los adoquines y el cielo está de ese azul limpio y frío que a veces tiene Maine en diciembre, el tipo de día que hace que el pueblo parezca sacado de una postal, con las fachadas de colores y el humo de las chimeneas y la luz de primera hora dándolo todo a ras del suelo.

Bajo al café, enciendo la cafetera, abro la puerta.

Priscila llega a las siete y cuarto con un gorro de lana verde que no había visto antes y que combina con el pelo azul de una manera que solo funciona en ella.

Me dice que hoy va a ser un día tranquilo, que los lunes de diciembre son así, y tiene razón, la mañana pasa despacio y sin sobresaltos, con los clientes de siempre y algún que otro nuevo que entra empujado por el frío y se queda más de lo que planeaba porque el café tiene esa cualidad.

A media mañana Jamie asoma la cabeza por la puerta. No entra del todo, solo lo justo para decir que su primo ha llegado bien y que luego pasan por aquí, que quiere enseñarle el pueblo antes de que anochezca.

​—​      Perfecto —dice Priscila desde la cocina, que lo ha escuchado todo.

Jamie me mira un segundo, solo un segundo, antes de cerrar la puerta. Hay algo en esa mirada que no sé leer del todo, algo entre la disculpa anticipada y otra cosa que no identifico en el momento.

No le doy más vueltas. Hay tazas que lavar y una mesa que limpiar y el estante de las especias que lleva dos días sin que nadie lo reorganice.

* * *

Son las cuatro de la tarde cuando suena la campanilla.

Estoy de espaldas a la puerta, colocando tazas, igual que el primer día que entró Jamie. Hay algo un poco irónico en eso que no sabré hasta después, cuando todo lo demás haya ocurrido y pueda mirar este momento desde fuera y ver su forma completa.

Escucho la voz de Jamie primero.

​—​      Priscila, te presento a mi primo Adrian. Adrian, esta es Priscila, la mejor persona de Wisteria Hollow y probablemente de Maine.

Priscila dice algo que no escucho porque en ese momento me he quedado sin escuchar nada.

Porque he reconocido la otra voz.

No lo proceso de manera ordenada. No hay un pensamiento claro que diga ese es Adrian, eso es lo que está pasando, esto es real.

Hay un momento en que estoy colocando tazas y hay otro momento en que ya no estoy haciendo nada, con las manos quietas y el cuerpo completamente inmóvil y algo en el pecho que no es exactamente miedo, o sí es miedo pero un miedo diferente a todos los que he sentido antes, más frío, más hondo, el tipo de miedo que no grita sino que simplemente se instala.

​—​      Y esta es Wren —escucho decir a Jamie—, que lleva con nosotros casi dos meses y que ya es parte del pueblo.

Me giro despacio.

Tengo que girarme. No girarme sería peor, sería una señal, y lo único que tengo en este momento, lo único que me queda, es que él no sabe que sé que está aquí, que yo tengo esa fracción de segundo de ventaja porque él cree que me va a sorprender y yo ya estoy sorprendida y puedo, si me concentro, si respiro, si hago lo que he aprendido a hacer durante tres años, puedo componer la expresión adecuada.

Me giro.

Adrian está de pie junto a Jamie en medio del café con el abrigo oscuro y la bufanda bien puesta y esa postura suya de siempre, recta, controlada, la de alguien que nunca ocupa más espacio del que considera necesario porque el espacio es algo que se administra.

Tiene la misma cara. Por supuesto que tiene la misma cara, no han pasado ni dos meses, pero de alguna manera yo esperaba que fuera diferente, que el tiempo o la distancia o simplemente el hecho de que yo ya no soy la misma lo hubieran cambiado, y no es así.

Me mira.

Y en sus ojos de un verde oscuro no hay sorpresa.

Ninguna.

Lo sé en ese instante con una certeza que me atraviesa de arriba abajo. Él sabía que estaba aquí. Ha venido sabiendo. Toda esta escena, Jamie presentándonos, el primo de luto que necesita cambiar de aires, el café de Priscila como primera parada, todo estaba planeado. Todo lo ha planeado él.

​—​      Hola —digo.

Una sílaba. La misma de siempre. La voz sale entera, sin temblor, y eso es lo único de lo que me siento capaz de estar orgullosa en este momento.

​—​      Hola —dice Adrian.

Y sonríe. Una sonrisa tranquila, correcta, la sonrisa de un hombre que conoce a alguien por primera vez.

Nadie en este café sabe lo que acaba de ocurrir.

Solo nosotros dos.

* * *

No sé cómo pasa el resto de la tarde. Lo pasa, eso es todo lo que puedo decir.

Priscila les sirve café y tarta y habla con la naturalidad de siempre y Jamie le cuenta cosas del pueblo a Adrian y Adrian escucha y responde y hace las preguntas correctas en los momentos correctos, que es algo en lo que siempre ha sido extraordinariamente bueno.

Yo me quedo detrás de la barra. Limpio cosas. Coloco cosas. Mantengo las manos ocupadas porque si las manos tienen algo que hacer el resto del cuerpo puede seguir funcionando de manera razonablemente normal.

En un momento Adrian se acerca a la barra a dejar la taza. Se queda un segundo ahí, con la taza en la mano, y no dice nada, y yo no digo nada, y ese silencio de tres segundos contiene todo lo que no puede decirse delante de Jamie y de Priscila.

Deja la taza.

​—​      Gracias —dice, en voz completamente normal.

​—​      De nada —digo yo, en voz completamente normal.

Se va de vuelta a la mesa. Jamie le está contando algo sobre el faro y Adrian asiente con la atención de alguien que está genuinamente interesado, que es la misma atención que puso en mí al principio, hace cuatro años, frente a un cuadro en una exposición de arte en Chicago.

Cuando se van, Jamie se despide con su gesto de siempre y Adrian dice que el café es encantador y que seguro que vuelve, y yo sonrío con la expresión adecuada y digo que será bienvenido, y la puerta se cierra y el café se queda en silencio.

Priscila sale de la cocina y me mira.

No dice nada. Solo me mira durante un momento con esa manera suya de ver las cosas, y algo en su expresión me dice que ella ha notado algo, no sé qué exactamente, no sé cuánto, pero algo.

​—​      ¿Estás bien? —dice.

​—​      Sí —digo.

Es la mentira más grande que le he dicho desde que llegué a Wisteria Hollow.

Subo al cuarto, cierro la puerta con llave, me siento en el suelo con la espalda apoyada en la cama, igual que aquella noche en el baño pequeño del apartamento de Chicago, y me quedo ahí hasta que las rodillas dejan de temblar.

Adrian sabe dónde estoy.

Adrian está aquí.

Y Jamie no sabe nada.